jueves, 9 de enero de 2014

NUESTRO COMPLEJO DE INFERIORIDAD

Escribía el otro día David Gistau en “ABC” sobre la afición nacional a “chapotear en el complejo de los españoles, somos una mierda”. Bueno, puede que tenga razón. Pero si este aserto lo aplicamos a los toros, la sensación maloliente es devastadora, de ruina total. Y a ello contribuimos todos los que vivimos a su alrededor, incluidos los que escribimos, opinamos, pontificamos. Unos más que otros. ¿Los más culpables? Los que llevan mandando en esto, en las empresas y en los medios, casi medio siglo, sobre todo una pareja que ahora se rasga las vestiduras y dice que esto se acaba si no se pone remedio. No hacen examen de conciencia y entonan el “mea culpa” con los dólares saliéndoles por las orejas porque también han mandado al otro lado del Atlántico y buenos “jalleres” se trajeron para la “Península”. Fenicios puros.

Y la cosa está de lo más fulera - de ful, no de fular – hasta llegar a la pelea de un periodista y un banderillero. Nada nuevo. Hace años, Octavio Martínez “Nacional” fue en busca de “Don Gonzalo” que se encontraba en un bar de la madrileña calle de La Aduana, le avisaron al señor cardona y el director del programa taurino de Radio Toledo (RATO) rompió una botella, apoyó su codo izquierdo en la barra tabernaria y espero las llegada del bravo almeriense. No pasó nada. Sí sucedió en Alcalá del Río hace cien años y unos días. Lo contaba Mariano Banzo en su columna de efemérides centenarias de “El Heraldo de Aragón”. Escenario: el sevillano pueblo de Alcalá del Río, un belén de casas blancas con un castillo en lo alto, a orillas del embalse del Guadalquivir y a 13 quilómetros de la capital, famoso por muchas cosas y, entre ellas, por el pañuelo de la novia de Reverte con cuatro picadores en las esquinas y Reverte en medio. Torero de leyenda y aventura, con estatua frente al ayuntamiento, tuvo un imitador, Antonio Olmedo, al que apodaban “Valentín” no por el santo de los enamorados sino por su arrojada entrega ante los toros, de dolorosa trayectoria profesional pero con alternativa en la plaza de Murcia de manos de don Luis, el del ferrocarrilero italiano, confirmada en Madrid, naturalmente por aquel entonces, principios del siglo XX, por Antonio Fuentes, elegancia en el vestir y en el torear. Excursiones a América para supervivir, regreso a la cuna bética y excursión cinegética en los albores de 1914. A la vuelta, larga velada tabernaria, desafío, cara a cara, unos dicen que por asuntos amorosos, y el contrincante, Manuel  Santos Millares, que saca un revólver (algunos aseguran que fue un cuchillo)  y le dispara tres balazos a “Valentín”, que muere en el instante. Un novillero que estaba en la juerga y que Banzo afirma que se apodaba “Pomito” y que yo pienso que era José Pomares “Pomarito”, se fue a su casa, tomó su escopeta de caza e hirió al asesino de Antonio Olmedo en el pecho. Entonces, madrugada del 2 de enero de 1914, si llegó la sangre al río. Algo hemos mejorado.

Andrés Amorós, en “ABC”, va de amores, el póstumo de don Juan Belmonte, el póstumo. La vida del “pasmo” fue pródiga en esta clase de sucesos. Se decía que en sus días postreros era la peruana Amina Assís, juncal y morenaza amazona, la que encandilaba el futuro setentón y apócrifo trianero. No era así: era un amor más largo, duradero y sereno, el de la camera (de Camas, se entiende, paisana de Romero y Camino) Enriqueta Pérez Lora, casi cuarenta años más joven que su devoto amador. Bien está. Lo que ya no está tan bien es que Ortega Cano salga en los periódicos, que se diga que ha vendido “Yerbabuena” en casí 5 millones y medio de euros y ahora anuncien que se compra una finca en Badajoz por casi 2 millones de euros con hotel rural y todo. Y, mientras tanto, el marcapasos, las angustias carcelarias, la petición de indulto, los problemas del hijo adoptado (“carne de cañón”, se decía antes) y el rincón oscuro de la paz que se asoma. ¿Hay un especial maleficio torero? ¿Qué hubiera sido de la gran persona que fue Francisco Rivera “Paquirri” si hubiera supervivido a la tragedia de Pozoblanco? No hay contestación. ¿Hipótesis? Todas.

El caso de Jesús Janeiro “Jesulín” es muy diferente, pero, también, atípico. Niño prodigio, hizo de su capa un sayo y se compró un tigre al que llamó “Curripipi”, una finca que bautizó como “Ambiciones”, devolvió desde el ruedo bragas y sostenes en lugar de sombreros, abanicos, flores o puros, cantó el “toa, toa, toa”, se vistió de amarillo como el submarino de los “bitels” y enamoró a la Milá con su bajada de pantalones para enseñarle la cornada de Zaragoza. Llevaba el mejor furgón del toreo con cama y retrete y así batía todos los record sumando más de 150 corridas en un año. El contraste con JT es francamente escandaloso. “Ni tanto ni tan calvo”. En el término medio está la virtud. – JT, 30 corridas en plazas importantes para poner una piedra para el futuro de la fiesta española, por favor - . Es mi ruego de principio de año.
Jesulín ya es don Jesús. Acaba de cumplir 40 años y ha merecido los honores de sendas páginas en “El Mundo” y “ABC” y un papel en la nueva película de Santiago Segura, espero que junto al “Pantojito”. Bueno, me da igual porque hasta el momento no ha visto ninguna de las dirigidas por el famoso comisario Torrente, el brazo fuerte de la Ley. Mi amigo José María Recondo me decía muchas veces que había hecho la promesa de ni asistir nunca a una corrida de solo rejoneadores. Yo he prometido no ver películas de extraterrestes, espaciales o de Santiago Segura, no salir a la calle en chándal y sí dormir con corbata. Esta última promesa la he hecho desde que el otro día contemplé asustado la foto de los del “Matadero” de Durango y comprobé que ninguno de los presentes llevaba tal masculino complemento.


Pero “Jesulín de Ubrique”, al margen de los gustos de cada cual, ha sido – y es, salvadas las distancias de tiempo y actividad – un buen torero. Templado, largo, mandón y con carisma. Así parece y así es. Recuerdo la inventada anécdota o sucedido chusco entre dos meretrices paseando por Gran Vía de Madrid hace más de medio siglo. La una con un abrigo de visón y la otra con una zamarra zurcida y con brillos. - ¡Vaya abrigo, paisana! – Ya ves, uno de mil. - ¿Y tú? – Yo, mil de una. Polvos y lodos. El de “Jesulín” coronó a la “Princesa del Pueblo” que mata por “su Andreíta”, que también es de don Jesús Janeiro. No me negaran los que  me leyeran que lo de los toreros, pese a los agoreros que anuncian su fatal declive, tiene su misterioso encanto. Hasta el hermano del propio “Jesulín”, Víctor, que no ha tenido nada reseñable  dentro del mundo del toro, llenó un cuadernillo completo, 36 páginas, de la revista rosada más significativa de la prensa nacional, “Hola”, con motivo de su enlace matrimonial. Algo tendrá el agua cuando la bendicen. Depende de la dosis: con mucha agua hasta nos podemos ahogar. Mientras tanto, nadamos y guardamos la ropa.      

viernes, 3 de enero de 2014

COSAS QUE SE ME QUEDAN EN EL TINTERO

En las páginas de 6TOROS6, su director, José Luis Ramón, ha tenido la generosidad de dejarme un espacio para que contase mi vida. Ya le he enviado media docena de capítulos, a dos páginas por capítulos, pero siempre se me quedan muchas cosas en el tintero y otras me vienen a esa “memoria” que trato de activar al tiempo que mis neuronas dan vueltas en la hormigonera del cerebro. Y como se inicia un nuevo año, bueno será hacer recuento del pasado, en el que mi gran acontecimiento fue la llegada de mi nieto Benjamín V de Ejea de los Caballeros y I de Luesia por mamá, tataranieto de Benjamín I, alcalde de la villa ejeana, diputado provincial y presidente de la sociedad que construyó el ferrocarril de Gallur a Sádaba, que no vio funcionar porque murió en 1912 y el tren se inauguró en 1914, con Basilio Paraíso en el puesto de don Benjamín. Este Benjamín de hoy se une a Diego y Blanca, con los que forma mi menguada pero cualificada cosecha humana, en la que tengo confiada mi luenga supervivencia. ¡Y que sea por muchos años!

Otro capítulo importante es el recuento de las personas que  nos han abandonado. También en este aspecto tengo que resaltar una íntima pérdida, la de mi hermana María Luisa, doctora en Farmacia e investigadora por vocación y dedicación, que murió en el pasado mes de julio. Y en el aspecto taurino, Pepe Luis, el único personaje de nuestro planeta cañabetero que se incluye entre el casi centenar de desaparecidos que citaba en su suplemento “El Mundo” de fin de año, aunque con una pequeña gacetilla y no en la amplitud de sus merecimientos artísticos. Algo es algo. Mas brillo se le daba a la figura de Marifé de Tríana, la de María de la O, y ninguno a Dolores Aguirre, ganadera de reses bravas. Vi en la 2 un reportaje sobre el “sunami” Lola Flores y me enamoré  (con perdón, don Javier Conde) de Estrella Morante, por su voz, por su naturalidad, su elegancia y distinción, y, sobre todo, porque no tiene nada de la soberbia y afectación de las grandes y más viudas de España. En la mañana del primer día del 2014 escuché un concierto de don Juan Sebastián y el clásico de Viena mientras hacía una merluza rellena al horno para el primer condumio familiar del año. Benjamín V, mucha teta y un buen biberón, llorar y dormir.

De las cosas que me acuerdo y no he incluido en el próximo capítulo de mis “Memorias” está Dámaso González. Se había hecho cargo de su apoderamiento don Manuel Flores “Camará”, que se guiaba para  tomar sus decisiones profesionales por la expresión de los ojos del aspirante a disfrutar de sus habilidades gestoras. “Me acordaba siempre de la mirada de Manolo. De “Manolete”, naturalmente. Y Dámaso mira, y mira afortunadamente, con la misma intensidad febril que lo hacia el de Córdoba”. En lo demás se parecían poco, pero Dámaso se quedaba muy quieto y templaba los engaños con una largura inusitada para su corta alzada y su reducida envergadura. Dámaso había recorrido plazas de pueblo, capeas y tentaderos furtivos y vivido aventuras macuto al hombro bajo el sobrenombre de “El Alba”, apócope de su lugar natal, y con buena fama entre los maletillas de toda España. Pero, oficialmente, se presentaba con picadores en Barcelona, lugar al que me invitó a acudir don Manuel y donde descubrí un nuevo concepto del toreo que luego macizaría el de Sanlúcar de Barrameda.

Otro tema es el croquis que publique en “El Alcázar” sobre los cambios a caballo de Álvaro Domecq. Eran una serie de diminutas sombras chinescas de caballo y toro apuntando la salida de la suerte por un lado y realizándola por el otro. No se había contemplado en España semejante suerte en nuestro cantado arte del toreo de a caballo. Ni el héroe nacional cordobés Cañero, ni los centauros de la Puebla, ni los doctos Pinohermoso o don Álvaro, la gentil Conchita, los Ribeiro, Veiga o los muchos lusitanos que en el rejoneo han sido y los que desde la arena se subieron al caballo, don Juan o don Carlos el azteca, habían ejecutado tal suerte en un ruedo español. Al menos, yo no lo recordaba. Y don Álvaro padre me lo confirmaba. Creo que fue el propio Alvarito, diminutivo admisible por su juventud y peso físico de entonces, el que me informó de que había sido el gran Joao Nuncio el que se lo había enseñado en una visita a tierras portuguesas. Me imagino que así fue porque, como es mi caso y mis disgustos y hasta agresiones me costó, Nuncio vio en el Domecq joven a auténtico maestro del toreo caballeresco. Y es que aquellos quiebros o cambios, que todavía no he podido aclararme y definirme sobre si el cambio es posible en banderillas a pie o a caballo, son base del rejoneo que ha fijado en toda su amplitud el monarca que vino de Estella. Eso, el vestido, el olvido de las colleras y el paso de costado.

Bueno, ese es otro asunto de mi etapa bajo la laureada de San Fernando. Uno más ocurrió en 1972 y fue el del comisario Panguas y su “maléfica” concesión del rabo de un toro a Sebastián Palomo Linares en la plaza de toros de Madrid. Al día siguiente, los talibanes taurinos pusieron lazos negros en los reposteros de las gradas y andanadas. Lloraban como si hubieran perdido a un familiar cercano y condenaban al fuego eterno al bondadoso ser humano que era el comisario Panguas. Tiempo después recibí un ejemplar dedicado de un libro mecanografíado y reproducido en  ciclostil, en el que el señor presidente ya dimitido explicaba pormenores de tal acontecimiento. Nadie se acordaba ya de los rabos que cortaron en ese mismo ruedo Juan Belmonte y Marcial Lalanda en 1934, año de la inauguración oficial, Manolo Bienvenida, otra vez Belmonte, Lorenzo Garza. Alfredo Corrochano, Curro Caro y Domingo Ortega  en los años siguientes, antes de la guerra. Después vino la austeridad en los trofeos y la prohibición de la música durante las faenas. Esto último se queda para los anhelos pueblerinos de mi Zaragoza. Otra vez, todo viene de los pueblos.

Unos días antes, el 15 de mayo de 1972, confirmaba su alternativa en Madrid Raúl Aranda y Panguas me invitó a vivir a su lado todo un día como presidente de un festejo hasta en el palco de la autoridad. Muy cerca estaba don José Roger “Valencia”, asesor artístico, que me hizo una pregunta para calibrar mi capacidad taurina: ¿Qué es un puyazo al relance? “El que se ejecuta sin pausa a la salida de un capotazo”, le respondí con rapidez. Bien. Lo fenomenal para Aranda fue que Panguas le concedió las dos orejas del sexto toro de Paco Galache y que salió par la puerta grande.


Como rematé, mi eutrapélico mensaje para 2014: MUCHOS CUERNOS Y POCAS CORNADAS ( si es posible ninguna, mejor).            

APOCALIPSIS

APOCALISIS: “Último libro Canónico del Nuevo Testamento. Contiene las revelaciones escritas por el apóstol San Juan, referentes en su mayor parte al fin del mundo. APOCALÍPTICO: Terrorífico, espantoso”. Eso dice la Academia Española. Y esa sensación invade mi reparado corazón al leer a los apósteles de la información taurina de este nuevo tiempo, en el que a cinco toreros de primera fila se les ha ocurrido unirse frente a la verborrea tabernaria del heredero del señor Pagés, iluminado catalán que tuvo la habilidad de asegurar para sus herederos el arrendamiento de la Real Maestranza de Sevilla por los siglos de los siglos. Tiene gracia, además, que fueran un catalán y un vasco los que inventaran la Feria de Abril del Prado San Sebastián, en las cercanías de los Jardines de Murillo y la Fábrica de Tabacos donde trabajaba Carmen, la del francés Mérimée. Así de caprichosa es la Historia. Contra los maestrantes ya se reveló “Joselito” con la construcción de una nueva plaza en Sevilla y antes lo hicieran Bombita y Machaquito contra don Indalecio Mosquera, empresario de Madrid y don Eduardo Miura, sombrerero y ganadero. Y los gacetilleros de entonces y los de ahora se enfrentaron y se enfrentan a los “gallitos” de los viejos tiempos y a los de hoy, y en todas esas ocasiones se pusieron de parte de los toreros de segunda fila, como el penúltimo demagogo (la demagogia está presente en casi todas nuestras actividades colectivas)  se puso de parte de Andrés Vázquez frente a las ínfulas imperialmente romanas de Antonio Ordóñez, el paisano de Pedro Romero.

Diodoro Canorea, manchego y empleado de banca, se casó con la hija de Pagés y se convirtió en el empresario de Sevilla. Don Diodoro, simplemente. Como don Livinio. Es bueno tener un nombre poco común para que todo el mundo te conozca con solo nombrarte. Pero don Diodoro era un hombre inquieto y  buscó sus aventuras por otras plazas, Zaragoza y Madrid entre ellas, y siempre se mantuvo fiel a Curro Romero. Murió Diodoro, su hijo Ramón se hizo con los mandos y, a las primeras de cambio, le puso puertas al campo del camero bien oliente. En la solapa, un ramito de romero. En la mente, la liquidación de los privilegios del artista. En la puerta de alguna plaza, los vendedores de orinales que decían que eran unos “mandaos” de un Gonzalito prevaricador. El caso es que don Francisco se acercaba a los 70 años de edad y se vestía de corto para torear un festival en La Algaba junto a José Antonio Morante de la Puebla después de desertar ambos de la cercana feria sevillana de San Miguel. Curro llamó a Fernando Fernández Román y le dijo la noche del 22 de octubre del 2000 que colgaba su recamado traje de luces. ¿Por qué? Un novillo le había pegado una voltereta a Morante y a Curro se le había encogido el corazón. “Si me la llega a pegar a mi me tiene que llevar a casa en parihuelas”. La edad, 67 años, y fin del siglo XX. ¿Y el hijo de Diodoro?  Mejor no meterse en dibujos.

Hace años, los empresarios se juntaron y fueron a Villalobillos a pedirle a Manuel Benítez que volviera a los ruedos. El de Córdoba lo consultó con la almohada y les hizo firmar a todos los grandes en la funda de sus sueños. Ahora podían reunirse los empresarios y acudir a los cuarteles de invierno de José Tomás y pedirle que vuelva a los ruedos con un calendario profuso, decente y de alta alcurnia. Por ejemplo, que toree en todas las plazas de primera que van quedando. La fiesta de los toros solo la pueden dignificar los ganaderos y los toreros. Contarla, los que sepan escribir y tengas conocimientos del arte, y sostenerla, las gentes del pueblo que se asomen a las taquillas. Estos últimos tienen la sartén por el mango: pueden soltar la mosca o quedarse en casa. Lo demás son sueños de políticos frustrados metidos a aficionados que quieren gobernarlo todo.

Hace unos días, en Zaragoza, un amigo mío leyó su tesis doctoral sobre la economía en el mundo de los toros. No me enteré demasiado porque yo de “imputs” y otras bagatelas financieras entiendo más bien poco. En realidad nunca supe ganar dinero. Mi conclusión de la escucha atenta de lo que decía Julián Montañés Escribano fue que en el 2007 llegamos al cenit del negocio taurino y ahora estamos en la cuesta abajo. Un análisis de la incidencia del sector taurino en la economía española de tan difícil estudio porque son muchos los factores y escasas las informaciones, ese era el tema del doctorando. En 2008, casi 8 millones de espectadores para los espectáculos mayores, unos 90 millones de euros de ingresos, más la televisión, los bares y almohadillas, las carnes, los hoteles, transportes, tiendas de recuerdos, visitas a las plazas, fiestas en las fincas, los toros, etc, etc,… En total, una repercusión en el P.I.B. de mil trescientos millones de pesetas. Pero la curva, señores, es descendente mientras los que quieren vivir del negocio aumentan, los toreros, los ganaderos y los servicios. ¿Dónde iremos a parar? Yo siempre me acuerdo lo que decía no sé quien con motivo de las prohibiciones de Carlos IV, alguien no muy versado en lingüística: “Los toros son una fiesta que va de prole en prole que no hay nadie que la abole y ni habrá quién la abola”. Espero que así sea.

Julián Montañés, atrevido, intrépido y osado, fue dirigido en su estudio por los doctores Helena Resano Ezcaray y Antonio Purroy Unanua, este último bien conocido en el mundillo del toro bravo. Con él cambié algunas impresiones sobre temas que afectan más al devenir operativo de la fiesta. De las ganaderías, por ejemplo. Le dije que, para mí, don Alvaro Domecq y Díez era el mejor ganadero que yo he conocido. Me habló de Victorino y yo le argumenté que don Álvaro había creado una ganadería nueva y el de Galapagar se había limitado, con todo el mérito que ello suponía, a recuperar una ya existente y prestigiada, la de Albaserrada. Luego, con los “patas blancas”, las cosas ya no se han desarrollado con la misma fluorescencia pese a la indudable sapiencia del paleto de Galapagar. Ortega y Gasset decía que todo lo grande de España venía de sus pueblos. Lo repito en cuanto puedo porque yo soy de pueblo.

Estábamos en la Facultad de Veterinaria de Zaragoza, en donde don Álvaro Domecq tuvo una gran actividad a favor del toro bravo de la mano del profesor Isaías Zarazaga y creó un banco de sangre para estudiar la consanguinidad de las reses, subvencionó estudios sobre la alimentación y promocionó otros aspectos de la crianza y genética de tan singular animal. Por aquel entonces, hace más de veinte años, había también una colección de cráneos de cuyas medidas no puedo asegurar que consecuencias se sacaban. Estaban allí y había un especial interés por su examen y estudio. Don Álvaro también tenía un bien dotado laboratorio en su finca jerezana  de “Los Alburejos”. Había y hay otros excelentes criadores, pero mis preferencias, con el caudillaje de don Álvaro, se inclinan hacia don Baltasar, los hijos de don Celestino, los Lozano y sus Alcurrucen, Ana, la de los Romero, el hijo de Juan Marí y la Montalvo y algunos más, no muchos. Y he citado a los que ahora están vigentes para que nadie me tache de nostálgico. Pero, señores del jurado, de aquello que había en la Facultad de Veterinaria de Zaragoza ya no queda ni un solo hueso. Lástima. España y yo somos así, señora.       

miércoles, 11 de diciembre de 2013

EL MOZO GRANDE



Tenía muchos temas en mi pequeña pantalla; podía hablar de Manuel Benítez, Curro Romero o Epifanio Rubio Borox, grande como un oso, tierno como un arcángel. De Manuel Benítez hasta han pasado en  la televisión de España un corto muy largo, de una hora, contando su vida gentes de toda índole y alguna mal encarada, como de pontífice desmitrado. A nadie se le ocurrió decir que el de Palma del Río encontró el temple una tarde del año 1964, en la plaza de “El Toreo” de México. A su poderosa muleta imprimió el sentido del temple, la suavidad, el encanto de la embestida de un toro de Ernesto Cuevas. Lo sé porque yo estaba allí. Pero tampoco puedo olvidar toda la zahorra que enmascaraba ese poder y su innegable valentía. Califa sucesor de la estirpe que coronara hace muchos años, segundo tercio del siglo XIX, don Mariano de Cavia, primero de los artífices de la crónica taurina como pieza literaria. También se ha hablado y escrito mucho de los 80 años de don Francisco Romero. Yo, que nunca he sido currista, comulgo más con los artistas que fueron incondicionales del de Camas. Soy romerista como Manolo Caracol, Pepín Cabrales y “Picoco”. Un día estaba en Sevilla, en la Maestranza, y toreaba Curro con Juan Antonio Ruiz “Espartaco”. En una fila más adelante, los hermanos del de Espartinas y a mi lado, “ Picoco”. Tantas cosas le decía este al camero que, ya harto, uno de los hermanos se volvió y le espetó con algo de violencia: “Es usted mucho de Romero”. “¿Qué si soy? Vamos, que se muere mi padre y torea Curro en Sevilla y le digo a los míos que vayan rezando que ahora vuelvo yo, cuando termine la corrida”. Y a la salida, alguien le preguntó a “Picoco” como había estado Curro y le contestó: “Ahí le he dejado, dando media verónica”. Soy de estos romeristas, no de los que confunden y lían unas cosas con otras. Por ejemplo, el día que un espectador saltó al ruedo a insultarle cuando Romero llevaba el estoque en  sus manos. Ese día no fue el que se negó a matar un toro. Y recuerdo la tarde de Madrid, con un toro de Bohórquez. No le habían banderilleado cuando ya Curro portaba espada y muleta para iniciar la faena. Son cosas que no se pueden explicar. Yo las cuento, pero no las explico. De vez en cuando le pido a Gonzalo Sánchez Conde que me cante un fandango por lo bajo y se me amontonan los recuerdos.
Pero mi personaje hoy, por encima de los “monstruos”, es Epifanio Rubio, de Nombela, picador de toros bravos porque en 1937, con 16 años, se colocó en la finca de “La Companza” y, al final de la guerra, se encontró con los hermanos Dominguín que volvían de Portugal a la finca que llevaba su madre. No sé si Domingo se había caído ya del caballo como San Pablo pero al revés, aunque la cosa fue bien sencilla: ¿Cómo se gana más, con el azadón o con la vara?  Pues, al caballo, aunque Epifanio, hasta su debut como picador reserva un día del Corpus en Toledo (22 de junio de 1945), no había montado nada más que en burro o en mula en tareas campestres, labrar con  el arado romano o transportar leña para el hogar. El picador reserva de aquellos tiempos era el que paraba el primer impulso de los toros, dejaba el paso al de tanda y se hacía como el hierro en el yunque, a golpes. Aquel día del luminoso Corpus toledano actuaban a las orillas escarpadas del Tajo los tres hermanos Bienvenida, José, Antonio y Angel Luis, los tres eternizados por el color y el movimiento de los pinceles de Roberto Domingo. A Mora de Toledo con los Dominguín, primero Pepe, luego Luis Miguel. Pepe le enseñó a leer y escribir y tiempo después dibujó su semblanza literaria en su obra maestra, “Mi gente”. Entre unas cosas y otras, el de Nombela cobró 1.750 pesetas en cuatro meses . Aprendió a caer antes que a picar y a que no hay que dar un paso atrás porque entonces el enemigo se crece más. ¿Miedo? Solo al fracaso. Dámaso Gómez, Pepe, Domingo y Luis Miguel. Siempre Luis Miguel. Reapareció el “uno” y su jefe, Santiago Martín “El Viti” comprendió su abandono.
Grande, enorme. Dos hermanos siguieron sus pasos, Mariano y Ladislao, como el padre, al que en el mundo de los toros se conocía como “Chiquilín”. Domingo Ortega, “Cagancho”, Julio “El Vito”, Jesús Córdoba, “Macandro”, “Pedrés”, Antonio Ordóñez, “Jumillano”, “Litri”, Palomo, Curro Vázquez, José Luis Palomar… Con este último tomó parte en la llamada “corrida del siglo” de Madrid y picó el último toro. Con Luis Miguel se bajó del caballo en Carabanchel para que el de Príncipe, cerca de Huertas, Casa Alberto y “La Alemana”, consumara su hazaña de picar a un toro sin mona ni castoreño (3 de octubre de 1952). Muchas primeras figuras que se entregaban a la fuerza y la templanza del “Mozo Grande”. Doce años con el de Vitigudino. En 1971, en América, picó en tres ruedos diferentes en un espacio de 18 horas: a las 9 de la noche en Bucaramanga, a las 12 de la mañana del día siguiente en Bogotá y a las 4 de la tarde en Medellín. América de arriba abajo. En México, un día mi tía Pilar Merenciano le invitó a caracoles y el comentario fue de lo más expresivo: “Señora, los caracoles estupendos, pero ¡la salsa…! Sin palabras. No era hombre de mucho hablar, pero muy expresivo. Si me dejan ponerme cursi podría decir que sus claros ojos azules hablaban entre las blancas espumas de sus pobladas cejas. Tenía un gran carisma y por ello no me extraña que llegara a ser alcalde de su pueblo, de Nombela. Autodidacta como otro toledano ilustre, Domingo López Ortega, reflexivo, sensato y sentencioso. El banderillero Mella, el compañero de los tiempos gloriosos de “Magritas”, un día le pidió un préstamo a plazo indefinido, veinte duros. “Toma cuarenta y ni me los devuelvas ni me pidas más”.

Ha muerto Epifanio Rubio Borox “Mozo”. ¿Por qué lo de mozo? “Tenía tres años y ya me lo llamaban”. Quizá por su amplia humanidad desde chiquitito. Humanidad física y espiritual. “Pinturas”, Chaves Flores y los “Mozo”. Manuel Rodríguez “Tito de San Bernardo” con el capote a una mano, “El Boni” antes, “El Vito” con los palos. Y en Madrid, Orteguita, “Faroles”, Valbuena, Parrao o “Miguelañez”, apoderado solo de rejoneadoras después de haber largado tela a tantos toros por delante de su amplia barriga, “Aldeano Chico” a caballo, el que dio la alternativa a “Mejorcito”, los García de Pérez Tabernero, “Salitas” desde los campos de los Urquijo, Barroso o Lausín y “Melones”. Tantos y tantos que me vienen a la memoria ahora que estoy de evocación de un mozo que se hizo hombre en los campos de Toledo y que, sin desertar de su nacencia, se hizo caballero, vara de detener en su mano derecha y riendas de cuero en su izquierda. Y un corazón como él de grande. Epifanio, epifanía, manifestación, aparición, adoración de los Reyes Magos. Mozo, que Dios te lleve en su cuadrilla. Amén.   

viernes, 29 de noviembre de 2013

LA CARICATURA SANGRIENTA

Eran los finales del siglo XIX, se habían retirado “Lagartijo” y Frascuelo” y asomaban por el foro “Espartero” y “Guerrita” y a don Antonio Peña y Goñi se le ocurría hacer la siguiente pregunta: “¿Dónde están los toros después de la retirada de “Lagartijo” y “Frascuelo”?” Y él mismo se contestaba: “Cabras, chivos, becerros, gnomos, así llaman los periódicos a las reses que se lidian en las plazas de Madrid. El mal terrible, el cáncer que mata el espectáculo está ahí, en la falta de toros”. Manolillo se salvó de la quema porque murió a cuernos miureños, pero el segundo Califa no se escapó ni con alas. Se decía antes que “no hay mal que cien años dure”, pero  en esto de los toros, si escarbamos, el mal dura dos o tres siglos, desde que se impuso la corrida de toros como espectáculo habitual, mediado el siglo XVIII. Y es que, como ya he dicho alguna vez, no cambia la idiosincrasia del espectador taurino y no ha existido el torero perfecto. Y me parece muy bien que se juzgue a unos y otros en función de los gustos de cada cual porque lo de la democracia imperativa se diluye como un azucarillo en un vaso de agua cuando uno se da cuenta de que lo de la igualdad de hombres y mujeres y entre hombres y hombres es pura entelequia, gracias a Dios. Carlos Herrera, “Herrera Carlos”, que tiene un bar de tapas junto a la Real Maestranza de Sevilla y algo debe de chalanear en esto del toro, afirmó hace unos meses que los tres diestros que habían cambiado el toreo desde los tiempos del Guerra eran “Manolete”, “El Cordobés” y Paco Ojeda (o Dámaso González). Me quedé anonadado. A “Manolete” le purificó “Islero” en el momento en que más arreciaban las críticas a su toreo y a su administración, la revolución cordobesista se basó más en lo crematístico que en lo artístico y “bienaventurados sus imitadores porque de ellos fueron sus defectos” y el de Sanlúcar, no tanto como José Tomás, renunció al mando del escalafón. Hasta “Joselito”, del que decía Corrochano que era “el toreo”, tenía sus puntos débiles y no precisamente el del conocimiento del toro y su lidia y, por desgracia, cayó a cuernos de “Bailador” porque el astado de la viuda de Ortega era  burriciego y a los toros de esta condición no se les puede dar distancia y perderles la cara. Se lamentaba don Gregorio, se lamentó toda España. Paradójicamente, a “Manolete”, tan vilipendiado por algunos que luego se rasgaban las vestiduras por las opiniones escritas de papá Ernesto, le mató su honradez. Y Manuel Benítez supervive como los Beatles o el bandido Luis Candelas. Por cierto que en las cuevas que llevan su nombre y que abrió al pie de las escaleras del Arco del Cuchilleros el diestro Félix Colomo (una cabeza de toro que había en la popular taberna llevaba esta leyenda: “Este toro lo mató Félix Colomo no sabemos como”) se ha dado un chusco acontecimiento: desde hace muchos años, un hombre, a la usanza bandolera, hace guardia en la puerta con un trabuco al hombro y, no ha mucho, unos policías municipales le exigieron el permiso de armas para poder exhibirla como reclamo de clientes soñadores. Un arma del XVIII, o su imitación, que para ser utilizada hay que cargar por la boca, ponerle pedernal, que salte la chispa que encienda la mecha y produzca la explosión de la pólvora y lance el plomo, necesita del correspondiente permiso municipal. Complicadillo.

Más sencillo es caricaturizar a los toreros de hoy y dos son especialmente, los destinatarios de la crítica esperpéntica, Julián López “El Juli” y José Antonio Morante de la Puebla. ¿Por qué? Supongo que en ambos casos porque mandan en las taquillas. Son, ahora mismo, los que más gentes llevan a las plazas en detrimento de otros diestros puede que del gusto de los comentaristas. Lo peor es que la caricatura se acentúa con rasgos ridículos, deformantes, exagerados. Conocí a grandes caricaturistas angélicos, Paco Ugalde, de Tarazona de Aragón, paisano de Raquel Meller, Sirio, Cronos o el más moderno y taurino Vinies, y nunca molestaron a nadie con sus monos geniales. Hubo, en el Romanticismo, la sátira despiadada del hermano de don Gustavo Adolfo, sátira acentuada con el paso del tiempo y dulcificada por la censura dictatorial. Entonces había que agudizar el ingenio.

Y me ha extrañado que un hombre tan  versado, y hasta puede que aficionado, como Ignacio Ruiz-Quintano, en ABC, se complique la vida y afirme tajantemente lo siguiente: “Y en la tauromaquia, Morante es la Cecilia de los Gallos, Rafael y José, y solo con esa cosa suya de poner en conversación las barbilla con el  esternón, o sea, el chafarrinón”. ¿Y quién es doña Cecilia? Yo nací a unos quilómetros de Borja, en donde está el monasterio de La Misericordia, lugar en el que la octogenaria (pecados perdonados) doña Cecilia trató de restaurar el Ecce Homo que pintó don Elías García Martínez, alicantino de nacimiento,  casado con una zaragozana y padre del segundo de los escultores aragoneses, Honorio García Condón ( por si las bromas, cambió su apellido por el de Condoy),  y de otro hijo pintor apreciable, profesor de dibujo en la Escuela de Bellas Artes y en el Instituto de II Enseñanza de Zaragoza y que dejó en los muros del monasterio borjano una estampa al fresco dentro de los parámetros de la tradicional pintura religiosa. Doña Cecilia, pintora doméstica, decidió un día que había que restaurar esta obra, metió sus pinceles en los óleos tenebrosos y disfrazó al Cristo doliente de primate barbudo, cosa que a algunos les hizo una gracia desternillante y pusieron de moda la visita al lugar sagrado cercano al de Veruela, al amparo del Moncayo, refugio veraniego de los Val-Carreres. Se cobró la entrada para beneficiar al culto santo y a doña Cecilia se le proporcionaron lisonjas, exposiciones y homenajes y no sé si alguna compensación económica. Yo, la verdad, le hubiera impuesto el pago de las costas de la recuperación del apreciable original.

De todo ello creo deducir que Ruiz-Quintano acusa a Morante de la Puebla de ensuciar la imagen que tenemos de los hermanos Gómez Ortega, los Gallo, cuestión complicada porque no sé si en el toreo encontraremos dos hermanos más dispares entre sí, física, anímica y artísticamente. Rafael, gitano, bajo de estatura, arte puro, inspiración y arrebato. José, payo, estilizado, técnico, reflexivo y templado. Por mucho que Morante hunda su barbilla en el esternón no puede “chafarrinear” a ambos. Y, desde luego, Morante de las Puebla no es un torero doméstico.


A la gente estas cosas le llegan al alma y se supone que cuando leen los periódicos de papel o los etéreos sacan sus consecuencias y obran en consecuencia. Esto último no me lo creo ni yo mismo. Hace unos años le preguntaron a Juan Belmonte, oráculo admitido por tirios y troyanos, los de José y los de Juan, por la categoría crítica de don Antonio Díaz Cañabate y, escueto y sentencioso, el falso trianero contestó a lo gallego: “En nuestros tiempos, en los de José y míos, el era de Vicente Pastor”. Ahora, y me mojo sin red ni salvavidas, se puede ser de Padilla o “El Fandi”. Yo prefiero a Morante. O al “Finito” de la última feria del Pilar. Si bien, como también he repetido hasta la saciedad, el mejor aficionado es el que tiene más capacidad para entender a más clase de  toreros. En este “planeta” que, como nuevo Galileo, descubrió “el Caña”, cabemos todos. Y cuantos más, mejor. 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LA BUENA INFORMACIÓN

Tengo muy poca confianza en que la Fiesta Española despabile vía gubernamental. Lo que mejor podía hacer el Gobierno por ella sería rebajar el IVA y eliminar los reglamentos. La Fiesta sin corsé ni impuestos. Nada de protecciones o subvenciones. La Fiesta por la Fiesta. La Fiesta en manos de los ganaderos, torero y aficionados. Los demás, amanuenses. Pero, claro, hay que contarla bien y no ampararse en la crítica contumaz, dictada, pedreste y sanguinolenta. No eres buen crítico ni buen picador en versión moderna si no haces sangre y llega un momento en que la a la gente la sangre le ahoga y deduce que lo mejor es no ir. Pasamos de la complacencia general a la pantalla más oscura en la que todo son ruinas, mentiras y truculentos manejos de empresarios, ganaderos, toreros y apoderados. Y es cierto que el toreo es un engaño – engaños se llama a capotes y muletas – pero un engañar al toro sin engañar al público, que, ¡cómo no!, es hoy el más ignorante de todos los tiempos.

Mis años me obligan a pararme y meditar y luego a decir lo que pienso porque para ello tengo la bula de la edad. Un amigo que he heredado de mis hijos me ha mandado unos vídeos de Morante de la Puebla con una faena en Pontevedra con un toro de Alcurrucén y vestido de negro y profuso bordado en plata, y otra en Huelva vestido de rojo y oro. ¡Qué momentos! Armonía, ductilidad, continuidad, improvisación, inspiración, discurso, silencio, musicalidad, más silencio, embobamiento… Pascual, el amigo, me hablaba del lujo del caviar y yo le conté la anécdota de Alfonso XIII y el Nuncio de Su Santidad que le reprochaba al Borbón sus infidelidades matrimoniales. A Don Alfonso no se le ocurrió otra cosa que invitar al Nuncio a comer todos los días en Palacio y todos los días le servían caviar, hasta que, harto de tal manjar, el embajador vaticano planteó su queja. – Majestad, todos los días caviar… A lo que el Rey contestó. – Pues, todos los días Reina…

Mezclado con los dos vídeos venían unas declaraciones de José Antonio Morante en el tono sosegado de los artistas impares. Comentaba su próxima aventura en Ronda con seis toros. Son días especiales y hay que sacar variedad, con el capote mi base es la verónica y la chicuelina, luego los remates, alguna larga y una arrebatada media. Que le divierte más el toreo en movimiento que la quietud, el color, el moverse y hacerlo lucidamente. Pienso, yo, en  Domingo Ortega, al que el de La Puebla estudia. Estudia y después improvisa. De las corridas de los mano a mano, una oportunidad más, interés añadido, de las esencias diferentes de Belmonte y Joselito, de Ordóñez, Antoñete o Paula. “De Paula he aprendido mucho y me ha enseñado mucho”, confiesa.

Hubo un tiempo en que se habló de la posibilidad de que Curro, el de Camas, don Francisco el de la Tello, lidiara un toro solo con el capote, cosa que ya se había planteado mucho antes con el sevillano Antonio Gallardo. Morante duda y se confiesa tradicionalista. Que surja lo que surja en el momento que sea, pero por su cauce, capote, muleta y espada. Sentimiento. Demostrar lo que llevas dentro y que el público se emocione. ¿Y miedo? Sí, sí, miedo a que me coja un toro. Un gran temor. ¡Qué ayudado por alto, señores! Esos es arte, lo que se recuerda pasado un tiempo. Hay que dejar pasar el tiempo. Y Pepe Luis confirmaba: “Arte es aquello que perdura”.

Otro amigo, José María Portillo, me ha enviado la tarde de Córdoba de Morante, también con el vestido negro bordado en plata, y por la que le han concedido el trofeo MITRHA, de plata también, un trofeo muy singular que representa una divinidad indoiraní, el dios de la luz solar o la Tauroctonia, un joven con gorro frigio matando con sus manos un toro de cuya sangre fluye la vida eterna. Un Teseo en versión oriental. Todo se lo merece la gran trayectoria artística de José Antonio Morante de la Puebla.

Pero es que me acuerdo de muchas cosas más de este tormentoso año “trecemundista”. De José Mari Manzanares en Nimes, por ejemplo. En otros tiempos, al alicantino le hubieran elevado a los altares por matar a tantos toros en la suerte de recibir, apenas sin tener en cuenta la profundidad de su toreo que salta sin romperse ni rasgarse las alambradas de las barreras de las plazas de toros. Que sea torero tan hondo y que culmine con tanto acierto la última suerte no sé si ha habido una “manita” de ellos. Yo recuerdo a dos, muy diferentes entre ellos y nada que ver con el hijo de Dols: Rafael Ortega y Paco Camino. Y me agarro a la realidad “in saecula saeculorum” de Ponce, más de dos décadas en dos siglos diferentes, único en nuestra historia y camino de las bodas de plata, la hondura de Miguel Ángel Perera o la fantasía improvisadora de Talavante, incluido su cante por fandangos. Como dice Morante, “es lo que surge en el momento”. Como lo que surgió una tarde en Zaragoza, en lo que iba a ser, a juicio de los sabios comentaristas modernos, una feria desastrosa. Lo de “Finito de Córdoba”. Ya lo sé, ya lo sé, el premio fue para Fandiño o para Padilla. Pero lo que se recuerda es lo de Juan Serrano, el cordobés nacido en Sabadell. Ya lo decía Pepe Luis: “lo  que perdura…”. Y yo me acuerdo del sexto toro de Peñajara que derribó a una mano, mejor, a un cuerno, de la preciosa corrida de Bañuelos, del cuarto de Núñez del Cuvillo y de dos toreros que tienen que sonar mucho más, a cántaros, como el llover, a trompetazos: Antonio Gaspar “Paulita” y Manuel Jesús Pérez Mota. Y hasta de un novillero que se llama Juan Torres y que se anuncia como “Juanito”, bullicioso.

Ciento setenta y tres matadores figuran en las estadísticas de la temporada y, al margen de los citados y el triunvirato de cabeza, Padilla, “El Fandi” y Fandiño, a mí se me vienen a la memoria una decena de diestros en los que se puede confiar y a los que se puede esperar: “El Juli”, largo y macizo, Sebastián Castella, inmutable, y Antonio Ferrera, en buenas manos y en adecuado progreso. Jiménez Fortes si no se achica ante tanta cogida, Joselito Adame, proyectado hacia el éxito en Madrid aunque tuvo que esperar hasta el mes de agosto, Manuel Escribano, también previo pago del tributo casi obligado, Juan del Álamo, calidad, Luis Bolívar con la garantía de su tierra colombiana, y Uceda Leal, torero completo al que le falta el decisivo empujón. Y en este año que ya se esconde bajo el manto de las hojas amarillas, sólo tres novilleros han tomado sus correspondientes alternativas en otras tantas plazas de primera: Pascual Javier en Valencia, Juan Leal en Nimes y Sebastián Ritter, del que tengo más referencias, en Madrid.


No hablo de José Tomás, el hipotético “SALVADOR” de la Fiesta según sus adoradores, porque él mismo ha renunciado a tal ministerio. Al heredero de Juan García “Mondeño”, la propia Fiesta se lo demandará porque, en la situación actual, sería necesario y aconsejable que acometiera semejante EPOPEYA. El mismo Tomás dijo que, para él, torear es vivir. ¡Viva, José Tomás!

jueves, 7 de noviembre de 2013

LA CASA DE CÓRDOBA DE MADRID

Conocí su domicilio social y su capital humano en 1961. Había fundado la revista “Fiesta Española” y, en una de sus primeras portadas denuncié a Antonio Bienvenida, Antonio Ordóñez y Manolo Vázquez como culpables del auge torero de Manuel Benítez. Dos cordobeses, Fernando Sánchez Murillo, de Cabra, “en mi pueblo el más tonto hace relojes y el más listo es ministro”, y José María Mialdea, de Montoro, en el viaje a Córdoba para la alternativa del de Palma del Río, “en llegando a Montoro, todo arreglado”, vieron la revista y acudieron a la redacción para conocerme. Nos hicimos amigos íntimos, compañeros de fatigas y compadres con Fernando, cuñado de Tito de San Bernardo y Manuel Luque y yerno de “El Aguardentero”. Mialdea se dedicaba al alto comercio y vendía “Gallina Blanca” al por mayor  y, algún tiempo, a asesorar a don Jorge Villén, propietario de la Editorial Escellicer fundada por José Maria Pemán. Ellos fueron los que nos llevaron a la Casa de Córdoba a mí y a mis compañeros de la redacción de “Fiesta Española”, a amigos y parientes. Allí casamos a mi primo José Luis Cerezo con Maribel y a Manolo Francisco Molés con Angelita Novo, ambas hijas de socios del centro regional cordobés. Y yo no lo hice porque me dieron calabazas.

El presidente de la Casa era el hermano del ministro José Solís Ruiz, “la sonrisa del Régimen”, ministro secretario del Movimiento y del Trabajo con Franco y también ministro tras su muerte, en 1975. El ambiente era muy familiar y en aquel lugar de Martínez Campos, en el 32, se reunían muchos cordobeses, pero también gentes de otros lugares como los Casas, los Novo, de procedencia gallega, de Ciudad Rodrigo o Aragón. Tenía un gran ambiente el bar que llevaba un ciudadano de Hornachuelos, casi mil kilómetros cuadrados extensión y cinco mil habitantes en la Sierra del mismo nombre, y su esposa. La Casa daba para reuniones de todo tipo, tertulias, partidas de cartas, conferencias o concursos de toreo de salón y entrega de los premios de San Isidro.

Recuerdo que en una de las conferencias – coloquio hubo un espectador colmenareño que le preguntó a Victoriano Valencia por lo que le había regalado “Joselito” al mayoral de la ganadería de Martínez el día de los siete toros de Madrid. ¿Usted lo sabe? – inquirió Victoriano. Yo sí – le contestó el inquisidor. -Entonces ¿por qué me lo pregunta? Dígalo usted. --Una petaca para los puros. Curiosidad satisfecha. Victoriano siempre ha sido un magnífico y agudo tertuliano.

Casi todas las tardes acudía a la Casa a tomarse su vinito el ínclito Madueño, taxista y versificador que también, como el ministro y su hermano el presidente, era de Cabra y que todavía no conocía la anécdota del ministro Solís y Torcuato Fernández- Miranda. -¿Para qué sirve el latín? -Pepe, para que a ti, que eres de Cabra, te llamen egabrense. Madueño lo arreglaba con este pareado cuando le hacían la pregunta: -En su mala intención lleva usted la penitencia, yo de Cabra, usted …

Se instituyeron los premios de la Feria de San Isidro que tenían como titulares a “Guerrita”, “Machaquito” y “Manolete” y que premiaban, y todavía premian, a diversos aspectos de las corridas de la Primera Feria del Mundo. El acto de entrega de los premios se celebraba en los jardines de la casona que fuera de don Niceto Alcalá-Zamora con un acto multitudinario y brillante, al que teníamos que asistir los miembros del jurado tocados con el sombrero cordobés que nos regaló la entidad, incluido don Carlos de Larra, “Curro Meloja”, el que durante tantos años fue el titular de la sección taurina de Radio Madrid. ¡Qué dirá don Curro esta noche! , le gritaba “El Ronquillo” desde el bajo del 7 cuando don Antonio (Bienvenida, se entiende) cuajaba una más de sus muchas tardes madrileñas.

Otro de los eventos taurinos que tuvo como escenario la sede de la Casa de Córdoba fue un Concurso de Toreo de Salón de 1963, al que acudieron aspirantes de todos los rincones de España. Se celebraba en los jardines de la casona los domingos por la mañana y formaban parte del jurado Pepe Valencia, tío de Victoriano, primer matador de toros de los cuatro de la familia de los Roger, Rafael Llorente, el torero de Barajas, el apoderado Juan Ramos que lo fue especialmente de Mario Cabré, el ganadero Higinio Luis Severino y mi padre, Benjamín Bentura “Barico”, periodista integral y alma de la revista “El Ruedo” desde antes de convertirse en publicación semanal y hasta que lo jubilaron para castigar mi osadía de publicar otra revista de toros. Yo me empeñaba en componer la figura con la muleta al final de la sesión, antes de los vinos de rigor y Botán inmortalizaba mi buen estilo al natural  con la izquierda. De aquellos aspirantes a la gloria torera recuerdo nombres de algunos que hasta llegaron a tomar la alternativa, aunque  mi amigo Manolo Cano, cordobés de nación, vocación y conducta, me animase en el empeño porque hasta era posible que lográramos descubrir a un par de buenos mozos de espadas. Sonaron algún tiempo Ignacio Castro y Rafael Gámez y llegaron a cierta altura profesional Aurelio Núñez, Curro Escarcena y Pascual Benegas. Hubo su prueba práctica en San Sebastián de los Reyes y el premio de un traje de luces, un capote de brega, muleta y otros adminículos toreros gracias al patrocinio de “Pedro Domecq, S.A.”. Como espectador especial, recuerdo a Fidel Perlado, un belmontista de hueso colorado que hasta llevaba una foto de su ídolo orinando. Hecha por la espalda, claro está. Por cierto que la foto que se publicó en la portada de “Fiesta Española” a la muerte del trianero de la Alameda de Hércules, estaba dedicada al señor Perlado y fue de tal impacto que creo que figura en la exposición de Sevilla que actualmente recuerda a “los dos más grandes”.  


La Casa de Córdoba tenía en esos años 60 un ambiente taurino muy especial y, además, contaba con el marco ideal de la casona de don Niceto, frente a la de Sorolla, hoy museo sorprendente, en Martínez Campos, entre Zurbano, en donde vivía de soltera la Reina Fabiola, y Fernández de la Hoz. Niceto Alcalá-Zamora y Torres nació en Priego de Córdoba el 6 de junio de 1877 y murió en Buenos Aires el 18 de febrero de 1949, fue un estudiante prodigio y llegó a presidir la I República como miembro del partido Liberal y Monárquico y también lo fue de la II República,  como socialista, desde el 2 de diciembre de 1931 hasta abril de 1936, cuando fue sustituido por Manuel Azaña ante las discrepancias del de Priego con sus compañeros de Gobierno. Fue un hombre brillante intelectualmente, políticamente sincero y, tras la guerra civil, se le respetaron sus excelencias y sus propiedades. Ahora, todos aquellos recuerdos son, creo, un complejo hostelero. ¡Cómo cambian los tiempos! O los hombres, aunque quieran seguir siendo humanos. ¡Ampáranos! arcángel San Rafael, el de las alas blancas, no como el de San Miguel, que en el pueblo de mi esposa lo representan con alas negras. ¿Las de Satán? La guerra de los arcángeles.