martes, 3 de enero de 2017

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (3)

Ha sido un año  como un frío  de invierno de los que en México llaman “desviejadero”. Enero y febrero, desviejaderos. Cada día, los que hemos atravesado ya la frontera de los 80, nos quedamos más solos. Y este año bisiesto que ya se va ha sido también inusitadamente violento. La muerte de “El Pana”,  viejo, sentimental, soñador y habanero. Hacía el paseíllo con un sarape al hombro y el puro entre los dedos de su mano derecha; así acompañó un día a Morante de la Puebla, que también es algo histriónico en su indumentaria, en su pelo y en lo del habano. Luego se viste de torero y acaba con el cuadro, como hizo hace pocas fechas en la México. De los toreros de arte que yo he conocido a lo largo de mi vida es el más profuso de todos ellos y con menos eclipses profesionales. Recuerdo a Cagancho, a Pepe Luis, a Pepín, Ordóñez, Curro Romero o Paula, por ejemplo. Necesitaba un reconstituyente del estilo morantista después de tanta necrológica torera: Canito bajo su gorra blanca, Fermín Bohórquez, difuminado a caballo por Alvarito Domecq, Miguel Flores y su vena poética que puso en el camino al gitano Aparicio y al monstruo Morante; en Salamanca, don Alipio y don Antonio el de San Fernando, final de una etapa ganadera, Manolo Espinosa “Armillita”, hijo de uno de los mejores toreros mexicano, Fermín, que llegó a España creo que con la carrera de arquitecto terminada y que no logro emular las glorias paternas, lo mismo de Victoriano de la Serna hijo, hermano de Peñuca y cuñado de Zabala, buen  torero, con duende escondido entre los pliegues de su capote, la juventud rota de Víctor Barrio en la plaza de Teruel y la del novillero Renatto Motta al otro lado del Atlántico. Y la de Manolo Cisneros, al que en su corta etapa de novillero sin caballos calificaban de “torero de cristal”. Lo conocí en sus tiempos de apoderado - lanzador de Raúl Aranda, cuando le pedía  consejo a José Mari Recondo ya baqueteado en las lides del apoderamiento y la empresa. En cierta ocasión, el de San Sebastián emigrado a Fuengirola llamó por teléfono a Manolo y entre aspavientos le dijo: “Una ruina, Manolo: Zabala ha puesto bien a Raúl”. En  el final de la temporada de 1972, cuando llegué a Madrid después de largo y torero  viaje de novios, fui al hospital donde le habían operado a Recondo de un cáncer. Su cuñado, médico, me había advertido de la gravedad de la situación. Desde la puerta de la habitación  saludé al paciente porque no permitían la entrada. Él me contestó con su clásico humor norteño: “Aquí estoy, que me ha levantado Agapito”. Agapito era el certero puntillero de Las Ventas.

Manolo Cisneros era de Antonio Ordóñez y no recuerdo si en alguna ocasión actuó como apoderado del de Ronda. Braulio Lausín hijo me hubiera contado esta relación con detalles, aunque el de Ricla era incondicional de los Dominguín. Hasta vivió en su casa de la calle del Príncipe de Madrid  cuando fue a  iniciarse en su carrera de novillero, carrera corta que no quiso rubricar con el título de matador de toros. Cisneros hizo un par de milagros más con Braulio y la gente de Zaragoza, uno el de Santiago Martín “El Viti”, que, aunque ya tenía sus seguidores en el coso de Pignatelli, los del charco hablaban de vomitivos, y el más sonado de hacer romeristas a Braulio, que fue a Málaga a podar los árboles de Curro Romero y no hubo festival en Ricla en el que no se contara con Santiago y el de Camas. Cuando vine a vivir a Zaragoza, finales de los años 70 del siglo pasado, sólo eramos “Curristas confesos”, “Ezquerrita”, José Antonio, “policía pero buena gente”, como lo presentaba Braulio a los amigos, y yo. Había un rumor no probado de que hasta el circunspecto apoderado le tiró a Curro una almohadilla en la plaza de toros de Málaga. Me lo contó Pepe Gracia, al que le conocían por tierras andaluzas como “el inglés” cuando figuró en la cuadrilla de Romero. A Ezquerra y a mí hasta nos insultaban los que a partir del apoderamiento de Cisneros se hicieron apasionados creyentes del currismo.

Tenía una gran virtud  Manolo Cisneros: su discreción. De Barcelona a Sevilla mandaba por delegación de Pedrito Balañá y como consejero de Canorea en una docena de plazas importantes, colaboró en la gestión directa de la Plaza de Zaragoza cuando la Diputación, su propietaria, se empeñó en una aventura de la que todavía no se saben los resultados. La culpa no fue de Cisneros. Lo más destacado, una serie de novilladas en la que el jurado popular concedió el premio de triunfador a dos novilleros, José Tomás y el oscense Tomás Luna. ¡Adiós, ingenieros!  
  
Acaba el año y el próximo termina en 7. Era la terminación favorita de Gonzalo Sánchez Conde, mozo de espadas, vendedor de jamones y polvorones de Estepa. Buen intérprete del fandango de Huelva. Ezquerra es un experto en el flamenco, como lo fue el riojano César Jalón “Clarito”. Ministro de Comunicaciones que fue en la República y luego le sirvió para cobrar su pensión con Franco. “Franco me ha quitado de escribir. Ahora sólo lo hago cuando quiero adquirir un capricho”. Y para rematar, la costumbre de Cisneros de no estar en el callejón cuando actuaba alguno de sus toreros. Se subía a la grada o la andanada más recóndita. Pensaba que sus toreros ya sabían lo que tenían que hacer en el ruedo.

Hablaba de mis personajes favoritos, de las peculiares gentes que formaban la familia taurina que tenía sus propios escenarios de reunión y convivencia al margen de las plazas de toros. Recuerdo a toreros que un día brillaron en Madrid pero que su luz se desvaneció en la oscuridad de una larga noche. Hubo uno que se anunciaba Abelardo Moreno Reina y que en realidad se llamaba Abelardo Iniesta Gutiérrez de la Solana, apellidos de  marqués y nombre de enamorado, que cortó orejas en Las Ventas, tomó la alternativa en Carabanchel y luego se dedicó a la venta del artilugio llamado “cortipelo”, un peine con una cuchilla de afeitar entre sus púas que hacia el efecto del corte del cabello a navaja que tan de  moda estuvo hacia los años 60 del siglo pasado. Un buen torero de Ávila, José González Ibañez, Pepe Ibañez en sus  tiempos de banderillero, inventó un bolígrafo en forma de estoque torero y lo vendió a las librerías y a los amigos en  los lugares de reunión. Dos ejemplos que se unían a las ocupaciones agrícolas  o constructoras como la recogida de la remolacha o la carga y descarga de camiones en los mercados. Había otras salidas: las de apoderado, subalterno, mozo de espadas o empresarios. En Madrid se lucía en el toreo a una mano con el capote “Miguelañez”, que durante muchos años fue apoderado de rejoneadoras, salida fulgurante de un Antonio Codeseda, sevillano, que no se destacó ni en funciones subalternas, Suarez Merino que apodero a Curro Montés, los ya veteranos Curro Caro y Manolo Escudero, Alfredo Corrochano o Agustín Parra “Parrita”. “Parrao”, negocios taurinos y su hermano, banderillero, acomodador de un cine de la calle Infantas. Y el ambiente taurino se hacía eco del rumor de que Rafaelito Soria Molina, nacido en Ecija y pariente de Lagartijo y Manolete, era un prodigio del arte de torear en los tentaderos. Tomó la alternativa en la cordobesa Montoro, se la dio José María Martorell en presencia de  Calerito y con toros del Duque de Pinohermoso, pero se diluyó como un azucarillo  en un vaso de agua. Tenía lo que luego definió un jugador de futbol del Real Madrid: miedo escénico.


Sin embargo, hay también ejemplos de todo lo contrario. En un repaso a vuela pluma de mis recuerdos de lo sucedido en la plaza de toros de Madrid con la confirmación de Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez “Manolete” como primero de los fogonazos que me nublaron la vista a mis recién cumplidos 8 años, la única corrida de Manolete en España en 1946 con su aceptación de la inclusión en el cartel de Luis Miguel, la faena de Pepín Martín Vázquez que sirvió para su inclusión en la película de “Currito de la Cruz”, la tarde del “Salario del Miedo”, Pepe Luis, Antonio Bienvenida y Julio Aparicio a hombros por la Puerta Grande, otro trio imponente: Diego Puerta,  Curro Romero y Paco Camino al día siguiente del que el Faraón se negó a matar un toro. Las cuatro orejas de novillero de Manolo Vázquez cuando puso el toreo de frente, otras tantas para José Manuel Inchausti “Tinin” y del mexicano Curro Rivera en los días en los que cortó el único rabo de las postguerra Sebastián Palomo. Antes, en 1934, en las tres corridas de la inauguración oficial de la plaza cortaron sendos rabos Juan Belmonte y Marcial Lalanda. Luego se impuso la costumbre de no otorgar semejante apéndice y no acompañar las faenas con música ante la trifulca que se armó porque el director de la Banda ordenaba los sones musicales para halagar el oído de Marcial Lalanda y se los birlaba al armónico Domingo Ortega, que más que andar, patinaba como ese español que lo hace tan bien sobre el hielo y hasta se viste de torero. Para mí el acontecimiento cumbre de esta historia emulando las glorias de Joselito y los 7 toros de Martínez fueron los 7 toros de Paco Camino. Los de Antonio Bienvenida, varios y diversos (¡aquel día del sombrero caído a sus pies en el paseíllo!) los Raúl Ochoa Rovira en competencia con Luis Miguel que solo cortó una oreja en su actuación solitaria (en Carabanchel fue otra cosa y hasta picó a uno de los toros de la tarde), Niño de la Capea, Esplá o Perera. Es una gran historia ya contada al cumplir el bello y pétreo edificio con abrigo de ladrillo mudéjar sus Bodas de Diamante. Y recuerdo cosas aisladas: que Jorge Negrete se agarraba a su sombrero viendo torear a Manolo González, las gracias a Dios de Foxá por habernos concedido la fortuna de ver a “Manolete” en los ruedos, a “Faroles” con los palos y a Boni con   el capote,  Orteguita o Manolillo de Valencia. La pata de palo de Alfonso Merino o el buen gusto de Luis Alfonso Garcés, el hijo de “Chicuelo” que vino consagrado de Sevilla y aquí nado entre dos aguas, el esquivo Chamaco que ya había hecho todo el gasto en Barcelona y Rafael de Paula que apuntó un par de verónicas y se  le entregaron los del paladar. Félix  Colomo, de Navalcarnero, triunfo en la plaza vieja madrileña y las cornadas no le permitieron confirmar sus cualidades en Las Ventas. A cambio, abrió Las Cuevas de Luis Candelas en el Arco de Cuchilleros y desde el principio hasta hoy es un gran foco turístico. En una de sus paredes había una cabeza de toro disecada con una leyenda: “Este toro lo mató Félix Colomo no sabemos como”. “Bojilla”, Curro Gómez, Pacorro, los Pirri, los Mozo, el Aldeano, Chaves Flores, Alfredo David, Tito de San Bernardo, Vito banderillerro y Vito apoderado, José Ignacio Sánchez Mejías… ¿Dónde estais?  

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (2)

Acompañé a mi padre a sus tertulias de café en “ELGato Negro”, en el edificio del “Teatro de la Comedia”, y allí conocí a don Tirso Escudero, venerable empresario de pelo y piel blancos, que aseguraba no haber tomado el sol desde su Primera Comunión, a Alfredo Marquerie, que era el crítico teatral de ABC y colaboraba todas las semanas en “El Ruedo”, casado con una escultora que fumaba sin descanso y que también intervenía en las tertulias, Redondela, especialista en decorados teatrales y padre de Agustín, un destacado pintor de la Escuela de Madrid, Ricardo Mazo, especialista de novelas radiofónicas, hoy series televisivas, Paco Ugalde, de Tarazona de Aragón, el más original de los grandes caricaturistas del siglo pasado, Joaquín Roa, actor que participó en las más famosas películas de aquellos tiempos, “Bienvenido Mister Marshall”, “Marcelino Pan y Vino” y “Viridiana”, Mario Cabré, su apoderado Juan Ramos y su cuñado Manuel Gas, voz de bajo profundo, policía en muchas películas, padre de Manuel Gas Cabré, el gran gestor del Teatro Español, Sendín Galiana, escritor, el fotógrafo Cartagena, el dibujante sevillano Martín Maqueda, que se fue a trabajar a Portugal, y algunos contertulios más de los que no recuerdo su nombre. Tertulias diaria, inexcusables. Por distintas razones - humanas, los camareros; comerciales, el precio del café; calidad del producto o la invasión del territorio – hubo cambios de domicilio social de la tertulia a “Cancela”, con entrada por Carrera de San Jerónimo y  Arlabán, “Marfil”, Cedaceros esquina Alcalá, y “Riesgo”, Virgen de los Peligros cerca de Alcalá, siempre en el eje de la calle Sevilla y la calle Príncipe.  Al final de esta calle vivían los Dominguín y en “El Gato Negro” conocí a Luis Miguel, en “Marfil” le hice la primera entrevista a Juan Posada y en “Riesgo” admiré a Victoriano de la Serna padre. Y aprovecho la oportunidad para recordar a su hijo que acaba de fallecer, hermano de Peñuca, pintora de gran personalidad, que se casó con Vicente Zabala. Victoriano hijo fue un torero enigmático. Curioso que yo recuerde una novillada que le vi torear en Sos del Rey Católico, cuando en Aragón se daban festejos menores en muchos pueblos. Me contaba otro Victoriano, Valencia, que también hizo el paseíllo de novillero en Sos, que en la vuelta al ruedo le echaron una rastra de lomo de cerdo y que su madre le preguntaba a menudo cuando iba a torear otra vez en Sos. El buen aire del Pirineo.

En  fin, mi aprendizaje periodístico, junto a la censura paterna, se desarrolló en aquellos cafés y se amplió en lugares cercanos cuando pasé del estudio al ejercicio. En Gran Vía, esquina a Clavel, estaba la redacción de “Fiesta Española”. En la otra esquina, el Casino Militar y, cruzando la Gran Vía hacia la Plaza de Bilbao, la cafetería de Antonio Machín. Allí paraba José Luis Marca cuando apoderaba a “El Bala”. Infantas abajo, la calle Barbieri y una taberna donde conocí a Salvador Domínguez “Gloria Bendita”, que se estableció después junto a Sindicatos y el diario “Pueblo”, en el número 6 de la calle Alameda y fue nuestro punto de reunión con mi compadre Fernando Sánchez Murillo, Gonzalo Sánchez Conde “Gonzalito”, Brihuega, José Manuel, gestor de Paco Camino y asuntos futbolísticos varios, partidarios de Curro Romero y béticos de hueso colorado, periodista y ganaderos como Antonio Méndez y su lugarteniente Rafael Ortega “Gallito”. Se había transformado el sentido de la tertulia.

A “Gonzalito” le conoce todo el toreo y todavía anda en activo aunque su ilusión de continuar la estela de Curro Romero en  su sobrino nieto parece que no se consolida. Brihuega, que era de Cádiz y relojero, prefirió dedicarse también a la tarea de vestir a un torero, en este caso  a Luis Francisco Esplá. Era hombre impregnado de la vena gaditana pese a la tremenda tragedia de que muriera un hijo suyo de leucemia a los 4 o 5 años. Tuvo una hija unos años después y me concedió el honor de apadrinarla. Otro personaje, Hilario el Zapatero, banderillero. También era de por allá abajo y tenía un gran vicio, las cartas, y una obsesión, el Quijote, su libro de mesilla. Me aseguraba que todas las  noches leía alguna página de la obra cervantina. Un día fue a jugar al Mercantíl, en la Gran Vía, cerca de Hortaleza, y ganó cerca del millón de pesetas. Era de madrugada y esperó hasta que se hizo de día para volver a su casa. Pregunta de la esposa enfadada: ¿Qué horas de venir son estas? Añada el lector algún adjetivo grueso en la voz de la señora. Aguantó el chaparrón Hilario y acabó echando los billetes a lo alto para que cayeran a la cama. Con ese dinero, una de sus hijas hizo la carrera de Medicina. Y en este capítulo no puedo olvidar a “Joaquinillo”, un banderillero de categoría que fue en la cuadrilla de Pepe Luis. Cuando se retiró no tuvo más remedio que ejercer como mozo de espadas en la cuadrilla de José Fuentes, el de Linares, al que apoderaba Rafael  Sánchez. A “El Pipo” lo conocí cuando todavía apoderaba a “El Cordobés” en el bar “La Tropical”, en donde se juntaban todos los que brujuleaban alrededor del toro y alguno le daba una propina a la telefonista para que por los altavoces del local dijera su nombre y  que le llamaba don Pedro Balañá. Un día, en Carabanchel, hizo el paseíllo un improvisado banderillero que llevaba medias verdes. El hombre estaba en el callejón, haciéndose el distraído y sin intervenir para nada en el ruedo. El delegado de la autoridad le llamó la atención y le obligó a poner un par de banderillas. La voltereta fue espectacular. Al día siguiente nuestro hombre se compró un par de  banderillas de fuego se fue a la calle Sevilla y cuando vió al policía encendió las mechas y le citó con arrogancia y desparpajo. No consumó la suerte. A  Dios,  gracias.

Había muchas historias de todo tipo. “El Mella” era un banderillero que en sus buenos tiempos había formado pareja con “Magritas”, pero todavía no se había arreglado el tema de la jubilación de los toreros. Así que el Monumento al Ejercito en la Mancha con una espada de diez lo doce metros de alta se lo traspasaron a “El Mella” porque  practicaba el deporte del sablazo. En ocasiones te vendía una barra de mantequilla que te decía que no se la dieras a tus niños, que mejor la empleases en las botas o correajes de cuero. De especial ingenio,  “Bojilla”, Enrique Bernedo, genial, cuando murió Curro Girón, en el funeral le pidió la palabra al sacerdote porque el sabía mejor quien era el torero venezolano, Ramitos el mozo de espadas de Puerta, su chofer Tello o “Cabeza de Triana”, banderillero que por una enfermedad de los pulmones se pasó a la grey de los mozos de espadas a las órdenes de Miguel Márquez. Con él y a bordo de un “seiscientos” hicieron una campaña de novillero y sumaron los cien festejos. En uno de los viajes con Miguel Márquez, José Mari Recondo y el propio trianero, a este, ante el paso del Guadarrama, se le ocurrió comentar: “Habrá que hacerle la cesárea al túnel”. Al de San Sebastián, versolari y epigramático, le dijeron que era “Belmontito de Donostia” y una tarde que toreó en Madrid le brindó un novillo a don Juan. “¿Tan malo era yo?”, fue su caustico comentario. Tuve mucha amistad con él y, al final de la temporada de 1972, fui a verlo a la clínica de Madrid donde la habían intervenido de un cáncer en el aparato- digestivo. Le saludé desde la puerta y él, desde la cama, me dijo: “Aquí me tienes, que me ha levantado Agapito”. El caso es que vivió muchos años más pese al pronóstico de un cuñado suyo que era médico.
  
Entonces el toreo era una gran familia. Se convivía mucho, se relacionaban todos los componentes de la fiesta y se daban circunstancias muy variadas que reforzaban ese sentido familiar añorado. Es posible que ahora ocurra algo parecido, pero yo no lo conozco.  Hay menos diálogo y la gente se distrae con su móvil, sus juegos o curiosidades. Eso sí: cuando termina la corrida, los actuantes se pegan unos efusivos abrazos y hasta algunos se besuquean aunque al rato se junten todos en el mismo hotel. 


Me parece que me queda cuerda para algún pasaje más. Trataré de recordar. Es bueno para la salud mental.   

jueves, 8 de diciembre de 2016

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (1)


Hace unas semanas leí un artículo de José Luis Ramón en 6TOROS6 que me encantó. El director de esta revista es una de los que mejor escriben de toros y, además, no incluye tacos para imitar a Camilo José Cela y aspirar al Nobel de la Tauromaquia. Ese artículo me inspiró el tema que pretendo desarrollar en esta ocasión y prolongarlo a un futuro inmediato porque barrunto que no me queda mucho tiempo. Se refería José Luis a la diferencia que hay entre las figuras del toreo y los caudillos o mandamases que en nuestro mundo han sido: “Martincho”, allá, a lo lejos, el triunvirato de Pedro Romero, “Costillares” y “Pepe-Hillo”, después, “Paquiro” y “El Chiclanero”, más tarde, “Lagartijo” y “Frascuelo”, primera y más duradera pareja, “Guerrita”, en solitario, “Mazzantini”, “Bombita” y “Machaquito” y el pleito de los Miura, José y Juan, el amontonamiento de los años 20 del siglo XX, “Manolete” y “El Cordobés” y el citado “Guerrita”, tres califas en la palmatoria torera, sin entrar en apreciaciones técnicas ni artísticas. A mí, sin poder señalar las razones, creo que me hubieran gustado más “Costillares”, “Paquiro”, la planta, la montera, el caliqueño, Fuentes, la elegancia, Rafael el Gallo, la gracia, la inspiración, Gaona, majeza y armonía, y Félix Rodríguez por los documentos gráficos examinados y por los juicios escuchados de boca de mis antepasados familiares y amistosos. Si hago caso de lo mucho escrito por Luis Bollaín, el indiscutible de todos los tiempos sería Juan Belmonte. Don Luis estaba en su derecho.
Bollaín, notario en Sevilla, su destino soñado, era de Colmenar Viejo y hermano de Adolfo que publicó muchos libros y entre ellos uno que tituló “Aparicio, sí; Litri, no”. En la calle madrileña de Virgen de los Peligros había un estudio de fotografía que regentaba el aragonés Ángel Aracil y que se titulaba Fotos Goya. En su fachada había un expositor en el que colocaba fotos de Miguel Báez. Un día la vitrina fue apedreada con furia sarracena. Así eran por entonces los partidarios de los toreros. Y Colmenar, como Toledo en  tiempo de los moros, la capital del saber taurino. A los Bollaín había que añadir el nombre de don Luis Fernández Salcedo que fue  bellísima persona, relator de la vida del toro y de la historia de Diano, el semental de los Martínez, el de los siete toros de Joselito en Madrid. Y en Colmenar nació Agapito García “Serranito”, el hombre de la voluntad de hierro que superó una fractura en la columna vertebral yacente en un lecho de escayola durante meses hasta poder valerse tras aquella terrible cogida de Benidorm. De Colmenar eran también otros Salcedos, ganaderos,  picadores y lechero en la calle de Caballero de Gracia, amigo de Jaime Marco “El Choni” y del abuelo de José Tomás, que estaba preocupado porque a su nieto le gustaba más el fútbol que los toros. No cabe duda de que José Tomás tiene las estrellas caudillistas pero no se las pone.
Leído el artículo de José Luis se me ocurrió mirar la relación de las corridas toreadas en este año de 2016 y comprobar lo que casi siempre ha sucedido: que los toreros del pellizco casi  nunca encabezan el escalafón. Ahora le toca a “El Fandi”, antes a “Jesulín de Ubrique”, “Espartaco” o Curro Girón. Este año, Ponce está en sexta posición, lo que podemos calificar de hazaña porque el de Chiva cumplía su mas de cuarto de sglo como matador de toros. En el total de actuaciones es el indiscutible caudillo de la grey taurina. El décimo lugar de este año que agoniza lo ocupa Andrés Roca Rey, pero hay que tener en cuenta que en agosto tuvo que cortar su temporada. Por en medio los que a mí me hacen tilín: Cayetano, Juan Bautista, el de Arlés, Morante de la Puebla, Curro Díaz, Juan del Álamo, Diego Urdiales bendecido por el patriarca Romero, Ginés Marín y Pérez Mota. En la parte baja, “Finito de Córdoba”, “Paulita” y “Varea”, el del novillo de Los Maños, testimoniales Ortega Cano y Esplá y en limbo Matías Tejela y “Pedrito de Portugal”, el de las novilladas triunfales de Zaragoza de hace años. Casi 170 matadores de toros dispuestos a enfundarse el capote de lujo y ¡Tarari!, ¡Tararí!, iniciar el paseíllo con el pie derecho.
Ramón hablaba de una foto de Ponce y Román frente a frente, silencio, respeto mutuo y admiración del discípulo hacia el maestro. También apuntaba la otra circunstancia peculiar del toro moderno: los toreros de Madrid, Antonio Bienvenida y Antoñete. Son muchos más y muchas veces no han sido diestros de la exquisita naturalidad de los citados. Alfonso Merino, Paquito Rodrigo, Andrés Vázquez y Ruiz Miguel y sus “alimañas”. Merino tenía una pata de palo, Rodrigo era muy fotogénico pero frío de cuello, este Vázquez se perdía entre barroquismos zamoranos y Ruiz Miguel no sabía saborear los bombones con guinda dentro. Hubo dos toreros que, por circunstancias, los dos acabaron su relato en Madrid. El primero era de Alcobendas y se llamaba Benigno Aguado de Castro. Salida fulgurante con destacada actuación en Zaragoza en el mes de octubre de 1943, no pasó por Madrid de novillero nada más que en un festival en 1944 y, para colmo, actuó en Barcelona en trece ocasiones y allí tomó la alternativa. Vino a Madrid a confirmar y luego renunció a ella y a mayores glorias. Madrid le borró del mapa taurino. Otro caso fue el de Francisco Sánchez “Frasquito” nacido en Toledo, 1927, pero trasladado a Madrid con dos meses. Camarero del “Fuyma”, en la Gran Vía cerca de Callao. En Madrid, lógicamente. Se celebró un festival en Sevilla el 9 de diciembre de 1947, tres meses después de la muerte de Manuel Rodríguez Manolete. Actuó en él “Frasquito” y por la calle de Las Sierpes flotó la imagen fantasmal del “Monstruo resucitado”. Confirmó al  año siguiente el fantasmal augurio y todo el mundo taurino enloqueció entusiasmado. Pero, antes de llegar a su presentación en Madrid dos años después, vinieron las cornadas de Bilbao y Córdoba y Las Ventas del Espíritu Santo lo lapidaron. Cogió el barco, atravesó el Atlántico y en México rehízo su vida en el negocio de la hostelería y hasta tomó la alternativa en Autlán de la Grana el 2 de febrero de 1955 y en mano a mano con  Alfredo Leal. Murió en México el 24 de febrero de 1993.El aroma sevillano, casi flor de un día, se mantuvo años y años. ¿A quién se le adjudica el origen de aquel misterio?

Bueno, sobre Madrid y Sevilla hay otros episodios en los que el misterio se propaga por otros rincones. Por ejemplo en el caso de Manolo Vázquez, el hermano de Pepe Luis, nacido en Sevilla y que no fue torero Sevilla no hasta su tardía reaparición. En su presentación como novillero en Las Ventas cortó cuatro orejas “y puso el toreo de frente”. O el caso de Paco Camino, más de Madrid que La Cibeles. Pero estas son distintas historias y me las dejo para otro día.

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL GITANO SOLITARIO


Siempre me ha atraído lo gitano y apenas sé cómo definirlo. Hay muchas cosas indefinibles: el duende, el pellizco, el arte o el ajonjolí. Y hubo un torero gitano, José Jiménez que vivió a caballo del XVIII y el XIX y se anunció tal cual: “El Gitano”. “Pasión gitana y sangre española” dice Manolo Tena. Nada que ver. Los gitanos vienen de cualquier parte. José Ulloa “Tragabuches” vino de Ronda y se cargó a “La Nena”, su mujer, porque se había liado con el monaguillo. Pero el primer Gitanillo de la historia de los matadores de toros no era gitano. Era de Ricla, a medio centenar de kilómetros de Zaragoza. Braulio Lausín. Lo que ocurrió es que Braulio trabajaba con un tratante de ganados y esa era función que se asignaba a los gitanos. Luego vinieron los de Triana y Braulio se añadió lo de Ricla. Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Tríana II, fraternal amistad con “Manolete”, se juntó a dos gitanos más, “Cagancho” y “Albaicín”, e hicieron el paseíllo en la plaza de Vista Alegre del barrio veraniego de Carabanchel.  A mi padre se le ocurrió hacer la crónica en caló. Me condicionó mucho este esfuerzo de mi padre y, luego, los recuerdos sobre esos tres artistas. Una de mis primeras entrevistas periodísticas se la hice a principios de los 50 del siglo pasado en “La Pañoleta”al segundo de los de Triana, Rafael, de Joaquín Rodríguez recuerdo unas verónicas en Las Ventas, junto a los terrenos de la enfermería en la tarde en la que se homenajeaba a la princesa Soraya, triste y estéril y de Albaicín el que se hiciera torero porque lo pintara su padrino Zuloaga vestido con un terno verde y plata, fuera un artista en el piano y terminara su ruta vital en Los Ángeles de San Rafael, cerca del Cristo del Caloco, en donde casó a su hija María con Joaquín Bernadó. Hay gitanos que no lo parecen y payos que podían pasar por gitanos. En teoría de Joaquín Albaicín, hijo de María y el catalán Bernadó, la sangre gitana es como el agua bendita. Si en la pila de la iglesia hay una pequeña cantidad bendecida la que eches después será toda bendita. Al derecho y al revés: Caso de “Joselito”, todo payo. Caso de Rafael, todo gitano. Y su hermano Fernando, al que le dedicó el pasodoble el maestro Lope, pero que no pasó de banderillero, aunque dicen que le inspiró a su hermano Rafael muchas de sus genialidades. El último ejemplo de estas genialidades, el hijo de Julio Aparicio y la “bailadora” Malena Díaz.
Hace unos meses, allá por el mes de abril pasado, se publicó la noticia ilustrada de la existencia de la pintora más cotizada del Mundo que se llama Lita Cabellut, es natural de Sariñena, Huesca, tiene 54 años y es gitana. Fue un impulso más a mi interés por lo gitano. ¿Qué pasa en los toros que tenemos como escondido al único de sus representantes con  la alternativa tomada hace más de dos décadas. Y se apellida Díez, como Malena, y es de linares como José Fuentes, que tiene pinceladas, Palomo Linares ajeno al duende y Curro Vázquez más cerca del sevillanismo de San Bernardo. Y mira por donde, Curro Díaz se ha destapado este año y ya está en la lista de los privilegiados, los del “pellizco”, los ángeles y la madre que lo trajo al mundo. En Calasparra le perdonó la vida al toro “Plebeyo” de Victorino, en Madrid en marzo con  toros de Torrealta y Gavira y en la Feria de Otoño con toros de Puerto de San Lorenzo, en Linares el Trofeo Manolete y siempre actuaciones bien templadas, de agudo sentido artístico y valor sereno y sin claudicaciones. Lo de Madrid con las volteretas incluidas, épico. Demora con la espada pero reconocimiento junto a su compañero del curioso mano a mano, el pacense Guerrero.


La carrera de Curro Díaz Flores ha sido lenta y cansina, como para abandonar en esas tardes de angustia en las que no se resuelve nada. Nació en Linares el 20 de mayo de 1974, debutó con picadores antes de cumplir los 16 años en Manzanares, dos años después debutó en Madrid y el cartel de su alternativa en Linares lo completaron Juan Carlos García y Sebastián Córdoba con toros de Valdemoro el 1 de septiembre de 1997. Confirmó en Madrid con Frascuelo y Guillermo Albán y nada menos que con toros del cura de Valverde. Más o menos, certificado de defunción artística. 31 de agosto de 2003. Un toro de Cuadri en Madrid y otro de Fraile en Sevilla dieron alas hasta llegar a esta temporada en la que ha dado muestras de su calidad artística y de su humana responsabilidad. En plena madurez -42 años – puede conseguir en la próxima estar en los mejores carteles y darle a esos carteles el toque maravilloso de la honda gitanería. La de verdad. No quiero que quiten a nadie, pero los que ya han tenido oportunidades  múltiples para repetir su discurso deben dejar la palabra a otros para que nos dicten el suyo tanto tiempo silenciado. Tenemos un torero gitano y tenemos que degustarlo. Sabor fuerte y delicado, aroma de naranjo y pinares, canción de fragua  y de mar. Distinto porque para eso es gitano. Es, desde luego, una forma de ser torero.

domingo, 23 de octubre de 2016

FINAL DE TRAYECTO


La Feria del Pilar de Zaragoza es difícil y complicada. Siempre lo fue por ser la última importante de la temporada y por las variantes meteorológicas, subsanadas estas últimas por la cubierta de teflón sobre la estructura de 250 años de existencia. Pero siguen pesando la docena de días del mes de octubre tras los festejos mayores de Logroño, Madrid o Sevilla. Muchos cuelgan su traje de luces y ¡hasta el año que viene! También cuentan las cornadas o lesiones sufridas por algunos diestros a lo largo del prolífico mes de septiembre taurino. Antes, Zaragoza tenía un hándicap más: el público. Ahora no lo es y este año se ha notado una renovación generacional que puede augurar un futuro más brillante. Pero el empresario lo tiene difícil aunque este sea Simón Casas, que este año ha ensayado una publicidad fotográfica interesante. No sé, y no es de mi incumbencia, si los resultados materiales han correspondido al esfuerzo empresarial. Como en todos los carteles, para algunos sobraban unos nombres y faltaban otros, pero la Feria pilarista tenía, en mi opinión, su interés. Contaba con el elemento autóctono, un novillero, Jorge Iglesias, zaragozano de nacimiento pero desconocido por estos lares pese a ser nieto de un novillero, Octavio Iglesias, que se prodigó por las plazas aragonesas en la década de los 40 del siglo pasado, la ganadería de Los Maños  con la divisa negra de luto reciente por la muerte de Víctor Barrio en Teruel, los matadores Ricardo Torres y Alberto Álvarez en la corrida de La Quinta y la alternativa del rejoneador Mario Pérez Langa, de Calatayud, en el fin de fiesta. No desentonaron ni toreros ni novillos y Jorge Isiegas cortó una oreja en el preámbulo del ciclo. Bien está. En la otra novillada, la del día 13, salió a hombros el francés Andy Younes, un destacado aspirante de la cuadra de Simón Casas. Sólo una apreciación al margen de parecidos y semejanzas, le pediría a la promesa nimeña que prodigara más el toreo por delante. Tienen valor y ganas de ser figura, como Leo Valadez, el mexicano, y el nacional Rafael Serna.
Eso de ser la última feria importante de la temporada también influye decisivamente en el ganado a lidiar. Ya puede el veedor de don Simón visitar los campos de España en el mes de enero y reseñar las corridas correspondientes para el ciclo pilarista que, al final, de aquellos números sólo quedaran un par de ellos o ninguno. Por eso, en octubre son las corridas tan desiguales en peso, trapío, cara y edad. Desde un cuatreño del pasado mes de septiembre hasta algunos sexenios del próximo noviembre y cien quilos de diferencia en el mismo festejo. Hubo que remendar la novillada de El Cahoso y la corrida de Daniel Ruiz y devolver a los corrales a un toro de este ganadero albacetense para que se presentara en el ruedo una preciosa parada de mansos clónicos que cumplieron su misión tan perfectamente como si su mentor fuese el talaverano Florito. La corrida más pareja, la de Juan Pedro Domecq, aunque hubo un toro que sobrepasó los seiscientos kilos; la más dispar, la de Fuente Ymbro, con un toro que pesó 583 kilos, el segundo, y otro, el quinto, 487 kilos, el de menos peso de toda la feria, el más protestado por los que solo se fijan en la tablilla de los kilos, si bien el morito gaditano estaba bien puesto de cara y tenía muchas ganas de embestir. Y ocurrió lo que tenía que suceder, que Enrique Ponce ligó su faena más redonda de su brillante temporada en el juanpedro que brindó a su cuadrilla como despedida habitual en Zaragoza, que Rafaelillo lidió a los de La Quinta con su destreza congénita, que Juan Bautista, con el Soleares de Victoriano del Río, a un mes de los seis años, toreó bien por la izquierda, que Cayetano Rivera, de rodillas y a sus pies…descalzo. Dos pinchazos y un buen volapié en el segundo del día 11, el día de la oreja fácil de López Simón en el tercero, la alegría de ver recuperado a David Mora que tiene un defecto que no puede soslayar: su estatura. Pero torea con gusto y exquisitez aunque digan que es de Borox. Claro que Domingo Ortega, con fama de rudo domador de fieras, también patinaba sobre las arenas en el vals de la armonía y el buen gusto con el toro. Perera le cortó una oreja al toro de La Palmosilla que abrió plaza y luchó con el más manso de la Feria, el cuarto de Daniel Ruiz. Hay una cosa que se llaman banderillas negras que, aunque estén en los diversos Reglamentos, no se usan. Antes eran de fuego, más divertidas pero no milagrosas. El que nace manso se muere manso. Y final a pie apoteósico en la corrida del día 15. Tragedia de Padilla que casi acabó en apoteosis a hombros por la puerta grande, bajo la estatua de Goya con la bandera pirata y el  beso a la arena dorada, pleno de Talavante, siempre improvisador y sugerente y personalidad variada de Morante que lo hizo todo: oír el silencio, oximorón bergaminesco con el perfume eterno de San Juan de la Cruz, soportar la bronca a lo gitano Rafael y encandilar con el pellizco de su arte. Esto nace en el vientre de algunas madres que paren toreros. Caso de Ginés Marín, que sumó dos medias faenas de primor porque sus toros de Daniel Ruiz se acabaron enseguida. Zaragoza se fue a la cama con una sonrisa de esperanza. ¡Oiga! que Simón Casas es el empresario de Las Ventas del Espíritu Santo … Mejor para nosotros. En el final a caballo sucedió lo que tenía que ocurrir: lección magnífica de Pablo Hermoso, al que un pinchazo antes de la estocada le quitó la segunda oreja del cuarto toro de Bohórquez y la salida por la puerta grande, la encantadora Lea Vicens sufrió una fea cogida en el quinto y Mario Pérez Langa, que tomaba la alternativa, saludó con efusión a los asistentes.  Hubo banderilleros bien vestidos y lucidos con el capote de brega y los palos, Marcos Leal, Blázquez, Yván García, Joselito Rus, Ambel Posada, Barbero, Antonio Manuel Punta y Curro Javier, este con el manso de Ruiz. Pocos destacados de los de a caballo, abusando de la ventaja ignominiosa del peto acorazado, de poner el palo más atrás del morrillo y prodigar la suerte de la fregona y el palo levantado. Aviso a navegantes: se puede picar en todos los lugares del ruedo aunque se recomiende la predilección por el lugar opuesto a los chiqueros, pero a un manso se le puede picar hasta a la puerta de estos. Picar, señores, picar, no simular.  Recuerdo en esta feria a Esquivel y a Juan de Dios Quinta.
Mi amigo y ejemplo del bien decir y mejor escribir, Ignacio Álvarez Vara “Barquerito”, afirma que yo prefiero que a la plaza de Zaragoza se le llame “la de Pignatelli” porque la misericordia se ha convertido en justicia social, porque hay dos plazas importantes que tienen el mismo apelativo, Pamplona y Bilbao, y porque me parece justo recordar al ilustrado Pignatelli, autor de tantas cosas buenas para Zaragoza. La plaza de toros incluida.
Se reunió el jurado que otorga los premios del Pilar y estos fueron los ochos galardones concedidos: Mejor Faena: Enrique Ponce. Corrida mejor presentada: Núñez del Cubillo. Triunfador: Talavante. Premio al valor: Padilla. Mejor estocada: Padilla. Mejor puyazo: Juan de Dios Quinta. Mejor par de banderillas: Curro Javier. Toro más bravo: “Rescoldito”, de Núñez del Cubillo.
Este último es el premio más veterano, cuarenta y ocho pilares. El del valor, la estocada y el puyazo van por los treinta y seis años, desde que Ángel Esteban Enguita, diputado-delegado de la Plaza de Toros de la Diputación de Zaragoza por entonces, reunió a peñas, entidades y patrocinadores en un solo jurado y otorgaron esos premios en 1980. Después se retiraron algunas peñas como la de “El Carmen”, que daba el premio al par de banderillas, la de Torrero, la de “Gitanillo de Ricla”, premio al valor, el Ayuntamiento zaragozano y el hotel Corona de Aragón. Siguen la peña de “Mari Paz Vega”, corrida mejor presentada,  y la de “La Madroñera”, toro más bravo, y se ha sumado el sastre Roquetas con el par de banderillas. El resto de galardones, cinco, los ampara la Diputación de Zaragoza. Y que siga por muchos años. ¿La mejor banda de música? La de Magallón. La de la Diputación Provincial desapareció

miércoles, 19 de octubre de 2016

LA HISTORIA QUE SE BORRA POCO A POCO


En pocos días han fallecido dos ganaderos de Salamanca de una misma familia, Alipio y Antonio Pérez-Tabernero. Los dos no podían utilizar para anunciar sus toros la segunda parte de su apellido compuesto: Tabernero. El uno era Pérez T. Sanchón y el otro Pérez de San Fernando. San Fernando era un lugar emblemático que  no se podía nombrar porque tenía connotaciones guerro-civilísticas y la verdad es que uno tiene recuerdos que no olvida pero que no quiere remitir a los demás. Don Alipio era hijo del señor de las patillas más famosas. Don Antonio era hijo del señor de San Fernando. AP. Durante 30 o 40 años fueron los ganaderos que más toros lidiaron. Don Pedro Balañá, desde su poderosa atalaya barcelonesa, dos plazas de toros en funcionamiento alternativo, usaba y abusaba de los hierros salmantinos de los Pérez Tabarnero. Solo don Graciliano (los miuras de Salamanca) podía utilizar el apellido completo. Juan Mari, hermano de Antonio, rompió la norma, no sé si porque resultaba ilegal, contra natura, el prohibir el uso del propio apellido. Juan Mari, después de que su primo Alipio intentara las glorias novilleriles, llegó a tomar la alternativa para una carrera corta y de no demasiados hechos reseñables. Alipio, hombre de carácter retraído, dejó que los focos de la actualidad se fijaran en su esposa, María Lourdes Martín, ganadera con el hierro de Carreros, a la que habitualmente acompañaba su hijo “Alipín” (Alipio III) mientras el patriarca se refugiaba en el remanso de la vida de su finca y del ambiente ganadero de Salamanca. Antonio era más extrovertido y su gran chimenea de la finca de San Fernando era centro de variadas y numerosas reuniones en las que desmenuzaba sus grandes conocimientos de la crianza del toro bravo. Los dos, Alipio y Antonio, han rebasado los noventa años, Antonio a punto de alcanzar la cifra centenaria. El frío del campo salmantino es bueno para la supervivencia. Hace poco tiempo, al morir, Paco Cano había superado el centenar de años como si las sombras y los ácidos de los productos  para revelar fotografías fueran saludables. Hay que recordar que Cervera, el fotógrafo que también alcanzó apreciable longevidad vital puede apoyar el aserto si recordamos a Cartagena y algunos más de los que utilizaron los cajones y las placas con las que Cervera hizo la famosa fotografía de Toledo titulada “Caída al descubierto”, en la que aparece entre medias luces del atardecer junto al Tajo el capote de Belmonte para hacerle el quite al picador derribado. Una gran foto premiada en Londres en el primer tercio del siglo XX. Quizá la perfección y multiplicación de las técnicas fotográficas dificulten la existencia de estampas insólitas. Pero el otro día una media verónica de Manzanares me dejó con la boca abierta. Claro que al comprobar que el documento era de Agustín Arjona se despejaron todas mis dudas. Es que este Arjona lleva el celuloide en las venas aunque ahora ya no se empleen películas para hacer fotos. Fue un día glorioso en Sevilla, con docenas de olés recortados y contundentes, con Castella y el propio Manzanares a tope, en Logroño y muchos otros lugares, Enrique Ponce, Talavante con patillas de hacha – nada que ver con las de don Alipio I -  y pelo de roquero, la promesa demostrada de Ginés Marín, los afanes de Garrido, el misterio en escena de Morante de la Puebla, el escondido de José Tomás…Es una pena morirse en este momento aunque poco a poco se nos borre el pasado con la marcha de tantas personas afines a nuestra existencia. Se fue también Miguel Flores, que era un hombre lleno de ilusiones y buen gusto. Buscaba el arte. Vivía con arte. En Manuel Becerra, cerca de Las Ventas, rezan por su alma.Los tiempos cambian mucho y hasta difuminan las imágenes. Pero estamos rematando una temporada que ha sido muy ilusionante. Bajó mucho el diapasón cuando en el mes de agosto dos cogidas seguidas con daño cerebral apreciable dejaron fuera  de combate a Andrés Roca Rey. Era la gran novedad y las tardes triunfales se repetían con una continuidad asombrosa. Su presencia se había hecho imprescindible. Su necesaria ausencia – viaje a Estados Unidos para someterse a un largo tratamiento previsto hasta el mes de noviembre – afectó a la asistencia de los públicos a las plazas de toros donde estaba prevista su actuación. La novedad más refulgente se había desvanecido como el azucarillo en el vaso de agua fresca en contraposición del aguardiente que rasga nuestras entrañas. La temporada se termina y yo, pese a que la escoba barre el  rastro que deja el toro muerto por la arena, tengo la ilusión de vivir otra temporada gloriosa, la que viene. Loado sea el Señor.

sábado, 10 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE ESTE VERANO DE 2016


Es un verano importante para mí. Me quedan muy pocos y hay que aprovecharlos. Por eso he visto muchas corridas por televisión, una de ellas en Santander de la que me quedó un recuerdo imborrable. Resulta que Enrique Ponce lleva veintisiete temporadas seguidas a toda máquina. Algunos se lo dicen como reproche: “es que  torea a todos los toros igual”. ¿Usted sabe lo que afirma? ¡Torear a todos los toros igual cuando todos son distintos y no se puede poner uno de acuerdo con ellos…! Pero una tarde en Santander rozó la perfección con un toro de XXX y a los sones de la música que  Morricone le puso a la película de la Misión. Esa música le dio suntuosidad a la obra del torero que más corridas a toreado y más toros ha matado en toda la Historia del Toreo (las cifras que se señalan  en la biografía de Pedro Romero no están homologadas). No pueden estarlo nunca. Las de Ponce sí. Le ocurrió también a “Lagartijo el Grande”, harto de torear y de competir con “Frascuelo”. Fue a Madrid a despedirse de su compañero y se la cayó el alma a los pies. “Tanta lucha para esto”. Quiso despedirse en cinco corridas en solitario y las cinco acabaron en desastre. En Madrid lo hizo el día del Corpus y los fieles devotos pasaron la solemne procesión a la mañana para asistir a la corrida por la tarde. La Fe no hizo el milagro: otro desastre. Muchos años en la palestra y el pueblo joven pide rabizas nuevas.
La gran novedad de este año ha sido Andrés Roca Rey. No hubo tarde que no se empleara a fondo con capote, muleta y espada. Hubo ocasiones en que el espectador enloquecido  no  se explicaba cómo había pasado por delante y por detrás, por arriba, por abajo y por en medio. Toda la retahíla de lances y muletazos y el contundente remate de la estocada. Muchas cosas a resaltar y una especial que guardo en mi retina. Una arrucina ligada con un natural. Por arte de birlibirloque, la muleta en la mano derecha y por la espalda para ejecutar el muletazo por delante y aparecer el engaño en la mano izquierda como el prestidigitador te saca la carta que tu has pensado de detrás de tu oreja derecha. De triunfo en triunfo hasta que llegó la corrida de Málaga y el toro se tomó la revancha. Nueve corridas perdidas y la reaparición en Palencia. Otra voltereta estremecedora. Demasiado castigo. Me vino a la memoria el caso de “Frasquito”, al que parecía que se le había metido en el cuerpo el duende de “Manolete”. Tres o cuatro cogidas graves difuminaron el milagro y “Frasquito” se fue a México a trabajar en la casa Domecq. Allí murió. Espero que  no sea el caso de Roca Rey y que muy pronto vuelva a electrizar el ambiente de la temporada taurina española.
Iba a torear el domingo 28 en la plaza de toros de Ejea de los Caballeros con  toros de Orive y Juan José Padilla y Francisco Rivera “Paquirri” de compañeros. Había expectación en la capital de Las Cinco Villas de Aragón y Jesús Mena y Julio Fontecha se las prometían muy felices con el anuncio de autobuses de más de 50 pasajeros que iban a acudir a Ejea. Se quedaron en microbuses gracias a que la sustitución fuera acertada. En lugar del peruano, hizo el paseíllo Ginés Marín, matador de reciente alternativa en Nimes y novillero triunfador en Zaragoza en  el Pilar de 2014, torero prometedor y de exquisitas cualidades. Había sustituido a Roca Rey en Bilbao y estuvo heroico y solvente. Lo de su triunfo de novillero en Zaragoza quedaba lejos para la frágil memoria  de los aficionados aragoneses. Mi amigo el cordobés José María Portillo me propone un cartel para el que yo pongo los toros de Torrestrella de don Alvaro Domecq. ¿Y los toreros? Juan Mora, Finito y Curro Díaz. ¿La plaza? Por capacidad, Madrid. Por gusto, Sevilla. Por comodidad, Zaragoza. Por ganas, Barcelona. Por tradición, Ronda, goyesca. Y televisada para toda España, Francia y la América española, incluidas Nueva York y Miami.
El caso es que Ejea de los Caballeros completó su Feria en Honor de la Virgen de la Oliva con una corrida de rejones encabezada por Pablo Hermoso de Mendoza como cada año desde que el de Estella se inició en estos menesteres, Andy Cartagena y Andrés Romero y otra corrida de a pie con una redonda corrida de Los Bayones que saborearon a su gusto Juan Bautista, Alberto Álvarez y Gonzalo Caballero, el festejo de menos asistencia. Competencia de recortes con anillas y concurso de roscaderos completaron el ciclo festivo porque en Aragón no pueden faltar los aspectos populares y populosos de nuestra fiesta. Su centro, la plaza de España. Su imagen, el toro de Las Bardenas. Su pintor, Goya. Su profeta, Martincho. Y ustedes que lo vean. Y yo, Dios mío, un ratico más. Lo dijo Andrés Segovia cuando ya era nonogenario. Yo todavía soy octogenario.