viernes, 24 de mayo de 2013

MI PEPE LUIS

El domingo pasado, a las 10 de la noche, me llamo José Luis Ramón, director de “6TOROS6”, doctor en periodismo con su tesis sobre la revista “El Ruedo” y conocedor de mis principios en este singular medio informativo, y me pidió doce o catorce líneas sobre Pepe Luis que había fallecido en Sevilla hacía un par de horas. Esto fue lo que le transmití por teléfono y él incluyó en su publicación bajo una preciosa y singular foto del torero de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado:

“PEPE LUIS, MANOLETE Y MIURA – Los mayores admiradores de Pepe Luis Vázquez fueron Manolete y Eduardo Miura. Y los dos por la misma razón: su conocimiento del toro. El de Córdoba decía, ante las críticas de los espectadores insatisfechos, que si los toreros supieran del toro lo que sabía Pepe Luis ninguno se la jugaría como él lo hacía. Y Miura no admitía en sus tientas nada más que al Ángel Rubio de San Bernardo. Divina gracia en la leve estampa del gran torero sevillano. Mi suerte fue verlo, admirarlo y hasta firmar una crítica de una actuación suya en El Escorial, en agosto de 1959. Privilegios de la edad. Toda una época del toreo se cierra con su tránsito. La de mi juventud.”

La misma foto que encabeza mi nerviosa semblanza del torero fallecido, la publiqué yo hace años en “Fiesta Española” porque me lo pidió Salvador Domínguez “Gloria Bendita” como regalo para su padre, pepeluisista, que cumplía años. Muchos son los documentos gráficos que pueden reflejar pálidamente lo que era Pepe Luis sobre las arenas del mundo con mención especial a la de “El cartucho de pescado” de Jerez con el anuncio del “Tío Pepe” al fondo, fino jerezano protagonista del único reto de la vida del de San Bernardo que yo conozco. Volvía de América Manolete y Pepe Luis hizo unas declaraciones en las que invitaba al de Córdoba a torear una corrida de Miura en la Maestranza. Manuel sonrió divertido y comentó a su interlocutor: “¿No será mejor que me invite a unas gambas bien regadas con una botella de “Tío Pepe”?

Dejo para José Luis Suárez – Guanes los recuerdos estadísticos porque claramente me gana a memoria y me quedo con “mi Pepe Luis”, con el Pepe Luis que yo conservo en el más luminoso de mis pensamientos. Nada que ver con Sócrates, el filosofo de los Diálogos que llegaron hasta nosotros gracias a Platón, violento de carácter y aspecto vulgar, sobrenombre que se inventó “Timbales” y cultivó Zabala. Para mí la grandeza de Pepe Luis se basa en su nada socrática sencillez.

Me contaba mi padre, que, por la circunstancia de su destino en Badajoz para dirigir el diario “Hoy”, asistió a la novillada de presentación de Pepe Luis en Sevilla, 1938 ( a finales de este mes hará 75 años) que aquel día, 29 de mayo, había muy poco público en la plaza y que ese reducido grupo de espectadores se desplazaba por los tendidos siguiendo la magia del neófito, pero que, al anochecer, en la calle Sierpes, docenas de entusiasmados aficionados relataban gráficamente lo que había sucedido en el ruedo. Mi padre, no más pepeluisista que mi madre, aseguraba que el de San Bernardo toreaba por aquel entonces como en el mes de septiembre de 1959, en su despedida en Las Ventas, festejo en el que alternó con su hermano Manolo y su heredero artístico Curro Romero. Sólo en una cosa el neófito del 38 “progresó adecuadamente”, en la ejecución de la salvadora “media estocada lagartijera”. Y en esta evocación se juntan dos aragoneses importantes, por un lado don Mariano de Cavia “Sobaquillo”, lagartijista de hueso colorado, y don Ramón de la Cadena “Don Indalecio”, pepeluisista hasta morir. En Zaragoza había un culto extraordinario hacia Pepe Luis y que se materializó en una peña que heredó Manolo Vázquez bajo el impulso del señor Macarrilla y se convirtió en el Club Taurino Zaragozano con la incorporación de la gran familia vazqueña y la distinguida aportación del honorable “tailor” don José Gazo, con el que coincidí en Huesca un año de finales de los 70 por las agosteñas fiestas de San Lorenzo y la presencia de Pepe Luis Vázquez Silva, que venía desde Sevilla en tren o autobús, puede que en ambos medios de comunicación, acompañado por uno de sus hermanos y con el vestido de luces en una maleta para actuar en Maella, lugar de nacimiento del mejor escultor aragonés, Pablo Gargallo. Dos generaciones de los Vázquez , ocho toreros, cuatro matadores de toros. ¿Qué pasará con la tercera generación? Otro Pepe Luis, un hijo de “Lolo” (Manolo), tiene la palabra. Atentos.

El patriarca fue un torero impar al margen de “las escuelas” que, para él, no existían. Corto con la espada, ya lo he dicho, largo con el capote y larguísimo con la muleta. Profundo y exquisito, dúctil y férreo, grácil y sobrio. Pepe Luis era… Pepe Luis. Una vez me pidió Juan Palma un artículo para una revista que él hacía y lo titulé, ante mi impotencia definitoria, “Sevilla es…Sevilla”. No inventaba nada, pero lo decía todo. Lo mismo me pasa con Pepe Luis. Grande, grande, grande …

¿Y como persona? Lo han dicho sus hijos: más grande todavía. Tenía fama de ahorrador con anécdotas que yo recuerdo, como la del día que su hermano Manolo, novillero todavía, cortó cuatro orejas en Madrid. Se hospedaban en el hotel Florida, calle del Carmen esquina a la plaza de Callao. “Por favor, le dijo a un camarero, traiga media botella de fino” “No hay medias botellas, señor”. “Pues traiga una entera y sirva la mitad”. En otra ocasión, su mozo de espadas, que creo recordar que se llamaba Flores de apellido, le vino con un sobre que le había devuelto un informador. “Me dice que no es su dinero”. Pepe Luis se lo guardo en su bolsillo y comentó “Tiene razón, es el mío”. En su sitio, frugal, fuera de los focos, su casa, su esposa Mercedes, sus hijos, la Maestranza, allá arriba, nada de barreras feriales o banquetes a las orillas del río. Austero pero alegre como su desfile por los ruedos del mundo. España, México (los mejores testimonios cinematográficos) y otros lugares. Yo tuve la suerte de verlo y hasta me atreví a firmar la crónica de San Lorenzo del Escorial a mediados de agosto de 1959, un mes antes de su retirada definitiva. Recuerdo, aunque no lo reflejé en mi escrito, que en una tanda de naturales, cogió la muleta con el dedo gordo y la palma entera de la mano izquierda a modo de nervios de una hoja de color rojo, le dio la vuelta al estaquillador y con los vuelos para dentro ejecutó los más puros muletazos que yo recuerdo. La pureza inmaculada de un torero divino. Me sentía en la obligación de contarlo por la simple razón de haberlo vivido. Pero, al final, Pepe Luis es… Pepe Luis. Así de sencillo, tan sencillo como él mismo.

martes, 21 de mayo de 2013

PETARDO O FOLLÓN

¿Culpables? ¿Los toros de Victorino? Victorino es el mejor ganadero de todos los tiempos aunque no haya creado una nueva ganadería y sí recuperado la de Albaserrada que estropeó Escudero Calvo y su sobrino Licinio. No ha tenido similar acierto con los “patas blancas” de don Arturo Cobaleda, lo de Barcial, “Monteviejo”, con lo que podemos llegar a la falsa conclusión erótica de que con buena herramienta bien se labora, en imitación de las innovaciones refraneras de mi abuela Jesús que aseguraba que los hijos de Berdolé le enseñaban a sus padres “a hacer media”. De todas formas, como decía el gañán de mi pueblo, “ti pongas como ti pongas ti de emprender”. A Alejandro Talavante le han … fastidiado. O se ha dejado fastidiar. ¿La empresa de Madrid que lo apodera? El “preparo”, como también dicen en mi pueblo, ha sido de película y, para ello, han contado con la inestimable colaboración del cineasta Díaz Yáñez, Díaz por parte de padre, el sublime “Michelín”, aquel torero de plata que enganchaba a los toros por los hoyos de sus narices y los llevaba a una mano prendidos en su capote hasta el próximo infinito. Agustín, a las órdenes del camero Paco, explicaba a los incrédulos que todo consistía en coserle al capote un gancho con el que amarrar las napias del cornúpeto. Luego, fácil, tirar de él. Yánez por parte de madre, hermana de Arturo, personaje de la picaresca taurina zaragozana que repartía lotería por la redacciones, les ponía hielo a las coristas en top-less o pagaba a los empleados de “Cancela”, propiedad de un torero zaragozano, Andrés Álvarez, empresario de ida y vuelta porque lo mismo que se hizo rico y le salían los billetes por las orejas, se arruinó cuando “El Bocas” abandonó la farándula de orillas del Ebro y se fue a disfrutar del sol y las bellotas de Extremadura con el título de ilustre ganadero. Andrés Álvarez, de novillero, sufrió una grave cornada y necesitó de una transfusión sanguínea y fue su donante Manolo Cisneros, por entonces también novillero al que se motejaba de “torero de cristal” por su finura artística pero de moral quebradiza, impulsor de la carrera de Raúl Aranda y luego apoderado de Curro Romero, con lo que hizo curristas a los hasta entonces incrédulos aficionados aragoneses que no olían el romero. Al despertar de la anestesia y enterarse Álvarez de que le habían puesto sangre de Cisneros exclamó entre lamentos “Ya no podré ser figura del toreo”. Y no lo fue, claro está.

Vuelvo al principio, al trabajo de Agustín Díaz Yáñez para que la televisión difundiera el gran acontecimiento del paseíllo en solitario de Alejandro Talavante con el fin de estoquear seis toros de don Victorino, más en el tipo de los de don Atanasio que los saltillos de Albserrada. Se salvaban por el color de sus pelos cárdenos y sus cornamentas algo veletas y playeras. Feos en conjunto y con muy poca rasmia, que es castellano de origen árabe y que significa poco empuje, palabra muy empleada en mi pueblo. ¿Y cuál es mi pueblo? El de la mucha rasmia. La que le faltó a Talavante para enfrentarse a los victorinos. De los toreros que se han puesto en esta tesitura en Madrid y frente seis ejemplares del de Galapagar, su lugar de origen, el que más trofeos conquistó, tres, fue Pedro Gutiérrez Moya “Niño de la Capea”, el más capacitado técnicamente de todos ellos. Andrés Vázquez, Ruiz Miguel, Roberto Domínguez y Manolo Caballero empataron a dos orejas, dándose ahora la circunstancia de que es la primera ocasión en la que un torero se va de vacío en similar acontecimiento.

El ambiente estaba creado, las televisiones divulgaban la figura del torero, la estampa de los toros y el habano de don Victorino y hasta el Heraldo de Aragón le dedicaba su buen espacio. Sánchez Dragó se cobijaba bajo el techo de hojalata de un burladero de Las Ventas, Sabina lucía su chambergo veraniego en una barrera, la Lomana sonreía sin mover un músculo y en el palco de la televisión de pago unos cuantos invitados hablaban de sus cosas. Y Talavante, con un traje rojo sangre de toro bordado en negro, se afanaba por encontrarse con su inspiración, con su improvisación, como aquel día de Zaragoza que coincidió con “su” toro y, según mi amigo Jesús Bergés, hizo la mejor faena de la historia. Exagera mi amigo, pero en lo subjetivo cada uno puede pensar lo que le parezca. Los de Victorino no eran de torear todo seguido, había que lidiar, dominar sobre las piernas, andarles a los toros y dejarles sitio, todo lo contrario de lo que es el estilo de Talavante.

Al final, nadie tiene la culpa de que el petardo haya explosionado por aquello que dijo un torero y que los sesudos comentaristas achacan a Guerrita, el Bernad Shaw, el Mark Twain, Churchill o el Jacinto Benavente de los toros: “Lo que no pue ser no pue ser y, además, es imposible” Se pongan como se pongan don Manuel, don José Antonio, el de la tele y el de la moto, los consejeros y aduladores de la moderna cúpula taurina, Talavante no es torero de seis toros. Lo fueron Joselito, el primero, el de los Gallo, con los siete toros de Martínez, Gregorio Sánchez en siete cuartos de hora, Paco Camino con ocho orejas, santacolomas, Miura y Arranz, Raúl Ochoa Rovira, el “argentinomexicanoespañol” para hacerle la puñeta a Luis Miguel, Antonio Bienvenida no el día del “calambro”, todos en Madrid, Curro Romero en Sevilla, a 100 pesetas por espectador y con Manolo Cano de apoderado (un millón de pesetas) y José Tomás en Barcelona, para cerrarla, y Nimes. Por cierto, José Luis Gran, “Romito” en los carteles como novillero y banderillero, me dice que ahora los aficionados se dividen en dos clases: los que vieron a Tomás en Nimes y los que no lo vieron. Yo, como no estuve en Nimes, le pido al galapagueño que toree treinta corridas en las plazas de primera de España con toros de Alcurrucén, Torrestrella, Blatasar Iban o Ana Romero alternando con “El Juli”, Manzanares, el propio Talavante, Morante, Ponce, si quiere él, Uceda Leal, que a más de buen torero es el mejor estilista actual del volapié, Curro Díaz y su duende y los legionarios Fandiño y Mora.

¡Albricias, señores empresarios taurinos!, he descubierto la piedra filosofal de la fiesta de los toros. En plena euforia, viene un amigo y me remoja con un cubo de agua fría: José Tomás va a torear este año cuatro corridas de toros en Valencia, Málaga, Francia y una más. De una a una, año a año, hasta la eternidad.

Al final, todo queda en un follón en su tercera acepción de la Real Academia de la Lengua, cohete que se dispara sin trueno. La quinta acepción, no, ventosidad sin ruido. Pero algo huele mal en el país del toro bravo.

Y remato: Ha muerto Pepe Luis, sin apellidos y sin calificativos rimbombantes. ¡Pepe Luis! Al mediodía de hoy, en el espacio que vuelve a presentar la carismática señorita Igartiburu han hablado del torero de Sevilla para destacar que fue al primer novio de la Duquesa de Alba. Hablarán las piedras, Mío Cid.

lunes, 13 de mayo de 2013

LAS VENTAS Y SUS ALREDEDORES

En la fachada de la Monumental Plaza de Toros de Madrid hay una fecha, 1929. No tiene nada que decir. La primera corrida se dio en 1931 con la bandera republicana en su profuso cartel y hasta el final de la temporada de 1934 no se produjo la inauguración real porque el edificio estaba terminado pero no los necesarios accesos. Desde la gran explanada había unas escaleras que se conocían por “las escaleras del Nuevo Madrid” y otras por la parte de los corrales hasta lo que hoy es la Avenida de los Toreros. Al pie de las primeras escaleras han colocado, a ras del suelo, una escultura del modelador madrileño Ramón Aymerich, calificado como artista abstracto-figurativo, pintor tropical a lo Rousseau y literato que no puedo apreciar porque no he leído nada suyo. Es, según noticias y referencias, una representación de la figura del torero Luis Miguel Dominguín. Se le parece, es cierto, pero le falta alma, personalidad y…perspectiva. Puede que se popularice y muchos de los que allí se citan se hagan la consiguiente foto y lean la lista de los ilustres personajes que contribuyeron a la subvención de esta escultura que rodó algunos años por distintas dependencias de la Plaza de Toros. Cerca está la estatua del doctor Fleming y, frente a la Puerta Grande, las de “El Yiyo” y Antonio Bienvenida, esta a mayor gloria de Andrés Vázquez que fue el promotor del festival en honor del limeño con acento sevillano y garbo de General Mola, don Antonio, ambas obra del escultor barcelonés Luis A. Sandino, autor también del Encierro que hay al otro lado de la citada escalera donde se ha emplazado a Luis Miguel, uno de cuyos toros se restauró recientemente porque un simiesco gamberro se balanceó agarrado a uno de sus cuernos y dio con él en el suelo . De la salida a hombros de Antonio Bienvenida recuerdo una curiosa anécdota que en su día relaté para conocimiento de los aficionados: iba yo por la calle Alcalá arriba cuando vi que una pequeña motocarro transportaban el monumento que se descubriría al día siguiente y pensé que aquel leve vehículo no tenía la fuerza suficiente para trasladar los quilos de bronce que suponía el abigarrado grupo escultórico. Así era: no se había realizado la fundición broncínea consiguiente y se salvaban las apariencias con el material resino-sintético. Luego, sí, luego y hasta hoy, ahí está el homenaje perenne a don Antonio frente al proclamado Príncipe del Toreo por Antonio D. Olano (q.e.p.d.), José Cubero “Yiyo”. En estos días y en sus alrededores, grandes puestos en los que se vende de todo, banderas españolas con el toro, carteles, banderillas, capotes, cigarros puros o abanicos. De una a otra estatua, las graciosas casetas de los reventas del 20%. Ríos humanos se mueven desde las dos salidas del “metro” y de los autos de los privilegiados que aparcan en las otras explanadas, si es que les dejan sitio las nuevas instalaciones culturales y vinícolas que hacen la competencia al “ Gambrinos” de la calle Julio Camba, donde este año no he visto a mi admirada “escultura de ébano”, a “Los Timbales”, “Casa Braulio”, “El Burladero” y resto de establecimientos que esperan San Isidro como verdadera “agua de mayo” .

Me asomé a la taquilla tras un chino que sacó unas cuantas entradas. La taquillera resulta que también era china o similar, lo que demuestra la perspicacia de la empresa que sabe que muchos de sus clientes vienen del Lejano Oriente. Me compré una localidad de grada porque había visto en la TV que podía llover. Luego no llovió y, aunque me ahorré unos cuantos euros, me di cuenta de que los toros evolucionan poco a favor de la comodidad de los espectadores. Un problema, llegar a la localidad; otro problema, sentarte entre las piernas del espectador de la fila siguiente y a mi vez disponerme a acoger entre las mías al de la fila inferior. Los asientos de tendido no son tampoco muy acogedores pero sí suficientes. Los de grada y andanada, medievales. Más de un centenar de columnas sostienen los arcos superiores y en cada una figura la inscripción de la factoría “Euskalduna” que las fabricó, lo que acerca al pueblo vasco al origen de la preciosa y simbólica plaza de Las Ventas del Espíritu Santo.

Antes de llegar a mi localidad me paseé por el Patio de Arrastre, ahora dominado por dos chiringuitos expendedores de “gintonis”, cervezas y finos, una atractiva camarera de generoso escote y bien torneado busto, focos, cámaras y telones publicitarios al servicio de la televisión de pago y muchos amigos que van y viene. En el pasillo, el ya veterano vendedor de libros taurinos, una tienda de caprichos del tema principal, un estanco y varias barras de bar. El negocio exprimido al máximo.

Y el festejo a vista de pájaro, como la cámara que asoma por encima del Palco de Honor. Poco que decir de los mansotes toros de Pereda y de su lidia a cargo de Diego Urdiales, Leandro y “Morenito de Aranda”. Algún detalle especial: el nuevo torilero vestido de luces, grana bordado en negro, amplia humanidad y barba poblada. Pocos “barbas” se han vestido de luces a lo largo de nuestra historia. Es tradición que en Las Ventas el torilero se calce tan honroso hábito porque ya decía Mario Cabré que “el portón da el primer lance al toro bravo y más toro, al toro de recia estampa”. Pero en Madrid también se vestía de torero el chulo de banderillas y últimamente era el propio torilero el que efectuaba tal tarea. Me supongo que habrán intervenido los sindicatos y rogado a la empresa que accediera al mantenimiento de tal puesto de trabajo que en esta ocasión ejerció un magro individuo, con pantalones claros y una camiseta azulina con un anuncio en la chepa y por fuera de los pantalones. Una estampa no muy acorde con la tradición ventera.

El caso es que di mi acostumbrada “tetadica”, salude a muchos compañeros y amigos y me pasee con dos personajes de este mundillo, Gonzalo Sánchez “Gonzalito” y Jesús Gil, el del Bombero. Al día siguiente de mi vuelta a Zaragoza, me llamó “Gonzalito” para contarme que el sobrino-nieto de Curro Romero la había armado en Valladolid con erales de Matilla. ¡Los genes!

lunes, 6 de mayo de 2013

DEL VESTIDO DE TOREAR

Le haré caso a mi amigo Fernando García Terrel y voy a realizar una faena más corta. “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Fernando, que también se llama Saturio porque vio su primera luz por las tierras poéticas de don Antonio, hermano del también poeta Manuel que se mecía mejor en las olas del Guadalquivir, me aconseja que no me alargue tanto porque en estos nuevos soportes la lectura es menos cómoda y más acuciante. El caso es, señor presidente, que yo quería hablar de la corrida goyesca del 2 de mayo en Madrid. La primera goyesca de nuestra historia, al margen de las de la Plaza Mayor de Madrid en la coronación de Carlos IV, tuvo lugar en Zaragoza en 1927 y ya se sabe cuál fue el comentario de Rafael el Gallo, torero de mi predilección si yo hubiera vivido en los primeros treinta años del siglo XX. Se ha mantenido el invento con el apoyo logístico del señor Cornejo y algunas aportaciones interesantes que nunca llegan a cuajar en el uso habitual de los toreadores. Ha habido varias revoluciones en el vestir de los toreros y, sin ánimo ni pretensión de ser exhaustivo, siempre ha prevalecido la tradición, aunque Luis Miguel impusiera un tipo de vestido cómodo, ligero de bordados y sin apreturas que adoptó J.J. Padilla hasta lo del ojo, y las grecas y las solapas pegadas dibujadas por John Fulton, de Filadelfia, y puestas en práctica por Fermín, el traje de terciopelo de Romero, el recamado de Ponce o las innovaciones anuales de Ronda. Y la montera que es como el capitel dórico, jónico o corintio, parte superior o corona de la columna que es el torero. Fue en principio como una boina con madroños, caso de Paquiro, nave de agua dulce con Cayetano Sanz o simple barquichuela en tiempos modernos en los que también quisieron innovar el propio Luis Miguel y su imitador Padilla.

Pero el otro día en Madrid se rizo el rizo de la fantasía con el vestido que le hicieron los modistos italo-sevillanos a Ferrera. Un vestido que algunos dicen que era de color espuma de mar – que yo casi siempre veo blanca – o de una mar descolorida y purísima concepción, media y zapatillas incluidas, chaleco oscuro y corbata de fantasía. Las solapas pegadas, el dibujo de la fina taleguilla, una greca a lo largo de la pernera, menguadas hombreras y bordados como leves mantillas de madroños. Una monada de traje, pero un trapo sucio al final de la tarde. El mayor defecto del original vestido es que al torero se le abría la chaquetilla y se le veía el sobaco, como sucedía en la foto de un derechazo de Ferrera que ilustraba la crónica de Zabala de la Serna en “El Mundo”. Cosa distinta es como estuvo el torero nacido en Ibiza pero extremeño de herencia. Ha madurado, se ha templado y los músicos de los toros de los Lozano hicieron la demás en la tarde en la que también mojaron Alberto Aguilar y Morenito de Aranda. Tarde en la que, incluso, se vio una larga cordobesa en el capote del buen torero madrileño. Llevo años esperando ver semejante lance que prodigaba en sus tiempos don Rafael Lagartijo. ¡Casi nadie al aparato! Los Lozano no querrán, pero podían volver por Zaragoza para tratar de solucionar nuestro entuerto. El de la “miserere cordis” de los taurinos de hoy. Los Lozano deberían hacer ese sacrificio en recuerdo de la circunstancia especial de que llegaran a ser los empresarios de Madrid gracias a que antes lo fueron de Zaragoza.

Y esta semana cierro el chiringuito de mi ordenador porque me voy a Madrid para algún asunto personal y para asistir a un almuerzo de “La Escalera del Éxito” en homenaje a la asociación “Cordobeses por el mundo”, al matador de toros Gabriel de la Casa, al escritor Gómez Santos y al asaltador de montañas César Pérez de Tudela, el de la nariz transparente. Del que tengo más noticias y alguna inédita es de Gabriel de la Casa, hijo de “Morenito de Talavera”, sobrino de Pedro de la Casa y hermano de José Luis, con el que hacía pareja en sus tiempos de novilleros. En cierta ocasión actuaron en el toledano lugar de Méntrida, buenos vinos, y Gabriel me brindó uno de los erales y yo le correspondí con el obsequio de un billete de dólar, no recuerdo de qué cuantía, que espero conservase y pusiera a criar. También me viene a la memoria una tarde en que los hermanos de la Casa hicieron el paseíllo en Madrid, creo que en el mes de mayo, y nevó llegando casi a cuajar sobre la arena de Las Ventas. Pero, sobre todo, recuerdo la voluntad de hierro de este Gabriel de la Casa que había sufrido de chico de una poliomelitis no demasiado aguda pero que le dejó la secuela de una pierna más delgada que la otra y que compensaba estéticamente con un relleno en la correspondiente pernera de la taleguilla. Gabriel no tenía la fuerza y la agilidad de su padre, Emiliano, de su tío Pedro y su hermano José Luis y fueron su fuerza anímica, su conocimiento del toreo y su entrega sin reservas los que superaron todas las dificultades y por ello consiguió ser un matador de toros de larga y provechosa trayectoria. De aquella tarde de Méntrida a hoy han pasado muchos días, muchos años y, sin embargo, afortunadamente, todavía me acuerdo. Corto porque don Fernando Saturio es de pañuelo ligero para esto de los avisos. No hace muchos años ocupaba el palco de la Presidencia del coso de Pignatelli y sigue involucrado en este nuestro mundo, Soria y Andalucía en Zaragoza. Esta semana bailaremos por sevillanas.

lunes, 29 de abril de 2013

DE PARIS A SAN SEBASTIAN

Me fui a París con mi señora y mis hijos Elena y Benjamín. Sorpresa: me encontré con la misma ciudad que conocí hace más de cuarenta años. Es maravilloso que la capital de las grandes revoluciones sea la más conservadora del Universo. Nuevos autobuses descubiertos de dos pisos, más “bateaus” en el Sena y multitud de turistas en todos los lugares. Me sorprendió la Santa Capilla del interior del Palacio de Justicia que no recordaba y, pese a mi edad, subí y bajé las escaleras de caracol para empaparme en la maravilla de su encanto envuelto en vidrieras de colores. Lo demás, lo mismo, Notre-Dame, el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, el Sacré-Coeur y la gran vista de la ciudad completa, los Campos Elíseos, el Hótel de Ville, Louvre, D’Orsay, con la novedad de dos muestras de pintores españoles, Sorolla y Picasso, la place des Vosges, Royal, Concorde, la Ópera, Montmartre, sus tabernas y pintores, los Inválidos, Pigalle y el Molino Rojo, las estatuas doradas o las verjas rematadas en puntas de lanza que parecen de oro. Dos o tres tipos de casas, la cúpula sorpresa de Lafayette y toros bravos en una de las muchas galerías de arte de las plazas porticadas parisinas. Desde la habitación del hotel se veían las torres cuadradas y el estilete flamígero de Notre-Dame. De París a San Sebastián, al “Buena-Vista” del Igueldo, ahora Ijeldo, como Guipuzcoa es Jipuzkoa. Que ganas de cambiarlo todo con lo bonito que era el cristino lugar de Donostia. En el Bulevar, cerca del Ayuntamiento antes Casino, una carpa rodeada de carteles que no entendí porque estaban escritos en vasco. Y yo me pregunto ¿dónde irían los vascos viajeros si no supieran español, francés o inglés? Los catalanes tienen más posibilidades porque su raíz, como el español, es el romance. Pueden hablar hasta en latín. Está bien lo de guardar y conservar las peculiaridades de cada cual, pero en la moderna “aldea global” hay que entenderse con la mayoría. Lo que si me agradó fue comprar “El Correo”, al que antes le ponían el apellido de Español como a “La Vanguardia”, y leer la crónica de “Barquerito” de la corrida de la Feria Sevillana en la que maravilló el arte sin par de Morante de la Puebla. Para mis adentros pensé que seguramente en “Heraldo de Aragón” no dieron tal noticia, sí la de la cogida de El Juli y, muy posiblemente, la condena de Ortega Cano por su desgraciado accidente. Por sorpresa, “El Juli” pidió el alta médica, cogió el AVE en Sevilla, no paró en Madrid, siguió hasta Zaragoza y se puso en manos del doctor don Carlos Val Carreres. Tenía fiebre y los Val Carreres, hijos, nietos y biznietos de médicos especializados en la cirugía taurina, tienen la confianza de los toreros.

Pues en San Sebastián, donde se impiden las corridas de toros, se publican crónicas de Ignacio Álvarez Vara, el leones errante, cronista viajero y gastronómico y mayor autoridad en el conocimiento y estudio del toro en función del toreo. En Zaragoza, no. Y eso que la agencia para la que trabaja Ignacio es Colpisa, que creo pertenece al mismo grupo que el decano de la prensa aragonesa, a Vocento. El toreo, por estas tierras tan tradicionalmente taurinas de Aragón, con la segunda plaza de toros del Universo Mundo, solo interesa como tragedia o chismorreo. Así resulta que en la corrida-concurso del otro día hubo menos de un décimo de entrada y en la del día de San Jorge, ochocientos sufridores mal contados. Claro que, si entramos en el detalle de toros y toreros de ambos carteles, aun puede calificarse de milagroso que los atrevidos “paganinis” superaran el centenar. Si esa es la forma de reivindicarse los señores empresarios frente a las pretensiones desahuciadoras de la Diputación de Zaragoza, que venga Dios y lo vea. A la puerta centenaria de la obra iniciada por don Ramón de Pignatelli estaba el “escrache” (acoso en español) de los anti-taurinos verdes y rojos, animalistas y partidarios del aborto. A estos, todo lo español les sabe a cuerno “quemao”, que es sabor que llega hasta el seso de los intransigentes. Y los sesos se les vuelven agua sucia.

En Sevilla ganó Julián López “El Juli” porque abrió la Puerta del Príncipe el Domingo de Resurrección y porque resultó gravemente herido por un toro de Victoriano del Río y no pudo hacer el paseíllo en el cierre de Feria con toros de Miura. La Fiesta Española necesita de triunfos y de tragedias. Para sus exigencias, hacía mucho tiempo que una figura no pasaba por el hule de la mesa de operaciones. Es doloroso que así suceda, pero el monstruo de miles de cabezas de la afición es morboso y, de vez en cuando, necesita sangre. Luego, si, muchos lloros y lutos negros, catafalcos solemnes, entierros multitudinarios y vueltas al ruedo póstumas, pero así se justifica que en estas arenas se muere de verdad. Sí, sí, se muere aunque el toro y la Ciencia han dulcificado el tétrico panorama. Y algunos, unos cuantos, se lo toman muy mal y lanzan soflamas hirientes y burlescos contra ganaderos y toreros. Entre nosotros siempre han triunfado los tremendistas.

Que se recuerde un hecho puntual de una feria solía ser patrimonio de otros tiempos, cuando no había tan específicos y puntuales medios de difusión. Me viene a la memoria una Feria de San Isidro que se recordaba porque José Mari Manzanares, padre, dio un intenso, largo y emocionante pase de pecho. Onomatopéyico: ¡Oooooh! Epopeya sonora. En Sevilla, este año, Morante de la Puebla ha interpretado la más maravillosa media verónica que parieron los siglos pese a que yo evoque lo que, hace unos cuantos años, “Picoco” les dijo a unos amigos que le preguntaron por Curro Romero a la salida de la Maestranza: “Ahí le he dejado dando media verónica”. Si es mejor esta que aquella queda para la intimidad de los que sintieron una y otra. Ví un resumen de la actuación del de La Puebla y a la media verónica yo añadiría unos cuantos lances más y puede que media docena de muletazos de alcurnia regia. El toreo es un puro sentimiento que, en la mayoría de las ocasiones, no aguanta el análisis. Y, en el examen posterior de las dos revistas especializadas, me encuentro con la sorpresa de la nueva saga de los Arjona, Agustín, Joaquín y un González Arjona que puede ser hijo de la hermana de Agustín, todos descendientes del imponente don José que revive en esa exposición sevillana, de la que trataré de conseguir el catálogo porque es seguro que tendré muchos motivos de recuerdos y evocaciones.

Como ha pasado en otras muchas ocasiones, a “El Juli” le sustituyó un torero con ya un amplio historial en los ruedos, pero sin reflejo en las estadísticas hispanas. Manuel Escribano tiene más sitio en los ruedos franceses y americanos que en los españoles. Escribano se encontró con el sexto toro de Miura y le cortó las dos orejas. Lo dijo mi paisano Miguel Cinco Villas cuando le cortó las dos orejas a un toro en la vieja “Chata” carabanchelera: “Este invierno pitará en mi casa la “magefesa””. En esta primavera invernal estamos de cara al verano y es factible que Escribano figure en una treintena de carteles futuros si es que la Real Maestranza de Sevilla y los Miuras todavía tienen importancia en la revuelta Fiesta. Destacaron además los también lugareños Antonio Nazaré y Daniel Luque y el adoptado Diego Ventura, que lidió en solitario y a caballo seis toros, cortó cuatro orejas y salió a hombros por la Puerta del Príncipe aunque la proporción de trofeos no sea la adecuada: si con dos toros tienes que cortar tres orejas para abrir tan afamada cancela, para franquearla en el caso de lidiar seis tenían que ser necesarias nueve orejas. Pero no añadamos trabas a la exigencia maestrante.

Mientras tanto, por tierras mexicanas, Pablo Hermoso de Mendoza toreaba su festejo dos mil, cifra a la que no ha llegado ningún caballero toreador, incluídos los afamados lusitanos del arte de Marialba. Que un mozo de la navarra Estella haya superado tan fantástica barrera es la confirmación de que estamos ante la más alta dignidad del toreo de a caballo. Y aprovecho la ocasión de ensalzar los méritos de un torero de Navarra para quejarme de que en una publicación de ABC se nombre a don Santiago Ramón y Cajal como “médico navarro”. Es cierto, don Santiago nació en Petilla de Aragón, un pequeño enclave ganado por el rey navarro al aragonés Pedro IV en una partida de cartas, y estudió Medicina. Pero en realidad él se consideraba aragonés y el Mundo le reconoció su categoría de investigador científico con el Nobel. La infancia de don Ramón transcurrió entre los lugares de Valpalmas, en Las Cinco Villas de Aragón, y en la oscense Ayerbe, donde fue aprendiz de zapatero porque su padre no apreciaba las virtudes estudiantiles del hijo que se examinaba de Bachillerato en Huesca. Creo más justo definir a Santiago Ramón y Cajal como científico aragonés, de padres aragoneses, niñez y juventud aragonesa. No era aficionado a los toros pero las pruebas de una emulsión para hacer fotografías instantáneas las hizo en la plaza de toros de don Ramón de Pignatelli. Algo es algo.

miércoles, 10 de abril de 2013

CULPABLES

Hace muchos años, más de 50, en “Fiesta Española” se nos ocurrió colocar en la portada las fotos de Antonio Bienvenida, Manolo Vázquez y creo que Antonio Ordóñez bajo un espectacular titular:¡¡CULPABLES!! Ya saben ustedes como somos los españoles: pese a nuestra proverbial o soleada alegría y optimismo, somos morbosos. ¿De qué acusábamos a tan destacados representantes del arte de torear? Del triunfo arrollador de Manuel Benítez “El Cordobés”. Tan preclaros artistas tenían que acabar con el masivo poder de “El Piyayo de El Pardo”, hasta donde le había llevado el genio publicista de don Rafael Sánchez “Pipo”. Lo que ocurrió, y es justo reconocerlo ahora, es que Manuel Benítez, a pesar de su zafiedad en los manivelazos tranviarios con el capote a modo de verónicas o escupiendo sus manos antes de tomar muleta y estoque, tenía capacidad de sufrimiento y ambición de glorias y dineros muy superiores a las normales. En México, el gran dibujante Pancho Flores plasmó la caricatura del señor de Villalobillos con una tremenda muleta en la que metía a una incalculable muchedumbre. Era el antídoto que necesitaba la fiesta y por eso fueron hasta el dormitorio de su finca cordobesa don Livinio, don Pablo, don Pedro y todos sus acólitos, que, muy ilusionados, firmaron en la funda de la almohada del “robagallinas”.

¿Quién en estos tiempos podría cambiar el ambiente taurino gris y cataléptico actual? Ese, ese, el que algunos califican de “Mesías” y otros distinguen con el título de “mejor torero de todos los tiempos”. Y todo dentro de las normas clásicas del arte de torear, sin revoluciones populares, por lo que ahora es difícil buscar culpables como hace medio siglo. ¿Ponce? ¿Manzanares? ¿Morante? “El Juli”, no, que da la cara como un jabato. ¿Empresarios peregrinos de este momento? Es difícil encontrar clones de aquellos fabulosos gerentes y de otros de menor categoría pero voluntad de hierro: Zulueta o Moya por las cercanías de la Costa Brava. Ahora bastaría con que José de Tomás, de Román y de Martín, cuatro nombres propios y un sola persona, decidiera torear treinta festejos en las treinta primeras plazas de España y con toros de las doce más prestigiosas y diversas ganaderías. Ello supondría multiplicar al menos por diez los ingresos de esas plazas por su repercusión en los festejos en los que fuera protagonista y por los correspondientes abonos. Ahora, pues, sólo hay un culpable, el de Galapagar. Y unos colaboradores, los empresarios. Y hay empresarios como los Lozano, prudentes y agazapados, José Antonio, sin muchas ganas, los hijos del káiser Manolo, adormilados, los franceses Simón, Jelabert y Roberto Piles y pocos más porque no me fío del Canorea que mandó a su casa a Curro Romero, de su cuñado Valencia o de los Serolos, polémicos y judiciables, que podían ir a casa de José Tomás y firmarle una nueva almohada para que los sueños le sean propicios y se decida a ejercer sus poderes. Yo creo que se alegraría hasta Carlos Abella, su panegirista áulico, al que el espíritu “mondeñista” le tiene obnibulado. Primero, Tomás; después, “nadie”, ni siquiera Enrique Ponce con sus más de veinte años a la cabeza del escalafón, con más de dos mil corridas, cuarenta toros indultados y cerca de la mítica cifra de los cinco mil toros estoqueados. Algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Hay nombres y hombres. Habrá que aunar voluntades. No la mía que no puedo nada, pero sí la de los que manejan el cotarro y, sobre todo, la de ese monstruo de nuestra moderna convivencia que es la televisión. Esa que hace famosos al empresario Colate de importantes y psiquiátricos apellidos por “ser mal padre” y buen amador, Patricia, Alejandra, Inés, la duquesa Eugenia y Paulina, la de la cadera rota, y al Rivera Pantoja, hijo de Francisco e Isabel, por pinchar discos al modo de Fonsi Nieto (Alfonso Gónzález Nieto), sobrino de un super campeón de la moto mínima y cuyos personales triunfos se pierden en la nebulosas de los tiempos.

Últimamente, Rafael Camino, el hijo de Paco y la ingeniera técnica agrícola Maria de los Ángeles Sanz, que nos tuvo años pendiente de la separación de su primera esposa, nos anunció que volvía a los ruedos y ahora comunica “urbi et orbi” que se casa otra vez. Recuerdo un día en el que vi a Rafi actuar en Las Ventas del Espíritu Santo, yo en un burladero y junto a su progenitor. No pretendo reproducir los comentarios de don Paco. Bueno, mejor es anunciar la buena nueva de un nuevo matrimonio que decir que sales del armario, como aseguró el hijo de otro matador de toros de los años 50 y 60. Son cosas inimaginables hace unos años, bastantes, cuando yo era niño: ¿Podía yo imaginar que Antonio Labrador “Pinturas” le diera un cachete en el antifonario a “Manolete” antes del paseíllo para darle suerte?

¿O podían imaginar ustedes que un polvo taurino trajera, además de la consiguiente y benéfica maternidad, los lodos áuricos de una amplia fortuna y el noble y popular título de “princesa del pueblo”? Así está el paciente pueblo, hoy apesadumbrado porque ha muerto “la madre de dios”, guapa desde niña a matrona, más favorecida en los retratos y esculturas que en sus definiciones humanas porque adoptar un niño y ponerle de nombre Zeus, padre y rey de los dioses del Olimpo con múltiples apetencias eróticas y varios matrimonios, y a una niña y llamerle Thais, diosa griega cortesana de Alejandro Magno convertida al cristianismo y considerada santa por coptos, católicos y ortodoxos, protagonista de una novela de Anatole France y una ópera de Massenet, la flor más bella, flor del oasis, bella princesa, aquella que se mantiene bella durante muchos años, la propia Sara, llamada María Antonia, manchega recriada en Orihuela, es como para definir a la adoptante, la madre particular de dios y de santa Thais. Mucho arroz, Catalina.

Es cierto que los guapos envejecen peor que los feos, pero Saritísima mantenía el tipo y hasta podía mostrar desnudeces en un calendario benéfico. Los mitos no tienen edad. Recuerdo que en los años 60 se estrenó “El último cuplé”, película en la que aparecían varios escenarios del Madrid de “La Verbena de la Paloma” y acompañaba a la moderna Dulcinea un torero bien vestido por la hija de “La Nati”, desaparecido de los ruedos y perdido por las tierras del otro lado del Atlántico, Enrique Vera. La emoción en los ambientes del exilio español era tremenda. Había nostálgicos que iban todas las noches al cine para contemplar esos ambientes y escuchar la media voz acariciante de Sara en el “fumando espero”. Un puro habano en su mano, vigilada por Carrillo, a la izquierda, y Francisco Umbral, a la derecha, ambos puede que poco afectos al aroma del cubano. Que yo sepa, la Montiel no tuvo amores toreros, le gustaban más los galanes cinematográficos o lo científicos ilustres. ¡Gozadica te vas, Sara! Algún sinsabor te habrás llevado en tu corazón y ya que no fuiste madre biológica, al menos te coronaste como madre putativa de Zeus y Thais.

Estos días se han publicado “Los diez mandamientos de los ancianos” y el último dice así: “No pensarás que cualquier tiempo pasado fue mejor”. Me esfuerzo, pero no consigo convencerme a mí mismo. Soy viejo y añorante. Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero me lo parece.

sábado, 6 de abril de 2013

NO ES EL COLOR DE LA PIEL




Hace unos días, Raúl Rivero, en las páginas de “El Mundo”, hablaba del poeta afroperuano Nicomedes Santa Cruz, un negro de verdad, no un negro como Sidney Poitiers, encantador, guapo, que apaciguaba las malas conciencias de los americanos racistas. Y las de todos, aunque lo de calificar de negro a una persona ya no resulte peyorativo. Negro o blanco. Pero ya hacía mucho tiempo que habíamos superado esa frontera del color con muchos personajes de la política o el deporte, sobre todo en el boxeo, el atletismo, baloncesto o el mismísimo fútbol, Ben Barek, Pelé o Didi. Y en lo universal, Josephine Baker, Tina  Turner, Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Duke Ellingtón, Freeman o Will Smith. “Bye, bye, blackbird”, le decían a la Baker, que había revolucionado a Francia con una falda de plátanos y la suprema bondad de tener en su casa doce huérfanos adoptados, y ni contemos los méritos del embajador de Bahamas en Japón, Sidney Poitier, Oscar al mejor actor por la película “Los lirios del valle”, o los de los demás hombres y mujeres negros citados, hasta llegar a la presidencia de Estados Unidos. Antonio Machín, cubano, vino a España en los años 20 del siglo pasado, perdió voz pero ganó sentimiento y musicalidad con sus angelitos negros. Montó una cafetería en la madrileña calle Infantas, frente a la plaza de Vázquez de Mella, Bilbao para el pueblo aunque la glorieta del mismo nombre se encuentre hacia el número 100 de la calle de Fuencarral. De esta cafetería era cliente Pepe Luis Marca “El Bocas” cuando apoderaba a Manuel Álvarez “El Bala”. Pero Nicomedes Santa Cruz era solamente un poeta y lo tenía más difícil que el resto de hermanos de color. Un poeta nacido en Lima el 4 de junio de 1925 y fallecido en Madrid el 5 de febrero de 1992, autor de “Ritmos negros del Perú”, “Cómo has cambiado, pelona” y un poema a la muerte de Juan Belmonte que reproduzco a continuación para que adivinen cuál es la calidad de su autor: “La muerte se disfraza de capricho/y en la más increíble paradoja/subsiste quien vivió a merced del bicho/y muere quien “¡no hay toro que le coja!”./A Juan, que no toreó por soleares,/ muerto, no he de llorarlo por seguiriyas,/ sean por  martinetes mis cantares,/cante de yunque y fragua y herrerías./Cristo de la Expiración,/Cachorro de los trianeros,/bríndale tu absolución/al mejor de los toreros./Cachorro, si en Viernes Santo/te faltara un penitente,/ asóciate a nuestro llanto/que es Juan Belmonte el ausente…”
Nicomedes tenía un hermano también nacido en Lima, el 3 de julio de 1928. Y como él, negro negrísimo. Vino a España a mediados de los años 50 del siglo pasado a la humana factoría taurina de los Dominguín y Luis Miguel le dio la alternativa en la plaza de toros de Las Arenas de Barcelona. Día 27 de julio, con toros de Garro y Díaz Guerra y en presencia de Rafael Ortega, que también pertenecía al grupo Dominguín. Antes, Santa Cruz había toreado varias novilladas en  Carabanchel y en una de ellas sufrió una cogida con desgarro de la safena de la que brotó sangre roja para sorpresa de algún incauto espectador. Después, volvió a esta misma plaza de matador de toros con Pepe Dominguín y el mexicano Humberto Moro y le cortó dos orejas a un toro de Muriel. Años después hubo otro torero en el mismo grado de negritud, Ricardo Paulo Chibanga, de Mozambique, que tomó la alternativa en Sevilla al 15 de agosto de 1971 de manos de Antonio Bienvenida y en presencia del sevillano Rafael Torres y con toros de AP. También se le conocía como “El Africano”
En la larga relación de toreros hay en principio un Africano (Manuel Bellón) del que no tenemos muchos datos y otros después, entre los que destaca Luis Etirol López que nació en  Orán, de padre francés y madre española, de vulgares formas y buen saltador con la garrocha, suerte en la que destacó otro del mismo mote, Mariano Herrero, y a los que acompañaron el picador Manuel Obera y el novillero Manuel Rodríguez y un Africanito, José Flores. Al margen de los “Habaneros” o los “Morenitos” que en el toreo han sido, justificadísimo en el caso de José Nelo “Morenito de Maracay”, frente a los contados “Blanquitos”, recuerdo al caraqueño Julio Mendoza que confirmó en Madrid su alternativa en 1927 y a otro venezolano, Luis Sánchez Olivares, “Diamante Negro”, que también ratificó su condición de matador de toros en Madrid, en 1950, no así otro torero del mismo apodo y color de piel, mexicano, Luis Molinar que no llegó a superar el escalafón novilleril, como un gaditano que se apodaba “Niño de la Negra” y uno más, “Alma Negra”, pese a su condición de pálidos como mañana de niebla. A otro venezolano, Fredy Omar, nacido en Puerto Cabello, Venezuela, el 2 de julio de 1949, le dio la alternativa Paco Camino en presencia de José Mari Manzanares en Benidorm, pero, pese a tan ilustres avales, no logró superar su diminutivo, “El Negrito”, ni igualar las glorias de sus compañeros Santa Cruz, “Diamante Negro”, Chibanga o “Morenito de Maracay”. Por cierto, de Maracay era también Rigoberto Bolívar, apodado “El Pastoreño” y conocido como “el Negro Bolívar”, figura del toreo desde que vino a España con los Girón, César y Curro. Sin duda, el mejor torero negro de todos los tiempos porque, no lo olviden, los picadores también son toreros y Rigoberto lo era en toda su extensión. Imperial presencia, elegancia en su monta, dureza de hierro en su mano derecha, temple y toque en la izquierda, medida en el castigo y personalidad en su estampa de gigante. Murió el pasado mes de octubre en la ciudad Rubio, del estado de Tachira, Venezuela.
No quisiera confundir a negros y mestizos al citar al goyesco Indio Ceballos o los intérpretes de la llamada “Suerte Nacional del Perú” en la versión gráfica de Pancho Fierros y sus acuarelas, en las que los jinetes que manejan los capotes desde los caballos  son de piel negra brillante. Lo del Moro Gazul y otros muchos compatriotas que aparecen en las estampas de “don Francisco el de los Toros” son puras utopías de don Nicolás Fernández Moratín y su “Carta Histórica”, texto en el que debía inspirarse el de Fuendetodos, inefable cuando se olvida del guión y cuenta con lápiz y buril sus experiencias, las cogidas de Rendón o “Pepe.Hillo” o los alardes del aragonés “Martincho” o del rondeño Pedro Romero.
Pero hay en nuestra Historia un torero entre los más importantes al que se apodó “El Negro”. Fue Salvador Sánchez “Frascuelo”. Esto de “Frascuelo” por su hermano mayor, Francisco, que también quiso ser torero pero no llegó a la cumbre que alcanzó “El Toreador” de don Eduardo de Ontañón, autor de una magnífica biografía que se publicó en  Madrid, en la Espasa-Calpe que subsistía en la capital de España en 1937. Alguien pensará que a don Salvador se le apodaba “El Negro” por sus bucles o tufos de su bien poblada pelambrera, pero yo pienso que era un poco para diferenciarlo de “El Blanco” “Lagartijo”, don Rafael Molina, conservador de derechas, amigo del actor Calvo, el cantante Massini o el político Cánovas. El trío de don Salvador eran Vico, Gayarre y Sagasta. Con este, el pueblo duro. Con aquel, la aristocracia elegante. Negro y Blanco. Blanco y Negro. Churriana y Córdoba. Cuando Salvador murió en Madrid, Rafael cogió el tren en Córdoba hacia la capital y, ante el cadáver de su compañero, exclamó: “Tanta lucha para esto”. Los dos, el liberalote y el conservador, en su jubileo se preocuparon por las gentes que no tenían trabajo ni medios, Salvador pagaba sus alimentos, Rafael hacía y deshacía la valla de su finca para proporcionarles jornales. La gran pareja. El contraste buscado, soñado y sentido. La lucha leal y sincera. El reconocimiento inteligente. Se lo dijo Juan Belmonte a “Joselito”: “No me destruyas; me necesitas”. Nos necesitamos todos. Pero, sobre todo, en la soledad de la lucha frente al toro y en el gran ruedo de la vida. Ni blancos ni negros: hombres, genérico.
CURIOSIDAD.- En Zaragoza tienen la manía de llamar a su plaza de la Misericordia. Yo, para distinguirla de Pamplona y Bilbao, prefiero conocerla por su creador, Pignatelli, coso de don  Ramón Pignatelli, prócer de amplias actividades y realizaciones que hizo más por Zaragoza que docenas de misericordiosos. Y si acudimos al latín, madre de nuestra lengua romance, de los romanos, más si uno va a misa y escucha a un joven cura venido de tierras del otro lado del Atlántico que en el día del Amor Fraterno te explica que lo de Misericordia, desde el latín, significa mísero corazón. Desde el hebreo apunta al amor maternal por aquello del útero acogedor. A nuestro mísero corazón resulta que vino un circo a principios de año, al que acudí con mis nietos en tarde feliz, luego una degustación de marisco gallego y, ahora, salchichas de Frankfurt y cerveza alemana. Bien está, señores de la empresa, pero queremos toros en el ruedo de los ídem que construyó don Ramón en 1764 para ayudar al mantenimiento de los acogidos en su Hospicio, en donde también montó una fábrica de toldos para que los acogidos aprendieran a pescar el pez que les iba a servir de alimento. Miserere cordis, Misericordia ¿quién te ha visto y quién te ve?