martes, 3 de febrero de 2015

CALEIDOSCOPIO TORERO

El caleidoscopio de mi niñez era un tubo de un palmo de largo con un cristal en una punta y una mirilla en la otra, por lo que se veía una sucesión de colores que, como el agua del río o la llama de la fogata del hogar, nunca eran los mismos. Eso busco yo en el artículo que quiero dedicar a la actualidad taurina. Y empezaré por el que pienso que es el acontecimiento más importante de estos días, el sesenta y nueve aniversario de la inauguración de la Monumental del distrito federal de México, una plaza de toros que, en principio, tenía una capacidad para 55 mil espectadores. Luego se fue reduciendo el aforo por cuestiones de seguridad y, ahora, por falta de atractivos. Pero fue una obra que impulsó el libanés Neguib Simón Jalife, que se realizó en ciento ochenta días y con la participación de diez mil hombres en tres turnos diarios y bajo la dirección del ingeniero Modesto C. Rolland. La primera corrida tuvo lugar el 5 de febrero de 1946 con toros de San Mateo que se encargaron de lidiar Luis Castro “El Soldado”, Manuel Rodríguez “Manolete”, que cortó la primera oreja, y Luis Procuna “El berrendito de San Juan”, que cortó la segunda. En la segunda corrida hicieron el paseíllo “Manolete” y Silverio Pérez y en la tercera, “Manolete”, Procuna y Rafael Perea “Boni”. Pareciera que el coso monumental se había levantado sobre un profundo embudo de veinte metros desde la entrada al ruedo para que allí se instalaran las reales  toreras del de Córdoba. En la cuarta corrida apareció por el oscuro pasillo que llevaba a la puerta de cuadrillas otro de los consentidos por la afición mexicana, Joaquín Rodríguez “Cagancho”, al que acompañaron “El Soldado” y Silverio Pérez, con lo que bastaría recordar a Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza para completar el cuadro de los más grandes del lugar en el segundo tercio del siglo XX, a los que yo sumaría el nombre de Paco Camino, tercer tercio de ese mismo  siglo y, a sus finales, el de Enrique Ponce. Y, para rematar el cartel, Pablo Hermoso de Mendoza por delante.

Pero a la gran obra de ingeniería le pusieron un remoquete vejatorio: le llamaron “el monstruo de concreto” (aquí, en España, cemento) y hubo que buscarle un adorno artístico que dulcificara su clima ambiental. Fue el escultor valenciano Alfredo Just Gimeno el que creo las esculturas que prestaron aroma torero al conjunto, desde el encierro de la puerta principal a las dos docenas de homenajes, episodios vividos o recuerdos soñados por el propio escultor, Pedro Romero, Manolo Granero, Manuel Jiménez “Chicuelo”, la larga cordobesa, la gaonera y la necrológica de Alberto Balderas, que murió en la plaza de “El Toreo” cuando estaba ubicada dentro del Distrito Federal. Antonio Fuentes, Juan Belmonte, Rafael “El Gallo” o Juan Silveti, el primer “Tigre de Guanajuato”. Los mexicanos “El Soldado”, Garza, Arruza, Briones, Silverio y Garza, la manoletina de Manuel Rodríguez, la verónica de “Boni” y el póstumo homenaje al leonés Laurentino José López “Joselillo”, que resultó herido de muerte en ese ruedo de la plaza también conocida por “la México”. Hay otra escultura famosa, la “del par de Pamplona” de Rodolfo Gaona, pero esta es obra del escultor Humberto Pereza y se colocó a la entrada del citado coso de “El Toreo” como preciso ornamento del sabor y contra estruendo de la cubierta de hierro de la plaza que acogió a Manuel Benítez en 1964.

Casi setenta años después, pero hoy sólo sé que en el paseíllo conmemorativo estará el francés Castella. En los tiempos de la super comunicación los acontecimientos históricos pasan sin pena ni gloria.

De México llega la noticia de la presentación de un libro sobre la vida y fotografías de los Arjona, de Agustín, Pepe, Agustín  nieto, Joaquín y creo que un biznieto del patriarca. Dicen que luego vendrá la presentación en Sevilla y en Madrid. No me lo quiero perder. Y, como muestra de la pervivencia artística de los Arjona, una foto publicada en 6TOROS6 de publicidad de José Ortiz Muñoz, el sobrino nieto de Curro Romero. Algo tienen que ver en estas cosas los genes de los individuos. Pepe Arjona ya lo cogía el aire al tío abuelo de Camas.

Y aprovecho que estoy por la orillas del Guadalquivir para manifestar mi asombro cuando leí en  el suplemento semanal de ABC un artículo sobre la Maestranza de Sevilla en el que se afirmaba que Pepe Luis salió a hombros por la Puerta del Príncipe 16 veces. Sé que Pepe Luis desde 1938, cuando se presentó con picadores y enloqueció a sus paisanos, triunfó muchas veces en la Real Maestranza, coso del Baratillo por el que hubo cerca del lugar antes de 1760. Hasta que se retiró definitivamente en el umbral de los años 60, cuando llegaron Puerta Curro, Santiago, Paco y algunos más. Creo que fueron un par de salidas a hombros más, 18,  pero no puedo certificar que lo hiciera por esa afiligranada Puerta porque antes de instituirse reglamentariamente su apertura, tres orejas son el aval suficiente, la cancela se abría cuando daban su aquiescencia los maestrantes. Contaba José Manuel Inchausti “Tinín” que  una tarde cortó cuatro orejas y el cancerbero no le franqueo el paso a hombros por el famoso portal. El madrileño aseguraba que se zafó de sus porteadores y pasó la puerta a pie y vestido de luces. Hubo sus disputas ante el criterio de los maestrantes y el público y todo se solventó reglamentariamente. El imperio de la ley sobre el sentimiento.


Como colofón de este caleidoscopio de colores, el oro viejo del recuerdo cuando se han cumplido 50 años de la muerte de Churchill y 25 de la de Ava Gadner. Ambos tienen un rincón en mi almario torero, el inglés por sus puros habanos y la cabeza de toro que le regalaron con la uve de la victoria en pelo blanco en su cara, y la más bella por la asiduidad con la que vivió su afición a los toros, al margen de sus aventuras amorosas con Mario Cabré (“Dietario Poético a Ava Gadner”) y Luis Miguel Dominguín, que tuvo la hombría de confesar que no era cierta la anécdota de su  precipitada huida “para contarlo”. ¡Qué cosas pasaban en aquellos tiempos!  

domingo, 25 de enero de 2015

MARTINCHO, EL PRIMER MATADOR DE TOROS CON ROSTRO Y BIOGRAFÍA

PATRICK MODIANO, el reciente nobel francés, ha hecho la siguiente afirmación: “Tengo miedo a descubrir que siempre he escrito el mismo libro. Somos prisioneros de  nuestra imagen, igual que somos prisioneros de nuestra voz”. Empecé a escribir de toros en 1951 y en 1953 publiqué, basado en la partida de matrimonio que se conserva en el archivo parroquial de Ejea de los Caballeros, que Antonio Ebassun Martincho era natural de Farasdués, un pueblo a 14 kilómetros del que ahora se considera cabeza de la comarca de Las Cinco Villas de Aragón. El argumento lo he repetido una y otra vez a lo largo de estos últimos años para rectificar  someramente lo manifestado por Ignacio Baleztena Azcárate y José María Cossío que lo consideraban ejeano y para descalificar a Luis del Campo que lo hacía todo navarro,  Velázquez y Sánchez que se inclina por Guipúzcoa, Peña y GoñiAnasagastiArocena y algunos más que amparabala existencia de un fantasmagórico Martín Barcaiztegui, decían que nacido en Oyarzun y fallecido en Deva. Menos mal que otro guipuzcoano, Felipe García Dueñas, recién salido del seminario, llegó a Farasdués en los años 80 del siglo pasado y, con vocación y pacienciainvestigadora, reconstruyó pieza a pieza el gran rompecabezas de las vida de Antonio EbassunMartinchoal que retrató y grabó Goya porque en sus tiempos jóvenes, los de Goya, el de Farasdués era el torero más famoso que se paseaba por los ruedos de España. Al devenir de la Historia, no cabe duda de que Martinchointeresa más porque Goya lo reflejó en su obra física y artísticamente, con lo que llegamos a la conclusión de que es cierto que el de Farasdués es el primer matador de toros español con rostro y biografía, estilo y personalidad.
En auxilio de mi flaca memoria ha venido estos días Fernando García Bravo, investigador de la Biblioteca Nacional, que me ha facilitado la copia de tres cartas que se cruzaron entre el secretario de la ciudad de Pamplona, Valentín (con b) Pérez, y Martín Ebassuntorero de EjeaEn la primera de 14 de septiembre de 1739 se le comunica que, con ocasión de la venida de la infanta de Francia, se va a celebrar una corrida de toros en el mes de octubre y se cuenta con su participación y cinco compañeros. Martín Ebassun contesta el 26 del mismo mes, muestra su disposición para cumplir lo que se le ordene y que se encontraba en Zaragoza para participar en la corrida del día 5 de octubre y otra el día 14 de ese mismo mes. La tercera carta está fechada desde Pamplona el día 30 de septiembre y se les ordena a Martín y su cuadrilla que estén en la ciudad el día 8 de octubre. La infanta podía ser Luisa Isabel o Ana Enriqueta, hijas de Luis XV, Rey de Francia y de Navarra, y la princesa polaca María Leszczynska, con la que tuvo once hijos. Es curioso que, en ese mismo año, Martín Ebassun tambiénfue requerido para actuar en Tudela a finales del mes de abril con motivo del viaje de “la Reina viuda Nuestra Señora” que venía de Pamplona y se dirigía a Guadalajara. Se trataba de Mariana de Neoburgo, viuda de Carlos II, exiliada en Bayona y amnistiada por la intercesión de su sobrina Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V. Fue el último viaje de Mariana puesto que murió en la capital de La Alcarria el 16 de julio de 1740. Martín, de naturaleza navarra, era el padre de Antonio, ambos zapateros de oficio, murió en 1745 y a partir de 1747 es el propio Antonio el que capitanea la cuadrilla de toreros ¿aragoneses? ¿navarros? O puede que riojanos. Otro hito en la carrera de Martincho son los festejos que se celebraron en honor de Carlos III en la plaza del Mercadoa su llegada desde Nápoles a Zaragoza en octubre de 1759,para, ya en Madrid, acceder el trono de España. Y, como colofón de su larga carrera, su participación en la inauguración del coso de Pignatelli en 1764, a la que asistió Goya, quién también pudo ver a Martincho en Madrid con ocasión de su viaje a la Corte para realizar el examen de ingreso en la Real Academia de san Fernando, cuando le jugó una mala pasada su cuñado Bayeu y eso que todavía no habían aparecido en los ruedos Pedro Romero y Costillares. En 1767, treinta y tres años en activo, participó en las fiestas de San Fermín, a las que acudió en veintiocho ocasiones.
Como a Modiano, me da la impresión de que esto ya lo había contado antes. Eso sí, gracias a García Bravo le he sumado nuevos matices.  

lunes, 12 de enero de 2015

AÑO NUEVO, TIEMPOS VIEJOS

Es el tema de actualidad y el momento de la reflexión y el consejo. ¿La actualidad? La fiesta se muere. ¿La reflexión? Aquí estoy yo para salvarla. ¿El consejo? Soy yo el que puedo poner el remedio. Y lo dicen los mismos que durante casi medio siglo han gobernado esto desde los puestos de mando que, sin vestirse de luces o criar un toro bravo, manejan los mecanismos de este negocio: la empresa y la televisión. Y, al hilo de esos comentarios, a los que brujulean alrededor de la fiesta se les ocurre formar comisiones, plataformas y hasta organismos públicos que se encargarán de dictar normas que hagan posible el que surja “el Mesías” añorado y “el toro bravo y más toro”, se encuentren en una plaza “abarrotá” y se dé el milagro del espectáculo tan ancestral como el que más porque desde que existen toro y hombre (no sé cuál fue primero) existe el toreo. Hay dos tipos de espectáculos taurinos, los populares y los programados. Primero fue el popular, anterior a la etapa caballeresca y superviviente porque nacía del contacto directo entre el hombre, el pastor, y el animal, el toro bravo. Fue a partir del tercer tercio del siglo XVIII cuando las locuras de “Martincho” se transformaron en los alardes dominadores y artísticos de tres toreros que formaron el único triunvirato estable de esta historia, Pedro Romero, Joaquín Rodríguez “Costillares” y José Delgado “Pepe-Hillo”, que tuvieron la suerte de encontrarse con un director de escena, Goya, que le dio brillo, esplendor y belleza a esa lucha que se llamó lidia, batalla, pelea, pleito o litigio, en la que siempre tiene que haber un vencedor. Para vencer y convencer a base de lucha con arte hubo a lo largo de estos tres últimos siglos muchos hombres que encontraron su camino y lograron que las gentes hicieran el esfuerzo de invertir unos dineros en el boleto que les permitía ser testigos del milagro. Y ese milagro, a lo largo de estos tiempos, ha sido siempre el mismo: toro, torero y espectador. Las leyes y los legisladores, los gestores y sus acólitos sólo han servido para mantener el negocio, subir los impuestos y aumentar las nóminas. Creadores de fenómenos conozco a muy pocos y únicamente reconozco que uno de ellos fuera capaz de obrar el milagro de obtenerlo de la nada: a don Rafael Sánchez Ortiz. Creó el fenómeno Benítez, le asignó su leyenda y lo dejó en la cumbre en apenas dos temporadas. Luego se encontró en Linares con José Fuentes y apuntó el milagro de la resurrección, a Pallares en  Salamanca y a Curro Vázquez en el mismo lugar que a Fuentes pero con otros argumentos, el fino amontillado de la Mezquita, la garrocha del espejeño Porras o la apostasía del Mesías autoproclamado. Hubo más, Espartinas se convirtió en Espartaco y dos locos de la vida, uno murciano y otro mexicano, acentuaron la abulia del doctor Franquestein. Creaba los monstruos, les daba cuerda y él se iba a inventar la crema de marisco. Y el héroe se hizo carne y acampó entre nosotros. La gran masa hizo lo demás, como en los tiempos de Hitler o Stalín, pero con muy distintas consecuencias. ¿Quién es capaz ahora de anunciarnos una buena nueva parecida? Nadie. Algunos aseguran que otro nuevo “Mesías” está entre nosotros, pero lo cierto es que no ejerce. No quiere. Tiene 60 mil seguidores a la temporada y reniega hasta de los nuevos sistemas de comunicación. Quiere  seguir siendo un misterio y no le pesa ni el manto de púrpura del poder y la gloria. Es un asceta con profeta y todo: Juan García “Mondeño”. Hay en estos momentos más de una docena de toreros importantes y, sin embargo, se echa en falta al “Gran Jefe”, a la pareja competitiva, al triunvirato imperial y romano. ¿Llegará a tiempo alguno de ellos?

En el ámbito del toreo popular pienso que hubo unos años de transición en los que este tipo de festejos ayudaron al mantenimiento de algunas plazas y que en el exceso de reglamentaciones, organigramas y mercantilizaciones se va diluyendo su adjetivo fundamental: el de popular. Espontáneo, directo, amateur, porque me gusta, nada más. Lo que ocurría en otros tiempos hasta llegar a los de Goya y su fabulosa memoria gráfica. Antes, yo iniciaba mi temporada en Valdemorillo, cerca de Madrid, y recuerdo la estampa de los novilleros vistiéndose en un salón del ayuntamiento al calor de una estufa de leña. Desde hace unos años, mi primer festejo taurino es una suelta de vacas en Rivas, barrio de Ejea de los Caballeros en el camino hacia Farasdués, donde nació “Martíncho”, el primero del escalafón torero. Rivas, quinientos habitantes y cincuenta profesores músicos, el 10% de su población, incluye en los festejos de Navidad y San Vitorián un concierto de su Banda. Acudí al acontecimiento y me sorprendieron con la magnífica interpretación de tres pasodobles (paso doble) de muy distinta factura. El primero fue el titulado “Ateneo Musical”, obra del valenciano de Torrente Mariano Puig Yago, que nació en 1898 y que, aunque murió muy joven, fue director de la banda de su pueblo, de Cullera y Alcubias y se consagró como un excelente compositor. Este “Ateneo Musical” es un pasodoble muy superior a los que se prodigan por esas plazas, incluidos el de “Nerva”, “Paquito el Chocolatero” o “Er Chichi”. El segundo pasodoble fue el de “Gallito”, uno de los cuatro que compuso Santiago Lope, nacido en Ezcaray pero afincado en Valencia, para una novillada de la Prensa en la capital levantina en 1905 y en la que actuaron Fernando Gómez Ortega “Gallito”, Agustín Dauder Borrás “Colibrí”, Ángel González Mazón “Angelillo” y Manuel Pérez Gómez “Vito”, ninguno de los cuales alcanzó mayores glorias con la espada aunque el segundo de los Gómez Ortega, hermano de Rafael “El Gallo” y “Joselito”, llegara a tomar una alternativa en México no reconocida en España. Dauder era valenciano y, como Fernando “Gallito”, “Angelillo” y “Vito”, sevillanos, este último padre de Manuel Pérez Herrera “Vito” buen banderillero y destacado apoderado y de Julio, quizás el mejor rehiletero de todos los tiempos. Ahora, cuando se habla de “Gallito” y su pasodoble, la mayoría se acuerda de su hermano José y no del auténtico destinatario de la composición, Fernando, banderillero en las cuadrillas de sus hermanos más como consejero que como práctico del toreo. Dicen que fue el inspirador de las diversas y originales suertes que aportó al arte de torear su hermano Rafael.


A la altura de este “Gallito” de Lope está el pasodoble conocido por “España Cañí” de Pascual Marquina Narro, músico de Calatayud, al que se puede considerar como el “Rey del pasodoble” si a este  famosísimo unimos los de “¡Viva la Jota!”, Ricardo Anlló “Nacional”, “Gitanazo”, “Joselito Bienvenida”, “Cielo Español”, “España y Toros”, “Cielo Español”, “Cielo Andaluz”, “Hermanas Palmeño”, “Viva Aragón” y “Los Ricla”, bagaje musical más que suficiente para mantener a Marquina en el trono de la trompeta y el bombo si, además, anotamos que fue el de Calatayud el que dirigió durante muchos años la producción discográfica de “La Voz de su Amo” con el emblema del perro junto al gramófono de los años 30 del siglo pasado. Hay otro músico distinguido en Aragón, Pablo Luna, pero de este tengo más constancia zarzuelera que el de la marcha de doble paso. Sólo le recuerdo un pasodoble, “Ballesteros”, que tiene quizá más significado por lo que supuso Florentino, el de le Inclusa, para el arte de torear. Y cito a estos dos músicos aragoneses para dar noticia del tercer pasodoble de este concierto navideño de Rivas: “Tardes de Triunfo”, de Sergio Jiménez Lacima, un joven compositor de Ejea de los Caballeros que se inició como pianista desde muy joven, que ha roto amarras y ya es autor de bandas sonoras para el cine, la televisión y los juegos digitales por tierras americanas, allá por Los Ángeles,  California y las grandes industrias de la comunicación. Me gustó su composición y me sorprendió que todavía se encuentren registros nuevos para acompañar el éxtasis de una faena torera. Y luego, las vacas en la calle con jóvenes recortadores y aguerridos mantenedores de los llamados por estos lares roscaderos y representados por Goya como cestos o cuévanos. Así he iniciado mi temporada taurina número 76. El que no se consuela es porque no tiene remedio: soy optimista.            

lunes, 22 de diciembre de 2014

CAJÓN DE SASTRE


Estamos en días de lo más propicios para hacer balance. No hace mucho, me invitó el Ateneo zaragozano a hablar de la plaza de toros de Zaragoza, que en este año que termina ha cumplido 250 años. Y, aunque son muchos años, la plaza de don Ramón Pignatelli los ha cumplido a lo Sofía Loren, espectacular, bellísima, encantadora, seductora. Digo, he dicho y repito, que la propietaria de coso con tanta solera como el que más y mejores prestaciones que ninguno, incluidos Sevilla, coetáneo, y Madrid, el de Las Ventas del Espíritu Santo, al que le faltan unos años para ser centenario, duro como la piedra y metido en el vicio del alterne social y la censura inmisericorde, tiene, debe, que lucir, pasear y enseñar ese maravilloso templo a Tauro, al que se le hizo intervención estética entre los años 16 y 18 del siglo XX y al que se ha mimado, adecentado y reparado a conciencia durante los últimos treinta y cinco años. Ahí está el marco para poner el cuadro. Y la Diputación de Zaragoza tiene obra importante en su antigua Maternidad (¿qué pintarán ahí algunos óleos, dibujos, esculturas o recuerdos toreros?) o en su caja fuerte. Los encantos hay que mostrarlos al público. Propondría, además, sesiones de cine (ya hubo en otros tiempos cabina de proyección), teatro o zarzuela, mojigangas, circo, muestras deportivas, gastronómicas o zoológicas, todo lo que sea menos tener en bata y con rulos en la cocina o al calor del brasero de picón (“la piconera” de don Julio Romero de Torres) a la preciosa dama del canónigo don Ramón Pignatelli, que, según me dicen, era mejor persona que cura. ¡Y todo lo que hizo por Zaragoza y los zaragozanos!
En mi charla ateneísta recordé a Paco Camino, el torero de Camas que ha confesado en alguna ocasión que su plaza favorita es la de Zaragoza y apunté aquella noche de agosto en la que actuó sin caballos acompañado por Marino Tirapo (en el Cossío le llaman Mariano Tirapu), nacido en la indescriptible villa de Uncastillo y apodado “Chiquito de Aragón”, con el cartel de “No hay billetes” y tres orejas para el torero sevillano. El capote de paseo que lució aquella noche Paco Camino estaba en el mesón “Campo del Toro”, que ha cerrado sus puertas el mes pasado después de más de 30 años de culto a la convivencia taurina. Con “El Niño Sabio de Camas” de la mano de Vicente, el primo de los Vega de Triana, a don Luis Baquedano, el empresario, se le caía la baba y don Pablo Chopera, el de “la boinita sabia”, lanzaba el anzuelo para lograr su apoderamiento. Paco Camino era el perfecto modelo para lucir el traje de luces. Proporcionado, armónico, rostro juvenil, sonrisa pícara, mirada limpia, acorde en sus movimientos, profundo en la consumación de lances y muletazos, sublime por la izquierda y poderoso con la derecha. El natural en lo alto del monumento al toreo, la chicuelina en el pedestal y la imagen en bronce de la ejecución de la estocada. Y para todo esto, la casta de Santa Coloma. Ese era, para mí, Paco Camino. Paralelamente, me viene al recuerdo el nombre de Rafael Ortega, el de la Isla de San Fernando. ¿Qué hubiera sido este diestro con la figura de Camino? Se dice que el torero tiene que serlo y, además, parecerlo. Y entonces me viene a la memoria la estampa dramática, creo que de Baldomero, con Belmonte andando a zancadas por el ruedo, la muleta en la mano izquierda y la espada a modo de bastón en la derecha. El milagro de la transfiguración que se ha dado en algunas ocasiones y permítaseme poner como ejemplos antonómicos al asténico Manolete o al vigoroso Curro Romero. Luis Miguel, demasiado alto; Pepe Luis, bajito; Antonio Bienvenida, rechonchillo. De todos ellos me confieso rendido admirador porque pretendo ser buen aficionado y siempre he predicado que no lo pueden ser los autoproclamados fans de tal o cual torero. Los fans taurinos son como los ultras del fútbol y, a veces, también llegan a las manos. En la reciente lista de los cien españoles más elegantes figuran tres toreros, dos retirados, Curro Romero y Miguel Báez “Litri IV”, y un torero en activo, José Antonio Morante, el de la Puebla del Río, pañoleta de lana, traje bordado a fondo, pelambrera en el cogote, patillas profusas y caliqueño entre los dedos, que tiene como modelo a “Paquiro”, que, curiosamente, se llamaba Francisco de Paula, como se anunciaba el jerezano Rafael Soto, el hijo de la Paula, y, a modo de soporte morantino, la silla de “El Gallo”. El José Antonio de La Puebla se fija mucho, como la lechuza de Minerva, símbolo de la inteligencia y la sabiduría. Oiga, querido lector, Camino, Ortega,“El Gallo”, Romero, Paula y Morante. ¿Hay quién dé más?
Y otro que rebosa sabiduría, Antonio Purroy, que el otro día abogaba en el portal de don Juan Lamarca por la hermandad de las tauromaquias, la clásica y la popular. Sin entrar en averiguaciones sobre quién fue primero, el huevo o la gallina, creo que podrían ser complementarias si ninguna de las dos perdiera sus esencias. La tauromaquia clásica se basa en la integridad del toro y la capacidad artística del hombre de engañarlo sin engañar al público. En esta categoría clásica también hay que tener en cuenta al toreo de a caballo que ahora convive con el de a pie en plano de igualdad, lo que no ocurría antes del siglo XVIII.  La tauromaquia popular es la  que nace espontáneamente entre la gente del pueblo. Organizarla, reglamentarla, explotarla y programarla es desvirtuar todos sus fundamentos y convertirla en un espectáculo más que, a mi entender, pierde a pasos agigantados el fervor popular que despertó no hace muchos años. Los forcados en Portugal, los toros ensogados de las islas Azores, las carreras de toros en Bali, las vacas reinas de Suiza, los rodeos de Estados Unidos, los toros de fuego históricos y actuales, los ensogados de España en la procesión de Pina de Ebro y en las calles del Levante, los recortes, quiebros, saltos y remates de Aragón, Las Landas o La Camarga francesas y las muy especiales ceremonias de Medinaceli o “el toro de la Vega” de Tordesillas. Mucha riqueza, ancestral, atávica o remota. Y cada una por su sitio. Y Dios con todos.

Como se trata de un a modo de “cajón de sastre” en el que los “tailors” guardaban los retales de sobra, se me permitirá que remate el mío con mi agradecimiento y buenos deseos navideños para todos lo que tuvieran el detalle, la paciencia y el favor de leerme. Al menos me reconocerán que hablo preferentemente de toros y de toreros. La política se la dejo para otros más osados, preparados y solventes. Con coleta o con la cabeza afeitada.  

domingo, 30 de noviembre de 2014

EL MUNDO POR MONTERA


Un amigo me reprochaba el otro día que no dijera nada de la duquesa Cayetana. No soy muy amigo de las necrológicas porque no suelen ser fidedignas. En este caso es que no deseo recordar a la de Alba en sus últimos años. Retrocedo en el tiempo, hasta el comienzo de los años 60 del siglo pasado, cuando Tomás Martín “Thomas”, sastre establecido  en la calle de Alcalá, más arriba de la glorieta de Manuel Becerra y presidente de la Peña “El 7”, comprometió a doña Cayetana para muchos de sus actos sociales y que en la corrida goyesca de 1961 organizada por el Círculo de Bellas Artes desfilara por el ruedo de Las Ventas del Espíritu Santo a caballo al frente de las cuadrillas, una exhibición de rejoneo campero, su presencia en el palco de los maestrantes sevillanos junto a Jacqueline Kennedy y la condesa de Romanones, las tres de peineta y mantilla, en una barrera con su primo Jimmy Ardales, puertista, o su baile por sevillanas cuando la ocasión así lo requería. Su predilección hacia Pepe Luis, relación que dicen que cortó su padre, el duque de Alba, y, sevillanista siempre, la continuidad en el favor hacia Curro Romero,  con la pequeña veleidad de admirar al jerezano Rafael de Paula. No es mala trilogía torera. En estos últimos días, en una emisora de radio, la Cope, creo, escuché que el confesor de la duquesa era el sacerdote Ignacio González Sanchez Dalp, hijo, al parecer, del sevillano Manolo González, torero, ganadero y apoderado que en media docena de temporadas, entre los finales de los 40 y los comienzos de los 50  del XX, asombró  a los públicos de España y América, sobre todo a los de Sevilla y Madrid. Es como si a la duquesa de Alba quisiera curar todos sus males en Sevilla y que allí tenía que poner el punto final a la historia de su vida. El mundo por montera. Va por usted, doña Cayetana. 

DEL PINTOR


Presentaba su Agenda Taurina Vidal Pérez Herrero en su marco habitual, junto a la Casa del Reloj del  viejo Matadero Municipal de Legazpi, en el distrito de La Arganzuela. Estuvieron presentes, como casi siempre a lo largo de las dos últimas décadas, José María Álvarez del Manzano, ex-alcalde de Madrid, y Lola Navarro, ex-concejala del castizo barrio madrileño, en esta ocasión con taurina chaqueta roja, a lo Reina Letizia, cordial y guapísima y siempre confesando sus fervores toreros, lo que también es habitual en el caso del señor Álvarez Manzano, lo de las aficiones taurinas, no lo de la chaqueta roja. Hablaron también de toros y toreros Victorino Martín hijo, este de sus toros y del necesario apoyo estatal, Andrés Amorós insistiendo en las virtudes de los “victorinos”, Juan Arboniés, diputado delegado de la plaza de toros de Zaragoza, en el 250 aniversario de esta, Alfonso Gómez, de “El Cordobés”, François Zumbielh, de Mont de Marsan y sus encantos, y a mí me correspondió el honor de subir a los altares del arte al colombiano Diego Ramos. Empecé por anunciar que no iba a hablar del tal don Diego, que dedicaría mis minutos de charla a defender el auténtico cartel de toros, un grito pegado en la pared para llamar la atención de la gente y que acudiera a presenciar la corrida anunciada. Recordé los antecedentes de Carnicero y Goya, de los padres del invento, Daniel Perea, más taurino, y Marcelino Unceta, más artista universal, del paso al impresionismo de Roberto Domingo y Carlos Ruano Llopis, sus continuadores, Casero, Saavedra, Reus, Cros Estrems, Martínez de León, Terruella, Alcaraz y Ricardo Marín. De Fortuny, Manet, Benlluire, Picasso, Juan Gris o Alberti, este anunciador de la vuelta al ruedo de Luis Miguel, para el que también diseñó esos trajes de luces que algunos calificaron de pijamas con bordados. No me olvidé de Jesús Bernal, más ilustrador que cartelista, dos carteles de la Beneficencia en Madrid, Manolo Prieto y su símbolo del “toro de la carretera”, Luis García Campos, bilbaíno con aromas del campo de Salamanca. Álvarez Carmena, Pepe Puente, Pepe Díaz (Camino en Badajoz y “Antoñete” en Madrid), César Palacios y López Canito. Ciga en Pamplona, Escacena en Andalucía o, más reciente, Calderón Jácome en Madrid. Mariano Benlliure en  versión gráfica, Pablo Lozano con su grupo de picadores en bronce, John Fultón y Robert Ryan desde el otro lado del Atlántico y, al más alto nivel, Fortuny y Manet. Recordé a Ángel González Marcos, bohemio y fatalista, porque sé que también está en el aprecio de Diego Ramos. De Falcó, Barceló, que copio uno de los torillos de Goya de su famoso grabado de “Lluvia de toros” para un cartel de Sevilla, Ducasse, francés y caminista, y Quinito Caldentey, torero balear e inspirado acuarelista. Es mi relación de heraldos taurinos que cada uno puede completar a su gusto, memorias o predilecciones. Recordé que las dos más importantes factorías del viejo cartel fueron las de Ortega en Valencia y la de Portabella en Zaragoza y que el primer cartel con las fotos de los toreros actuantes fue uno de Toledo de la corrida celebrada el 19 de agosto de 1891 y en la que hicieron el paseíllo Ángel Pastor y Rafael Guerra “Guerrita”.
Apunté que en muchos de los carteles aparecen primeros planos de mujeres, flores, rincones de la ciudad o medios de comunicación, ferrocarriles, autos o jumentos y que algunos de esos carteles sirvieron para identificar una suerte, el pase de muleta de las flores de Victoriano de la Serna o el salto en la ejecución de la estocada de Jaime Ostos. O de adjetivo superlativo a ciertos cronistas de léxico limitado: un lance de cartel. Bajo el imperio de la foto o el ordenador, menos mal que nos queda Diego Ramos, del que no quería hablar porque no creo que a un artista haya que explicarlo. Hay que verlo y todo depende de lo que él, sin hablar, te diga desde la maestría de su dibujo y la inspiración de su color. Él, su obra, lo cuenta todo en las páginas que nos ofrece Vidal Pérez Herrero. Y es Diego Ramos el que nos retrata con tremenda fidelidad a los toreros de hoy, a los que ha visto torear, y a los que adivina: Joselito y El Gallo, Cagancho, Pepe Luis, Romero o Paula. Maravilloso.
Vidal Pérez Herrero apuntó la necesidad del apoyo de los políticos para la supervivencia de la Fiesta. Hubo su pequeña polémica sobre el papel de cada cual en su supervivencia. Hay muchos palos que tocar en este aspecto, pero, para mí, la máxima responsabilidad la tienen los toreros, los ganaderos y el público. Ninguna expresión artística se perpetúa con leyes o decretos, ni siquiera se destruye con prohibiciones o destierros, anatemas o encíclicas. Bueno sería que se aliviara el gasto con rebaja de impuestos, por ejemplo, con mejor información en los medios estatales, su suprimieran reglamentos y se exigiera lo que anuncian los carteles: “6TOROS6 que serán picados, banderilleados, lidiados y muertos a estoque por tales diestros”. No hace falta más. Un torero puede cambiar el panorama de la noche a  la mañana. Lo hizo Manolete en 1939.


viernes, 7 de noviembre de 2014

MANZANARES EN MIS RECUERDOS


No soy amigo de necrológicas porque, en la mayoría de los casos, son hagiografías non santas. Algunas, flagrantemente hipócritas aunque se apoyen en opiniones de prestigio. Varios opinantes han asegurado que José María Manzanares es “torero de toreros”. Puede que sea así: su penúltima salida a hombros, por la Puerta del Príncipe que abrieron excepcionalmente los maestrantes sevillanos la tarde en la que su hijo le arrancó el añadido, fue a hombros de toreros, entre ellos Enrique Ponce, el único que hasta el momento ha superado las 1831 corridas que sumó el de Alicante en sus más de treinta años de alternativa. Es para mí esa de “torero de toreros” una clasificación subjetiva en la que incluí hace años al valenciano nacido en Santander, Félix Rodríguez, porque me lo decía muchas veces Curro Caro. Después, a Pepe Luis Vázquez porque lo afirmaba “Manolete”, a Domingo Ortega porque soy de pueblo y del pueblo viene todo lo bueno que ocurre en España, Antonio Bienvenida porque dulcificó el sueño eterno de su padre, a Ordóñez pese a sus fans y a Paco Camino para llevarle la contraria a Cañabate. Cada cual puede tener su torero. El que tiene uno solo es un monoteísta taurino condenado a la idolatría más antipática. ¿Recuerdan aquello que le dijo un socio de “Los de José y Juan” al señor Miura? Le felicitó por haber criado a “Islero” y la reprobó por no haberlo hecho siete años antes. Pasiones desordenadas.
Pero estos mis recuerdos van mucho más allá y casi al margen de todas las cosas que he leído estos días, las fotos y los vídeos que ha contemplado. Van a 1971: apoderaban a Manzanares (José María Dols Abellán) Pepe Barceló y Luis Alegre, le había dado la alternativa Luis Miguel en Alicante y en septiembre fue a Murcia a cumplir su compromiso de hacer dos paseíllos en su Feria pese al rumor de que iba a cortar su temporada por razones de salud. Alguien ha dicho que fue por culpa de una hepatitis. Creo recordar que fue por algo menos complicado y sin secuelas: un derrame involuntario de esperma que le debilitaba excesivamente. Esa debilidad no se le notó en las dos corridas de Murcia, en la primera, con toros de Eusebia Galache, cortó los mismos trofeos que Diego Puerta, tres orejas, y en la segunda, con toros de Núñez, con Luis Miguel (Edad Antigua), Paco Camino (Edad Media) y el propio Manzanares (Edad Contemporánea) empató con el de Camas a cuatro orejas y un rabo. La confidencia de la dolencia del alicantino me la hizo Luis Alegre, hombre jovial y tolerante que luchaba con la juvenil rebeldía de su poderdante, como sucedió en México al reprenderle por el consumo de alcohol y le derramó el líquido del vaso en el bolsillo de su chaqueta. No era fácil de llevar José Mari en esos primeros años de su carrera y tuvo suerte de caer en manos de personas tan solventes y ecuánimes como Alberto Alonso Belmonte, Pablo Lozano o Manolo González. Alguno le buscaba las vueltas y provocaba sus enfados supersticiosos con un jersey amarillo o su varonil apostura con una fotografía en la que aparecía vestido con ropajes femeninos. No fue su vida ni en el punto más álgido de su carrera taurina un camino de rosas. Su padre, Pepe Manzanares, banderillero, escribió un libro de pensamientos y sentencias que se publico en 1989 con letras muy gordas y manifestaciones encontradas y dispares: “Mi obra tallada con el cincel del sentimiento y el martillo del arte…” Su hijo José María. ¿Y qué es el toreo sin sentimiento y sin arte? Lucha y sangre. Con sus reglas, con sus normas, reglamentos y postulados y sin alma. Como si el ruedo moderno fuera un  circo romano. Sin sentimiento y sin arte no hay toreo. Y en mi vieja obsesión por encontrar ese camino que me lleva al disfrute inexplicable, hijo del sentimiento y no del análisis, me encuentro con José María Manzanares. Fue en Tudela en 1996, el día de Santiago, 25 de julio. Otra vez entre rumores de despedida. Cumplía 25 años de alternativa. Fue con un toro de Sánchez Arjona y mi crónica publicada en Diario 16 y titulada “El toreo se llama José María Manzanares” relataba lo siguiente después de haber cortado una oreja al primero de la tarde: “Pero en el cuarto, un castaño de buena presencia, lo de Manzanares fue algo inenarrable. Los que conocen lo que es y significa el torero alicantino comprenderán fácilmente lo que vimos los afortunados espectadores de esta corrida en este toro. No es para contarlo, desde luego; es repetir la imagen de un toreo sobre la cadera, acompañando el viaje del toro con el juego indescriptible de su dibujada forma de concebir el arte hasta rematar la obra en el lugar oportuno, en el sitio preciso, en el momento cumbre de tanta belleza”. No analizo, sólo describo lo que he visto. Lo que vi hace ya 18 años. Algún tiempo después, en la boda de Raúl Gracia “El Tato”, el propio Manzanares me recordó aquel acontecimiento. Bergamín lo decía de Paula. “Tiene percha literaria”. No basta con ser torero, hay que parecerlo. Y en este aspecto hay dos arquetipos que se encontraron aquel día en Murcia, el de Camas y el de Alicante. Solamente chirría en mi memoria un traje butano y oro que no iba con la innata elegancia de José Mari. En cambio llena mi memoria un pase de pecho ejecutado entre los tendidos del 5 y el 6 de Las Ventas y que resultó ser el hecho más destacado de una Feria de San Isidro. ¿Cómo es posible tal dislate? Sólo porque Manzanares es un elegido entre los seres que a los largo de más de dos siglos y medio  han vestido el traje de luces.
Hace unos días, para homenajear al ganadero y al torero declarados triunfadores de la Feria del Pilar en el 250 cumpleaños de la plaza de toros de Zaragoza, se celebró en su Aula Taurina un acto bajo la batuta de Fernando García Terrel y con la presencia de Pepe Marcuello, de “Los Maños”, y Jonathan Blázquez “Varea”, novillero de la castellonense Almazora que lidió a “Quejoso”, el indultado utrero de Luesia (*), en Las Altas Cinco Villas de Aragón. A “Varea” alguien le preguntó por los toreros en los que fijaba su atención para progresar en su afán de ser torero. Citó en primer lugar a Morante de la Puebla y una señorita de la última fila lanzó un sonido gutural como significado argumento discrepante. Me entró una especie de angustia existencial, como si hubiera resucitado Chaves el venezolano y, ante la maravillosa fachada de la plaza zaragozana, hubiera sentenciado un autoritario “EXPROPIESÉ”.  

 (*) Está más que divulgado que no era el novillo de Los Maños el primer cornúpeto indultado en la plaza de toros de Zaragoza puesto que a “Llavero”, de don Nazario, se le perdonó la vida en 1860 después de tomar 53 puyazos y matar a 14 caballos. Sí ha sido “Quejoso” el primero novillo en recibir ese indulto a través del pañuelo naranja sobre la barandilla del palco de la presidencia gubernativa, con José Antonio Ezquerra al frente. Menos castigado que su lejano antecesor, el novillo volverá a su hábitat y tendrá a su cuidado y placentero deber un buen lote de vacas. Habrá que esperar unos cuantos años para ver los resultados y, por entonces, puede que Los Maños se decidan a lidiar cuatreños. Volverán a salir toros de las tierras de Aragón, señor Viard.