miércoles, 7 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE ESTE VERANO DE 2016

Es un verano importante para mí. Me quedan muy pocos y hay que aprovecharlos. Por eso he visto muchas corridas por televisión, una de ellas en Santander de la que me quedó un recuerdo imborrable. Resulta que Enrique Ponce lleva veintisiete temporadas seguidas a toda máquina. Algunos se lo dicen como reproche: “es que  torea a todos los toros igual”. ¿Usted sabe lo que afirma? ¡Torear a todos los toros igual cuando todos son distintos y no se puede poner uno de acuerdo con ellos…! Pero una tarde en Santander rozó la perfección con un toro de Miranda y Moreno y a los sones de la música que  Morricone le puso a la película de la Misión. Esa música le dio suntuosidad a la obra del torero que más corridas a toreado y más toros ha matado en toda la Historia del Toreo (las cifras que se señalan  en la biografía de Pedro Romero no están homologadas). No pueden estarlo nunca. Las de Ponce sí. Le ocurrió también a “Lagartijo el Grande”, harto de torear y de competir con “Frascuelo”. Fue a Madrid a despedirse de su compañero y se la cayó el alma a los pies. “Tanta lucha para esto”. Quiso despedirse en cinco corridas en solitario y las cinco acabaron en desastre. En Madrid lo hizo el día del Corpus y los fieles devotos pasaron la solemne procesión a la mañana para asistir a la corrida por la tarde. La Fe no hizo el milagro: otro desastre. Muchos años en la palestra y el pueblo joven pide rabizas nuevas.

La gran novedad de este año ha sido Andrés Roca Rey. No hubo tarde que no se empleara a fondo con capote, muleta y espada. Hubo ocasiones en que el espectador enloquecido  no  se explicaba cómo había pasado por delante y por detrás, por arriba, por abajo y por en medio. Toda la retahíla de lances y muletazos y el contundente remate de la estocada. Muchas cosas a resaltar y una especial que guardo en mi retina. Una arrucina ligada con un natural. Por arte de birlibirloque, la muleta en la mano derecha y por la espalda para ejecutar el muletazo por delante y aparecer el engaño en la mano izquierda como el prestidigitador te saca la carta que tu has pensado de detrás de tu oreja derecha. De triunfo en triunfo hasta que llegó la corrida de Málaga y el toro se tomó la revancha. Nueve corridas perdidas y la reaparición en Palencia. Otra voltereta estremecedora. Demasiado castigo. Me vino a la memoria el caso de “Frasquito”, al que parecía que se le había metido en el cuerpo el duende de “Manolete”. Tres o cuatro cogidas graves difuminaron el milagro y “Frasquito” se fue a México a trabajar en la casa Domecq. Allí murió. Espero que  no sea el caso de Roca Rey y que muy pronto vuelva a electrizar el ambiente de la temporada taurina española.

Iba a torear el domingo 28 en la plaza de toros de Ejea de los Caballeros con  toros de Orive y Juan José Padilla y Francisco Rivera “Paquirri” de compañeros. Había expectación en la capital de Las Cinco Villas de Aragón y Jesús Mena y Julio Fontecha se las prometían muy felices con el anuncio de autobuses de más de 50 pasajeros que iban a acudir a Ejea. Se quedaron en microbuses gracias a que la sustitución fuera acertada. En lugar del peruano, hizo el paseíllo Ginés Marín, matador de reciente alternativa en Nimes y novillero triunfador en Zaragoza en  el Pilar de 2014, torero prometedor y de exquisitas cualidades. Había sustituido a Roca Rey en Bilbao y estuvo heroico y solvente. Lo de su triunfo de novillero en Zaragoza quedaba lejos para la frágil memoria  de los aficionados aragoneses. Mi amigo el cordobés José María Portillo me propone un cartel para el que yo pongo los toros de Torrestrella de don Alvaro Domecq. ¿Y los toreros? Juan Mora, Finito y Curro Díaz. ¿La plaza? Por capacidad, Madrid. Por gusto, Sevilla. Por comodidad, Zaragoza. Por ganas, Barcelona. Por tradición, Ronda, goyesca. Y televisada para toda España, Francia y la América española, incluidas Nueva York y Miami.

El caso es que Ejea de los Caballeros completó su Feria en Honor de la Virgen de la Oliva con una corrida de rejones encabezada por Pablo Hermoso de Mendoza como cada año desde que el de Estella se inició en estos menesteres, Andy Cartagena y Andrés Romero y otra corrida de a pie con una redonda corrida de Los Bayones que saborearon a su gusto Juan Bautista, Alberto Álvarez y Gonzalo Caballero, el festejo de menos asistencia. Competencia de recortes con anillas y concurso de roscaderos completaron el ciclo festivo porque en Aragón no pueden faltar los aspectos populares y populosos de nuestra fiesta. Su centro, la plaza de España. Su imagen, el toro de Las Bardenas. Su pintor, Goya. Su profeta, Martincho. Y ustedes que lo vean. Y yo, Dios mío, un ratico más. Lo dijo Andrés Segovia cuando ya era nonagenario. Yo todavía soy octogenario.


lunes, 4 de julio de 2016

VESTIDOS, ETIQUETAS Y MIGRACIONES


Primero mi agradecimiento a ABC porque es uno de los pocos diarios españoles que mantienen la información taurina. No llegan a lo que prodigaban en tiempos pasados, frecuentes portadas gráficas dedicadas a las  noticias del toreo, pero satisfacen mi curiosidad en las páginas interiores con el relato de lo que sucede por los ruedos de España y parte del extranjero. Y hasta algunos de sus colaboradores toman el tema por los pelos y completan con buena literatura su visión de lo acontecido. Los aficionados, que son mucho más templados que los hinchas futbolísticos, asimilan con paciencia lo que se les dicen aunque no estén de acuerdo con el autor. Yo, por ejemplo, no estoy de acuerdo con Salvador Sostres y trato de analizar con mesura lo que comentaba el otro día, ilustrando su texto con una foto de José Tomás de su reciente y triunfal actuación en Alicante. Las contadas y meditadas actuaciones del torero de Galapagar tienen como objetivo la apoteosis final y en ello se empeñan incluso los asistentes, que, en su mayoría, son creyentes tomistas. Sostres confiesa que no entiende de toros, que  ni es aficionado ni los toros son su espectáculo. “Pero-aclara-sí entiendo de libertades, y es aberrante que un catalán como yo tenga que exiliarse a Alicante para ver a José Tomás”. Comprendo que  el estudiante de música no inicie sus estudios interpretando la “Quinta Sinfonía” y que para conocer el toreo también hay que empezar por abajo. Alicante es un buen destino viajero, pero para ver toros también se puede ir a Madrid, Bilbao o Zaragoza y no estaría nada mal que Tomás acudiera a esas plazas con compañeros y toros de variadas especies y procedencias. “El Mesías” tiene que prodigarse en sus milagros porque la fiesta española los necesita. En la foto, el torero ejecuta un remate de recortada media verónica perfecta. El vestido, que parece color tabaco, muy bordado en oro, torerísimo, y sólo un detalle que anula parte de tanta belleza: los cuernos del toro. Esta puede ser una de las razones de esos exilios taurinos de los fans de José Tomás. En el pie de la foto, que seguro no escribió Sostres, dice que Tomás está toreando con la muleta. Creo que la ignorancia no puede llegar a tanto. Pura equivocación.
Antonio Burgos, otro de los privilegiados que firman en las páginas de ABC se desmelena contra Enrique Ponce porque en su actuación en solitario en la plaza francesa de Istres toreó sus dos últimos toros de esmoquin. Califica el hecho de mamarrachada o charlotada, que el de Chiva le recordó al “metre” del hotel Wellingtón y que el también valenciano Rafael Dutrús “Llapisera” era mucho más elegante porque salía a los ruedos vestido de frac y tocado con un sombrero de copa de no sé cuántos reflejos. Cita a Antonio Ordóñez como creador de las corridas goyescas de Ronda,  aunque la primera goyesca tuvo lugar en 1927 en Zaragoza y el mismo Rafael “El Gallo” se enfadó porque le parecía que iba “de mamarracho” y, antes, en Madrid, en los años 10 del siglo pasado, en los festivales gremiales los participantes copiaban el vestido que lucía “Pepe-Hillo” en el retrato que le hizo don Francisco. Fue Zuloaga el que marcó la moda goyesca en el centenario de la muerte del genio torero de Fuendetodos. Cita también el señor Burgos las corridas picassianas de Málaga y las pinzonianas de Palos de la Frontera y aun podía recordar las valencianas, las baturras, las de soldados de Aviación (Aparicio, Litri) o las que se prodigan a lo largo de la geografía taurina de las Américas. Dice EL PUEBLO: “El hábito no hace al monje”. Y hay varias versiones del traje corto andaluz, nada que ver con  el que vistió Manolete la noche del Lhardy. Recuerde también el escritor sevillano que al propio “Monstruo” cordobés le afeaban la ejecución de la manoletina que era invención del citado “Llapisera”, como la chicuelina proviene del lance del capirote que retrató don  Francisco en la interpretación del Licenciado de Falces. A Domingo Ortega yo le vi torear en un festival de traje de calle, ¿el de Villalta?, y Castella lo ha hecho alguna vez en América. Los dos toreros que desterraron el uso del uniforme torero en su vida privada fueron don Luis Mazzantini, gobernador civil de Guadalajara, y don Juan Belmonte, que se hizo un abrigo con trabilla en la espalda y que, de madrugada, se lo fue a enseñar a su médico
 Sé que el señor Burgos es “romerista”. ¿O más bien “currista?  Y no recuerdo que Curro Romero haya ejecutado en alguna ocasión una manoletina o una chicuelina. El natural, el redondo, remates y muletazos de castigo, le  verónica y la media. ¿Torero corto? Sí y de una calidad exquisita. Bien vestido de luces y de corto, sin vueltas en los bajos de la calzona y sombrero jerezano. Una maravilla. Pero el que sea o quiera ser buen aficionado tiene que ser también partidario de los toreros largos aunque se enfunden  en un traje de etiqueta y les acompañe una orquesta sinfónica.
Y aquí cabe todo. No hay liturgia escrita, señor Burgos. ¿Sabe usted por qué Curro Romero no daba manoletinas ni chicuelinas? Porque en el pase y en el lance se pierde la vista del pitón del toro. Algo de lo que sucede también en la estocada y en la que Curro usaba la llamada “ a paso de banderillas”. Enrique Ponce es un torero técnico, elegante y larguísimo. Tan largo que ya se acerca a la cifra asombrosa de 5 mil toros estoqueados. Dicen unos que también los mataron Pedro Romero, difícil comprobarlo, y Lagartijo, sin apoteosis final tras una sinfonía inspiradísima. Lo del esmoquin estaba anunciado en los carteles y no rompió la armonía de una tarde solitaria y gloriosa.  

domingo, 29 de mayo de 2016

GOYA, TORERO DE LA CRUZ A LA RÚBRICA


Los antecedentes taurinos de Goya hay que buscarlos en su juventud, cuando su maestro Luzán le hacía copiar estampas de santos y en los pueblos le encargaban  adornar las pechinas de las cúpulas de sus iglesias al tiempo que asistía a los festejos populares en los que se prodigaban las suertes que luego reflejó en muchas de las estampas de su mal llamada “Tauromaquia”. Téngase en cuenta que Goya nació en 1746 y los dibujos preparatorios del encargo que le hicieron sobre el relato de Fernández Moratín los inició en 1815, cuando ya había experimentado la emoción de su afición a los toros y protagonizado alguna que otra aventura en el papel de maletilla. Se asegura que participó en una pelea entre feligreses de dos parroquias y que, al resultar herido de gravedad uno del otro bando, Goya se junto con una cuadrilla de toreros y se fue a Cataluña, para trasladarse después a Italia, en donde le reconocieron antes y con más honores que en su patria. Su cuadro “Aníbal cruzando los Alpes” fue distinguido con una mención especial. Copias en pequeño formato de Tiépolo, Giaquinto y Mens para supervivir, el regreso a España, su matrimonio con la hermana de los Bayeu, con los que no se llevaba nadie bien por las jugarretas que le hicieron en sus intenciones de entrar en la Academia o pintar las cúpulas del Pilar y eso que los hermanos de su esposa también eran aficionados a los toros.
Mariano de Cavia “Sobaquillo” asegura que “Francho” (asi le llamaban a Goya de infante) pintó unos tableros en la plaza de toros de Pignatelli  que se perdieron por la incultura y la necesidad de las gentes de aquellos tiempos. Puede que fueran pasto de las llamas para hacer brasas y asar unas costillas de carnero o, en plena Guerra de la Independencia, para calentarse los torerillos, como lo fueron las pinturas de la iglesia de San Fernando del monte de Torrero o las de la parroquia de Fuendetodos en nuestra última guerra.
 La primera muestra gráfica de la inclinación goyesca por los toros es el cartón que pintó don Francisco para el tapiz de “La Novillada”. En él aparece el autor con un vestido de seda rosa de vistosas hombreas, faja amplia, calzón ajustado y sujeto bajo las rodillas, zapatos de hebilla y redecilla en el pelo. Un delicioso cuadro al óleo titulado “Niños jugando al toro”, las hojalatas de Torrecillas, más Tauromaquia que la así denominada, ocho muestras del ambiente de una plaza, sus suertes, sus desgracias y el lance conocido por “la aragonesa”, de frente por detrás y con el capote a la espalda. El protagonista es Pedro Romero pese a que se le atribuya su invención a “Pepe-Hillo” y lo cierto es que se le calificó de “aragonesa” porque fue el aragonés Goya el que se lo enseñó a sus amigos, con los que estuvo en relación amistosa y festiva desde la inauguración de la plaza de toros de Zaragoza con la presencia también de  “Costillares” y la despedida de Antonio Ebassun “Martincho”, otro aragonés importante (primer diestro de a pie con retrato y biografía) y  nacido en Farasdués, a 14 kilómetros de Ejea de los Caballeros, donde pastaban las mejores ganaderías del siglo XVIII. De Ejea eran los diez toros de Francisco Bentura que se lidiaron en la Plaza Mayor de Madrid con motivo de la Coronación de Carlos IV, en septiembre de 1789, festejos que se desarrollaron bajo las directrices artísticas, desfiles, vestuarios, adornos y otros detalles del buen aficionado que era Goya. Escribía a Martín Zapater y le confesaba su predilección por Pedro Romero. Pero retrató a los tres,Romero, “Costillares” y “Pepe-Hillo”, primer triunvirato de la historia del toreo, a José, hermano de Pedro, a “La Pajuelera”, al Moro Gazul, los picadores Fernando del Toro y Rendón, al Indio Ceballos, a la vez que mostraba sus destrezas en aguafuertes, litografías y óleos, a Bernardo Alcalde y Merino, “El Licenciado de Falces”, a los riojanos Apiñani y el salto de la garrocha de Juanito, las temeridades del propio Martincho saltando desde una mesa o con un sombrero y grilletes a la puerta del chiquero, los sucesos trágicos, las suertes populares, los quiebros, los saltos o los roscaderos, cuévamos o cestos. Por todo ello, la Diputación de Zaragoza creyó oportuno que Goya tuviera su sitio en la plaza y la escultura de bronce de Manuel Arcón se ubicó en 1991, el día de San Jorge de hace veinticinco años, en un  tendido dibujando la estampa del salto de Apiñani.
El escritor peruano Mujica Gallo, en su obra “Goya, figura del toreo” manifiesta lo siguiente:”Todo este apogeo del toreo de a pie (finales del siglo XVIII) no solo coincide con el desarrollo de la personalidad artística de Goya, sino que sostengo que está, mientras no se demuestre lo contrario, bajo la influencia estética y taurina del gran aficionado aragonés".
Fernández Moratín en 1825 comentó: “Goya dice que en su tiempo fue torero y que con el estoque en la mano no tiene miedo a nadie y eso que dentro de dos meses cumplirá ochenta años”. Su viejo criado, Antonio Trueba, sentenciaba: “En dos cosas era mi amo incorregible, en su afición a los toros y en su afición a las hijas de Eva”.
¿Qué opinaban de Goya los pintores Lucas, Fortuny, Roberto Domingo, Zuloaga o Picasso, este autor de una Tauromaquia al dictado de la de Antonio Carnicero, desde el paseíllo de las cuadrillas al arrastre del toro, el filósofo Ortega y Gasset o los poetas Villalón, Lorca, Miguel Hernández, Dámaso Alonso o Gerardo Diego? El humo ciega sus ojos, señor Doctor.  # !. (

sábado, 2 de abril de 2016

LOS INOLVIDABLES OLVIDADOS


Frente a la incertidumbre política que vivimos, estos días han surgido fulgurantes las ilusiones toreras. Estábamos por tierras de Levante y unos cuantos diestros recién doctorados nos han dicho bien claro que esto no se acaba, que las madres españolas, hispanoamericanas o francesas siguen trayendo a este mundo seres capaces de vestir el traje de luces y enfrentarse a la fuerza y el peligro del toro bravo, vencerle con inteligencia y crear un arte tan etéreo que no son capaces de reproducirlo ni los más sofisticados medios de grabación: Roca Rey, José Garrido, López Simón, en tono menor, Vara y Ginés Marín junto a los muy clásicos Ponce, “El Juli”, Talavante y Cayetano entre Olivenza, Castellón y Valencia. Y en Madrid, el linarense Curro Díaz, calidad y buen gusto de hace tiempo, y el gaditano David Galán que, con la pierna atravesada por el pitón, le cortó una oreja a un toro de Gavira de los de verdad. Todo esto con el certificado de garantía de la manifestación del día 13 de marzo en Valencia, con la tauromaquia al completo y este título en 6TOROS6: LA MARCHA DE LA LIBERTAD, señores epígonos de la democracia nazi - moscovita. Con el tiempo  y con la intercesión del presidente Obama puede que vuelva la corrida de toros hasta La Habana, lugar donde murió, víctima del vómito negro, Francisco Arjona (Curro Cúchares) en 1868, antes de que llegara la generación del 98.
Volvamos a la actualidad. Fernando del Arco de Izco, navarro de Arroniz, casi tan octogenario como yo, vive en tierra hostil desde hace muchos años y allí sigue peleando, publica la revista “Caireles” todos los años y participa en todas las actividades que pueden darse en su querida Cataluña y en el resto de la Península. Él, con acierto, me hizo una advertencia a mi evocación de “olvidados” del toreo. ¡Te has olvidado de Rafael Ortega! Imperdonable. Me he olvidado de muchos más, pero nunca me puedo dejar en el tintero al nominado por los gaditanos como “El Tesoro de la Isla”. La isla, la de San Fernando, donde nació un 4 de julio de 1921 o 1924, según “Don Ventura”, el aragonés de Huesca que también vivió muchos años en Barcelona. Rafael Ortega es una de los toreros más completos del escalafón. La verónica, el natural y la estocada, triángulo vital del toreo. Que era rubio, ojos claros, estatura media pero ancho de caderas y vientre. No tenía nada que ver con el Moisés de Miguel Ángel. Yo viví intensamente la gravísima cogida que sufrió en Pamplona. Rafael venía de una cogida en Granada el día 8 de junio y justo al mes siguiente, otro día 8, un toro de Bohórquez le pegó una cornada en el muslo derecho y otra en el vientre que le afectó al recto y a la vejiga de la orina. Las vicisitudes de aquella cogida las contó otro navarro, este de Tudela, José María Iribarren, que nació el 31 de octubre de 1906, el mismo año que Domingo Ortega para aclarar un fallo mío de ese pasado artículo. Esta vibrante crónica la incluyó en el libro “El patio de caballos y otros relatos” y es un modelo de escritura intensa, emocionante y esperanzada en las buenas manos del cirujano de la plaza pamplonesa que creo era por aquellos años el doctor Juaristi. Al menos tiene una calle en Pamplona que atraviesa la Avenida de Navarra cerca del río Arga. Amigos tengo que me hacen la gracia de leerme y corregirme. Gracias.
Iribarren  es un escritor curioso en su “El porqué de los dichos” que se inició en estas curiosidades de la mano de su abuela que lo crió cuando falleció su madre, descriptivo en su tratamiento de los sanfermines y Hemingway y siempre ameno y cordial. Estudio Derecho y Filosofía y Letras y conoció a fondo al general Mola y sus vicisitudes con los falangistas antes de que Franco  decretara su unificación: para unos la boina, para los otros la camisa y todos bajo la pantalla social de las JONS. Don José María cogió el camino del costumbrismo y creció en piedra en un monumento que se le dedicó en su Tudela natal.
Fernando del Arco de Izco es también navarro, inquieto y buceador de costumbres. Tiene un libro magnífico en el que ensalza la figura de Fernando Vinyes, catalán universal, españolista y mexicano. Algunos lo califican de caricato, pero en España es caricaturista. Vinyes no tenía nada de bufo. Era un serio investigador de la personalidad de sus modelos. Murió joven como los elegidos (ranchera).Del Arco está en la lucha y espera con paciencia la decisión de los tribunales que devuelvan las corridas de toros a la plazas catalanas.

Un primo mío que vive en México, José Luis Cerezo, artista por herencia, pintor y escultor, me dice que en el artículo de marras no citaba la película de “Mi tío Jacinto”, la que interpretó el gran actor Antonio Vico acompañado por Pablito Calvo que fue la gran revelación infantil de “Marcelino Pan y Vino”. Era la historia de un aficionado ya maduro que quiere ser torero, que alquila un traje de luces y como no tiene ni una gorda va a Las Ventas vestido de torero en el Metro. Tiene razón: me olvido de los inolvidables. Me olvido hasta de citar las muchas películas que hizo Mario Cabré y la de “Sangre y Arena”, texto de Blasco Ibañez que primero interpretó Rodolfo Valentino y luego Tyrone Power. ¿Y “Los clarines del miedo”? Esto es como el cesto de cerezas, unas arrastras a las otras. Pero de ello la que sabe un montón es la americana Muriel porque la fiesta nacional se internacionalizó hace mucho tiempo y unos y otros no permitirán que los demagogos del día rematen el toro caído sobre la ardiente arena de la política. Laus Deo.    

sábado, 19 de marzo de 2016

LOS OLVIDADOS


Pensaba, rumiaba, le daba vueltas a mis recuerdos y llegaba a la conclusión de que en los años 50 y 60 del siglo pasado se les daba mayor importancia a los viejos toreros. Se conocía mejor su historia y se les tenía en cuenta para preparar el futuro. Los griegos, los romanos (senectus) y ahora también los gitanos respetan a los viejos. En mi juventud se juntaban “Los de José y Juan” y formaban una peña modélica pese a la rivalidad en los ruedos. José quería acabar con todos los que amenazaban su reinado, hasta que llegó Juan y le advirtió de que lo necesitaba a él para hacerse más grande. Luego, el destino le deparó la ingrata sorpresa de que Juan no cayó en el ruedo pese a los augurios nefastos (id a verlo pronto porque lo va a matar un toro) y su rival remató su existencia cuando estaba a unos días de cumplir los 70 años y de un disparo en la sien.”Los de José y Juan” se vistieron de negro. Sunmers hizo una película que tituló “Los ídolos rotos” con varios héroes del pasado y junto al boxeador Paulino Uzcudum, al futbolista Gorostizaga y otros incluyó al torero Nicanor Villalta, que tenía un club de fans en Madrid,  en la plaza de Manuel Becerra, que presumía del torero que más orejas había cortado en Madrid, en las dos plazas de toros vecinas de la calle Alcalá, la de la plaza de Felipe II y la de Las Ventas del Espíritu Santo. En Zaragoza era notorio el culto a Pepe Luis Vázquez,  que luego heredó su hermano Manolo y en uno y otro lado había ciudadanos que añadían en sus tarjetas de visita su condición de manoletistas, pepeluisistas o bienvenidistas. La saga de los Bienvenida tuvo más suerte y encontró en Juan Lamarca a su más conspicuo divulgador a uno y otro lado del océano que mancilló Cristobal Colón. Estaba en estas disquisiciones cuando de la mano  de “Don Ventura” (Ventura Bagüés, aragonés de Huesca) y su libro de mementos taurinos, “Al hilo de las tablas”, recordó que hacía 110 años, el 25 de febrero de 1906, había nacido en Borox Domingo L. Ortega. Coincidió que estos días en la segunda cadena de TV. E. se proyectó la película “Tarde  de Toros”, que dirigió Ladislao Vajda. Es más bien un documental con un argumento simple y tópico del torero viejo, Domingo Ortega, que ya había toreado su última corrida en Zaragoza en octubre de 1954, el torero maduro, Antonio Bienvenida, y el torero novato, Enrique Vera, que aparentaba que tenía cierta amistad con la hermana del anterior. Pugna entre los dos veteranos, amores del más joven y un  espontáneo que se lanza al ruedo y resulta herido de muerte. La disputa entre dos espectadores uno a cada lado de la alambrada que separaba el sol y la sombra protagonizados por Tip (Luis Sánchez Polac) y Top (el primer compañero de dúo del mejor humorista de después de la guerra, sustituido luego por Coll), un coche Hispano Suiza para una cuadrilla, Pepe Isbert, Manolo Morán, apoderado, y  Jorge Vico en el papel de espontáneo, todo alrededor de la pálida muestra de la proyección artística de esos tres toreros porque la mayoría de los documentos gráficos en movimiento, películas o documentales, no dan toda la magnitud de lo que los espectadores sintieron cuando contemplaron en directo esas imágenes. Quizá en este aspecto el pasaje más logrado de toda la filmografía taurina es la faena de Pepín Martín Vázquez en una de las cuatro películas que se han hecho con el tema de Pérez Lugín, “Currito de la Cruz”. Una faena ejecutada en Madrid y montada para la citada película por el fotógrafo Aguayo. No tuvo tanta suerte “Manolete” porque lo que rodó Gance en los estudios de la calle Libertad ha desaparecido y porque la última versión sobre la vida del monstruo cordobés fue un desastre divino y humano. Últimamente lo que más me gusto de cine taurino es lo que hizo Wody Allen en el recuerdo del París de los 30 y el film “Blancanieves”. Para Antonio Bienvenida el momento más brillante de su actuación torera en el film de Vadja es la ejecución  de su abaniqueo con la muleta cogida por el pequeño cáncamo que recoge la franela. Mucho par de banderillas, suerte en la que Antonio no se encontraba a gusto. Las ponía con el par hecho antes de la reunión. “El bueno, el mejor, era mi hermano Pepe”-confesaba el propio Antonio en una entrevista que se reprodujo en ese mismo programa del “Tendido Cero”.
A partir de “El Cordobés”, un montón de diestros se pasaron al celuloide: Palomo Linares, “El Pireo” en una de las versiones de “Currito de la Cruz”, Miguel Mateo “Miguelín” por tierras italianas, y Paco Camino en una evocación de la etapa mística de “Mondeño”. El “Litri” antes y el mexicano Luis Procuna en la  mejor de las películas del género dirigida por Carlo Velo y con el miedo que justifica el valor de los que se visten de luces como protagonista, “Torero”. Pero yo quería recordar a Domingo Ortega porque fallecido Antonio Santainés, me parece que quedamos pocos que lo recordemos. Uno de sus mejores panegiristas es José Luis Lozano y aunque cuente un poco la proximidad de Borox con Alameda de la Sagra, lo cierto es que el pequeño de la saga lozana tiene un paladar exquisito para degustar toreros aunque él no pasara de novillero. Merece la pena escucharle.
Lo primero que viene a la memoria cuando se habla de Domingo Ortega es que era un domador de toros. Pero no responde a esa imagen del látigo, la fuerza, el gesto duro y la mano de hierro. La mano orteguiana estaba cubierta de un guante de plumas, ni una brusquedad, ni una violencia, ni un salto o carrera. Despacio, con calma, como una sílfide patinando sobre la pista de hielo. Asombroso. Pero no es en “Tarde de Toros” donde mejor podemos comprobar las virtudes del borosiano. Habrá que ver aquella tarde del festival homenaje a Nicanor Villalta en Las Ventas cuando bajó al ruedo y en traje de calle toreó a  un  novillo. Como de Pepe Luis tengo el recuerdo de unos lances en la plaza de México y el directo de una tarde en El Escorial en la que me tocó escribir la crónica para El Ruedo cuando yo empezaba en estas lides taurinas. Años después, la tarde de los siete toros que lidió en Madrid Paco Camino o el coraje de Santiago Martín “El Viti” después de que un novillo le rompiera el codo izquierdo al rematar en un burladero. José Luis Peña, traumatólogo especialista en restauraciones óseas como puedo testificar personalmente a causa de un accidente de moto  y cinco fracturas en mi tobillo derecho, recuperó al de Vitigudino. Otra de sus afortunadas intervenciones fue la de los bíceps de Manuel Benítez y algunas más en unos tiempos en los que todavía había que colocar cada cosa (hueso) en su sitio sin esas modernas televisiones que dejen ver todo lo que ocurre por el interior de nuestras dolencias. Los avances técnicos han ayudado mucho a la medicina.
Estaba en lo del olvido de los toreros del pasado, “Miguelín”, por ejemplo, “Mondeño”, inspirador del hieratismo de José Tomás, acentuado por Juan García a raíz de la lesión que sufrió en el tendón de Aquiles, de Puerta, Ordóñez o “Cagancho”, el gitano de los ojos verdes, tan verdes como el terno que vestía el día que toreó en Madrid en homenaje a Soraya, la Emperatriz triste de Persia. Venía el viento de la sierra de Guadarrama y Joaquín Rodríguez bordó unas cuantas verónicas a la altura de la entrada a la enfermería. Paula y Curro.
Curro, Curro Romero, por supuesto, viene a corroborar mi afirmación de que los gitanos veneran a sus ancianos. Ya sé que el de Camás no es gitano, tampoco que se considere anciano aunque haya sobrepasado los 80 años, pero nadie negara que ha sentido en gitano, ha toreado como gitano, ha vivido a lo gitano y los gitanos lo quieren como si fuera uno de los suyos. A petición de Curro Romero yo le hice a “Camarón” la primera entrevista que se publicó en la prensa madrileña cuando el de la Isla se presentó en “Torres Bermejas”. Todavía no se lo había llevado Manolo Caracol a su  garito de la calle Barbieri. Y como los gitanos son así, el pasado día 1 de marzo se juntaron los mejores para dedicarle un homenaje a “su Curro” en el Teatro de la Maestranza de Sevilla: “El Lebrijano”, Miguel Poveda, José de la Tomasa, “Pansequito”, Aurora Vargas, Marina Heredia, Paco Cepero, “Rancapino Chico”, Paco Suarez y la bailaora Eva Yerbabuena. Al final le pusieron a Curro un capote en sus manos y soñó dos verónicas y media que erizaron de emoción los cabellos de los presente, unos pasitos de baile y el cariño y el respeto de toda la gitanería. Hace unos años Curro Romero grabó un disco de villancicos  con “Gitanillo de Triana” de palmero y Antonio Chenel de pareja en el cante más blanco que el cante más profundo del de Camas. A la guitarra, Paco Cepero y las letras de Federico Muelas. Lo guardo en el almario de mi corazón.

domingo, 20 de diciembre de 2015

ANTONIO ORDÓÑEZ ARAUJO



Había pensado titular este artículo espectacularmente, “El Ocaso de los Dioses”, pero como no es un aniversario redondo, de cuarto, medio o un siglo, por ejemplo, he decidido encabezarlo con el nombre y apellidos del recordado: Antonio Ordóñez Araujo. ¿Por qué? Porque el día 19 de este mes de diciembre de 2015 se cumplen 17 años de la muerte del rondeño en su residencia sevillana, calle Iris, callejón por el que acceden a la Maestranza los diestros actuantes y sus cuadrillas. Y el día 16 de febrero próximo cumpliría 84 años, que es la edad que yo sume el pasado 15 de septiembre. De ahí el que, enfáticamente, ponga en paralelo la vida taurina de don Antonio como torero y la mía como emborronador de cuartillas para su publicación en los periódicos desde “El Ruedo”, mi cuna, hasta “6TOROS6”, mi penúltima morada casi medio siglo después de que el rondeño abandonara el traje de luces. Los arenas toreras, no, porque parte de sus cenizas póstumas fueron a reposar al ruedo de su ciudad natal, amparo también del poeta Rilke y el cineasta Orson Welles y estatua dedicada al gran Pedro Romero.
Más que una biografía de Ordóñez, yo pretendo plantearme preguntas y reflejar respuestas sin orden  ni concierto. Me atrevo a afirmar que era tan gitano como “Joselito” y no lo manifestaba nunca aunque su mozo de espadas y un banderillero fueran de la familia de los Vega de los Reyes, sobrinos de Rafael y Curro (Curro Puya, primero que arrastró por los alberos los vuelos de su capote) el que murió en Madrid a los dos meses y medio de sufrir una cornada en la plaza vieja. Antonio era muy particular en sus decisiones. Hubo unas años en los que al final de la temporada se reunía con todos los miembros de su cuadrilla y asistían a una especie de ejercicios espirituales con final fraternal. Se trataban de hermanos entre ellos y siempre llevaban  un crucifijo en la mano. “Hermano Carmona, te tengo que comunicar que a la temporada que viene no estarás en mi cuadrilla. Le he dado tu puesto al hermano José Antonio Romero”. “Hermano, Ordóñez, eres un hijo … Esto me lo dices antes y no vengo a los ejercicios”. En otra ocasión, toreando en Linares, Antonio Galisteo le dio un capotazo de recibo a un toro que metió un pitón en la arena y se lo rompió. Aun así, Ordóñez le cortó la oreja a ese toro y cuando iba iniciar la vuelta al ruedo acompañado de sus banderilleros, se volvió hacia Galisteo y le ordenó que se quedara en el callejón. Quiero decir con estos detalles que era un hombre de difícil trato y que su suerte fue encontrarse con una mujer maravillosa, fantástica, Carmina, la pequeña de los Dominguín. Personalmente también tengo mi anécdota peculiar. Me había llamado para que le fuera a hacer una entrevista en Sevilla y allá que me fui al hotel Alfonso XIII donde me esperaba. Entonces le propuse hacerlas fotos con  la Torre del Oro como telón de fondo.” ¡Qué original!”, fue su sarcástico comentario. Yo le repliqué que, siendo su  deseo que el encuentro fuera en la capital del Guadalquivir, lo más lógico era ilustrarla con estampas de lo más “typical” y le recordé que él había ido a Roma y se había subido a una columna con un capote para que el fotógrafo de turno le perpetuar en el más clásico lance a la verónica sobra la base del románico.
A los matadores también los traía en jaque y cuando Miguel Márquez, al que le había dado la alternativa en Málaga, se empeñó en que se la confirmara en Madrid le contestó que sí, pero con una corrida del Conde de la Corte (el Conde, Atanasio y el Marqués de Domecq eran las ganaderías favoritas de Ordóñez). El de Fuengirola tenía raza y salió a hombros por la Puerta Grande. Yo le pregunté al de Ronda que si no torearía nunca con Manuel Benítez y me contestó que una docena de corridas .seguidas sí, una en solitario ni hablar. Y hubo un cronista que vivió algún tiempo en la finca de “Valcargado” y se mostraba rendido admirador del rondeño. Se enfadaron y entonces el cronista se hizo partidario del torero de Villalpando. Se repetía la anécdota belmonteña de cuando alguien le preguntó a don Juan lo que opinaba sobre Díaz – Cañabate: “En los tiempos de José y yo, él era  de Vicente Pastor”. Cañabate tuvo la ocurrencia de llamarle “el rincón de Ordóñez” a las estocadas bien ejecutadas por el de Ronda pero apuntando a la punta de la paletilla derecha del cornúpeto para asegurar la muerte. Fue un buen estoqueador, el autor del mejor lance a la verónica de pie y de rodillas y un profundo muletero. Arjona le hizo una foto de un lance rodilla en tierra y Pablo Ignacio Lozano le dio su volumen en bronce. Le cantaron Julio Aumente, José Bergamín, Alfonso Canales, Aquilino Duque, Rafael Duyos, José García Ladrón de Guevara, Luis Jiménez Martos, José de Miguel, Jorge Sarasa, Antonio Murciano y Ángel Peralta. Le sacó las entrañas Antonio Abad Ojuel, lo retrataron todos y lo dibujaron y pintaron otros cuantos. En una publicación y sobre su silueta marcaron más de treinta puntos de dolor, cornadas y lesiones casi a la par de Diego Puerta.
No fue fácil la vida de Antonio Ordóñez. Su padre, “Niño de la Palma”, ganó mucho dinero pero lo dilapidó y tras la Guerra  Civil confesó que no tenía ni para tabaco y debía vestir el terno de plata para dar de comer a sus hijos. Enfermó del pecho y murió joven, cuando ya todos sus hijos menos Juan y Alfonso, grandes subalternos, habían tomado la alternativa, en 1961.Juan se casó con la actriz Paquita Rico y tuvo un extraño final, Alfonso ha sido uno de los mejores en la gran etapa de los grandes banderilleros como “Pinturas”, Chaves Florez,” Tito de San Bernardo”, “Michelín”, Julio Pérez “Vito”, “Parrita”, Alfredo David de retirada, “El Boni” grande, “Bojilla”,  “Miguelañez”…
Hemingway tenía su resquemor hacia el torero que había protagonizado su novela “Fiesta” ambientada en los sanfermines pamploneses. Y vino a España para comprometer al hijo de Cayetano, Antonio, que había remontado el vuelo y se lo consideraba como el mejor, el más clásico de los clásicos. A Papa Ernesto le habían encargado un gran reportaje de la fiesta de los toros ( por recomendación de Gertude Stein, su primera corrida en España la había visto en Madrid en 1923,  en una tarde en la que actuaban dos diestros aragoneses, Gitanillo, que a la llegada de los de Tríana tuvo que añadir lo de Ricla, y Nicanor Villalta junto al  sevillano “Chicuelo”, pero ya conocía la fiesta en la frontera mexicana) y su primer pensamiento treinta años después fue reencontrarse con  el hijo de su menguado ídolo y proponerle una serie de corridas mano a mano con  su cuñado Luis Miguel. En el título se entremezclaron los adjetivos de peligroso y sangriento a un verano en  el que ambos toreros pagaron su tributo. Nieves Herrero, no sé en base a que testimonios, dice  que Hemingway considero triunfador de aquellas diez corridas a Luis Miguel cuando en realidad todos los elogios fueron  destinados al de Ronda, hasta el punto de que el “number one” puso  en duda de que el americano supiera de toros y de escritura. Pese a su gran divulgación y a los millones de lectores que a través de la obra de Hemingway conocieron la fiesta española, lo cierto es que la traductora del texto al español no era muy ducha en el lenguaje torero y  cometió algunos errores que no empequeñecen la significación del más trascendental relato taurino. Soy, lo  confieso, rendido admirador de don Ernesto. Y de Luis Miguel y de Antonio Ordóñez aunque sean tan diferentes y tan dispares. El texto de “El verano  sangriento” se publicó en “La Gaceta ilustrada” con dibujos de Picasso y fotos de Cervera, el fotógrafo que gano un premio universal de fotografía en Londres con “Caída al descubierto”, foto tomada en Toledo y en la que aparecen al quite Belmonte y Gaona.
Pese a su gran dimensión como torero, Antonio Ordóñez no fue un hombre feliz aunque que tanto Carmina Dominguín, que murió joven un 29 de agosto, como Pilar Lezcano fueron excelentes compañeras del rondeño. Y pese a la gran legión de seguidores con un grupo selecto que acudía a todos los festejos en los que actuaba y que se comportaban de una forma apasionada. En aquella corrida de Linares del incidente con su banderillero Galisteo, al rematar al cuarto toro de la tarde se levantaron de sus asientos y abandonaron la plaza. “Ya no queda nada por ver”. Y aquel día le acompañaban en el cartel Diego Puerta y Santiago Martín “El Viti”, dos toreros importantes.

Luis Miguel hizo unas declaraciones a un medio americano en las que manifestaba que Antonio era un buen chico que se había casado con su hermana y que, por lástima, le apoderaba  su padre, el ocaso paterno, su hermano Juan, luego las hijas, Carmen y Belén, Paquirri, su nieto Francisco a los ruedos y Cayetano a estudiar… Cuando vivían en Madrid , en San Juan de la  Cruz, junto a los Nuevos Ministerios, su casa era refugio de personajes. Un novillero del otro lado del Atlántico era el vigilante de sus niñas, Carmina ponía orden. El torero iba y venía y en San Sebastián le brindó un toro a José María Jardón y le dijo al oído que era el último toro que mataba. Lo que no le contó don José María al torero es que pensaba derribar esa misma plaza y vender el solar a una inmobiliaria. La de Bilbao se quemó una noche pero el arquitecto Gana, ordoñista, levantó una nueva en  unos meses. La de San Sebastián tardó unos cuantos años en resurgir pero lejos de el viejo Chofre. Las Vascongadas era vivero de ordoñistas, el Conde de la Unión en la navarra Buñuel, en Zaragoza hasta Brualio Lausín, el hijo  de “Gitanillo”, ”luismiguelista” de nacimiento, Jerez y su administrador Emilio Rosales, el del Moral padre de Colmenar de Oreja, la duquesa vecina de “Valcargado”, todos subyugados por uno de “los doce apóstoles toreros”. Algún día me atreveré a hacer la lista. Hoy vuele mi recuerdo hacia la memoria de un gran torero que no llegó a ser feliz.

domingo, 13 de diciembre de 2015

CARA Y CRUZ ZARAGOZANAS

Simón Casas y su amplio equipo de colaboradores: Enrique Patón, Nacho Lloret, José Luis Ruiz, la adorable Silvia y una atenta jefa de información  sevillana que nos tiene al día de todo lo que ocurre en el coso zaragozano. Luego unos asesores de imagen que este año ha dado a la luz de todos los vientos una curiosa serie de los principales componentes pilaristas con un sorprendente Morante de la Puebla que en ocasiones nos ha llamado la atención con amplias patillas de hacha, hermosa pelambrera tipo “el Paquiro” de mediados del siglo XIX, tocarse con un canotier o un bombín, taparse con una capa de Seseña o fumandose un Churchill entre toro y toro al estilo de Adolfo Rodríguez “El Pana”, mexicano de Apizco. Para esta ocasión se nos presenta a calzón (taleguilla) medio caído, el torso pintarrajeado, el nombre de Salvador a modo de tatuaje pintado y los bigotes y la mirada  dalinianos. “Soy arte puro”. Los otros retratados son de “El Juli”, brazo desnudo y la leyenda “Soy Tauromaquia”, López Simón, brazo y pierna al descubierto, “Soy verdad”, ambos en recuerdo del retrato que le hizo a Juan Belmonte el fotógrafo valenciano Julio Derrey y que se publicó en “Mundo Gráfico” el 21 de abril  de 1926 y otro posterior de Juan Gyenes con  el fondo del que le hizo al óleo Julio Romero de Torres, Urdiales, el torso desnudo y un capote bordado con racimos de uva y hojas de parra, “Soy honesto”, y Talavante, de negro con gola y puñetas blancas, la mano en el pecho y una feliz confesión: “Soy libre”. Algo  así como “hago lo que me da la gana”. Las cinco fotos cubrieron una parte de la fachada del coso de Pignatelli que construyera el arquitecto Navarro del 16 al 18 del pasado siglo XX y lucieron en autobuses, tranvías, columnas del Paseo de la Independencia y de casi todas las publicaciones taurinas. Fue un buen impacto publicitario que, sin duda, despertó la curiosidad de los que estaban alejados de la fiesta de los toros o no habían estado nunca. Estamos en tiempos en los que no nos podemos dormir en los laureles - lo dice hasta al pintor Barceló en  su seguimiento a Goya y Picasso – y todos los esfuerzos serán pocos para mantener el fuego sagrado de la afición a los toros que algunos, muchos desde la otra acera política o cultural, no pueden  apagar y pretenden que nos chamusque y destruya. Casas ha triunfado en Zaragoza pese a los malos auspicios de sus detractores y desde las páginas del suplemento semanal de Aragón en ABC, Ángel González Abad, ha detallado hechos y cuantificado cantidades con las que estoy de acuerdo y leo con regocijo.

Pero, al margen de la buena noticia que supongo que se habrá reflejado en los resultados crematísticos de la Feria del Pilar(no hay que dudar que los empresarios ganan dinero o cierran el chiringuito), me da la impresión de que los tiempos han cambiado mucho y el ambiente taurino zaragozano es muy distinto del de hace unos años. Primero la plaza de toros. Lo puedo atestiguar porque fui consciente de cómo se hallaba a finales de los años  70 pasados y de las obras que se iniciaron primero con el diputado Ángel Esteban Enguita (UCD) y después con el diputado Eduardo Aguirre (PSOE) hasta que me obligaron a jubilarme en  1996 con un festival goyesco de grato recuerdo, en el que actuaron Francisco Marcos “Marquitos”, “Paulita”, ambos con  caballos, y Ricardo Torres sin ellos, más una cuadrilla de toreadores valencianos, recortadores, roscaderos, saltadores y algunos de sus encantos de referencia con las facetas de la época goyesca. Se cumplían los 250 años del nacimiento del de Fuendetodos. La tarea de recuperación de la plaza zaragozana continuó y ahora es la más bella y cómoda de España entre las plazas de primera, cuatro año más joven que la de Sevilla pero sin comparación en  lo que a operatividad y uso público se refiere. No así en lo que a su explotación turística y torera respecta. Está cerrada a cal y canto hasta  para los pocos profesionales que en otros tiempos entrenaban a diario en el ruedo zaragozano. Por su belleza monumental y la riqueza artística que posee la DPZ en  sus almacenes, el retrato de Manolo Gracia que hizo Gárate o la copia de la despedida de Lagartijo, los carteles, la colección  de la Tauromaquia de Goya y algunas cosas más que están muy bien guardadas pero no disfrutadas. Vivir la plaza de toros  en toda intensidad y durante todo el año para aprovechar también esa cubierta que es casi la única que no le ha quitado carácter a un coso taurino. Nada que ver con las plazas cubiertas de nueva construcción  que más parecen salas de fiesta, tanatorios o monstruos de concreto, como le llamaban a “la México” en sus primeros años. Cenáculos taurinos, del “Oro del Rin” de Requete Aragonés y “La Maravilla” a “La Taurina” de la calle Pignatelli, frente a la plaza de toros. Apenas unos cuantos nos reunimos los jueves de cada semana. Otros luchan organizando actos de todo tipo con  el reclamo vía internet, Fernando García Terrel, Eduardo Gavín, Bonilla, Fernando Polo, “El Niño del Herdy”, Armando Sancho y “Pascualillo”, que en la calle Libertad recuerda los años que hace que se retiró Curro Romero. No pasa solo en Zaragoza. En Madrid han desaparecido los toreros de la llamada playa taurina, de la calle Sevilla a “La Tropical” de la calle Alcalá a la esquina de la de La Virgen de los Peligros, donde estaba “Riesgo”, la calle Aduana con el sastre Fermin, o la calle Jardines y “La Pañoleta”, donde yo le hice una entrevista a Gitanillo de Tríana, su esposa y su suegra, Pastora Imperio. Queda “Don Paco” en  Caballero de Gracia, casí al principio de Gran Vía. Y no te encuentras un torero en toda la Plaza de Santa Ana ni hospedado en el Hotel Victoria. Apenas el banderillero Barroso “Pechoduro” y el ínclito Gonzalito. Todavía se mantienen  en “Viña P” los cuadros de Pepe Puente y los hijos de Manolo Chopera que siguen los gustos culinarios de su padre.

Y lo que es más significativo de todo: Zaragoza fue la plaza donde se hicieron todos los toreros aragoneses y hoy en el escalafón de novilleros sola hay dos de la tierra con un par de novilladas sumadas por cada uno: Miguel Cuartero y Jorge Isiegas, sobrino de Octavio  Iglesias. Zaragoza, cruce de caminos entre Madrid y Barcelona, Valencia y San Sebastían, La Coruña, Santander y Tarragona, es la plaza de Paco Camino (por delante de la de Sevilla), Diego Puerta, Chamaco y Miguel Márquez cuando se daban novilladas en Alagón, Cariñena, Daroca, Maella, Pina de Ebro, Ricla, Tarazona, Tauste, Ejea de los Caballeros, Ateca, Sos del Rey Católico, Illueca y Calatayud en la provincia de Zaragoza, Huesca, Barbastro y Jaca en la propia Huesca, y la gran mayoría de las de Teruel, Albalate, Alcañiz, Calanda, Cella, Escucha, Orihuela, Utrillas, Valderrobles, Muniesa y la capital. ¿Cuántas novilladas se han  dado en Aragón la temporada que ahora se remata? Algún festejo mixto en tierras turolenses si es posible con amazona tan bella como la francesita que abrió la Puerta Grande de Zaragoza en el remate de la feria pasada. Buena estampa equina: no me canso de repetir que me recuerda a don Álvaro montando a Espléndida.


Como le dijo el mono a la mona tras la última explosión de la bomba nuclear: “Tendremos que volver a empezar”.