lunes, 3 de julio de 2017

LAS EMOCIONES DE UNA AFICIÓN SINGULAR


¿Cree usted, amigo mío (si no lo fuera no me leería), que la afición a los toros no es singular? Madrid, con sus más de treinta festejos diarios sin pausas ni descanso, nos lo demuestra. Setecientos mil asistentes. Dos semanas, las dos primeras y sin emociones elevadas, apuntalan esa singularidad y llega un día, el 25 de mayo, y los toros de Alcurrucén nos devuelven la esperanza. Esos toros y la confirmación de Ginés Marín, un torero nacido en Jerez y recriado en Extremadura y con el pellizco del duende que es lo que a mí me inspira: Pepe Luis, Curro, Paula, Morante … Me  gustan también los académicos: Domingo Ortega, Marcial, Armillita, Pepe Bienvenida, Luis Miguel, Gregorio Sánchez, Enrique Ponce … Los arrojados, la mayoría que llegaron o son figuras del toreo. Los orfebres del capote: Manolo Escudero, Mario Cabré, “El Calesero”, “El Boni”, Luis Parra, Alfonso Ordóñez, Fernando Cepeda, Chaves Flores, “Tito de San Bernardo”, “Bojilla” o Carretero. Los singulares: Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Lorenzo Garza, Rafael Ortega, Julio Aparicio, Manolo Vázquez,  César Girón, Manolo Dos Santos, Bernardó y Mondeño. Y los gitanos:  “Cagancho”, los “Gitanillo de Triana”, Albaicín, “El Caracol”, Juan Gálvez o Curro Díaz. El trío de Puerta, Camino y El Viti, el murciano Cascales, y los linarenses José Fuentes y Curro Vázquez, los tres de la cuadra de “El Pipo”. Dice Ventura Vagüés, en su obra “Historia de los Matadores de Toros”, “que están todos los que son; pero no son todos los que están”. Se refiere a que cita en esa obra a todos los toreros que tomaron la alternativa hasta junio de 1973 aunque algunos la recibieran sin perspectivas reales. Es cierto, ha habido muchos novilleros que tomaron la alternativa simplemente por la titulación, cómo yo me licencie en la carrera de Derecho y nunca ejercí la abogacía. Por eso he citado entre  los virtuosos del capote a toreros (diestros y subalternos) que, aunque no llegaron a destacar como matadores de toros o simplemente se quedaron en novilleros, sí dieron lecciones de toreo con el capote y se me permitirá que, como última pirueta de mis gustos artísticos, cite a “Miguelañez”, que encandilaba al público de Las Ventas con su toreo a una mano. Muchas veces me viene a la memoria el lance “a la cordobesa” que don Rafael Molina remataba con el capote sobre el hombro saliendo de la suerte. Yo creo que ahora hay unos cuantos diestros que serían capaces de emular el arte de “Lagartijo”: Uceda Leal, Miguel Ángel Perera, Julián López “El Juli”, Manzanares, Talavante, Cayetano Rivera o Roca Rey.
Allá por los años 50 del siglo pasado, cuando yo empecé a escribir en los periódicos, los sevillanos me hablaban de un torero, Antonio Gallardo, que era un fenómeno extraordinario con el capote. En su caso se le tenía que haber permitido no coger la muleta y rematar  la faena con la capa. Lo de matar ya era una cuestión muy complicada. No es el único caso. ¿Se fijaron ustedes como cogía Curro Romero las orejas que le entregaba el alguacil de Madrid o Sevilla? Con dos dedos y, en cuanto podía, se las entregaba a uno de los banderilleros que le acompañaban en la vuelta al rueda. Antonio Gallardo no llegó a tomar la alternativa y las únicas pruebas de su maravillosa verónicas, un par de fotografías, las vi en una taberna sevillana.
Estaba en Madrid, casi en la tercera semana de San Isidro. Pero llegó el tercer jueves del ciclo y se hizo de día. El pellizco de Ginés  Marín despertó a la afición y por la Puerta Grande lo zarandearon hasta su furgoneta. Una hombrera es el trofeo de los cofrades. Una reliquia. Luego vino Enrique Ponce con su lección magistral después de superar en número de toros lidiados y trofeos conseguidos a toda la larga lista de los que en el Mundo han sido toreros, mostrarse con una frescura y una técnica insuperables en dos faenas distintas porque distintos fueron sus dos toros y distintos son todos los toros. Quizá fue más profunda la del cuarto de Garci Grande porque el toro tenía más complicaciones que el que abrió plaza, pero en las dos la lección fue brillante y apropiada, factores que el de Chivas ha prodigado y prodiga en sus más de treinta años de profesional del toreo. Su dimensión se cuantificara cuando cuelgue en su armario el penúltimo traje de luces. ¿Qué es eso de que un torero pueda con todos los toros?
Y el quinto jueves (antes el jueves era día simpático, no había cole por la tarde y salían de paseo “las chicas de servir”) del pasado mes de mayo, también con toros de Alcurrucén, el triunfo de un torero que llevaba unas cuantas tardes en Madrid, que había cortado ocho orejas, pero que no había abierto todavía la Puerta Grande: Juan del Álamo. A este torero de Salamanca y, por tanto, muy puesto en la técnica lidiadora, yo lo recuerdo de su época de novillero y creo que una tarde en Santander. Pero no llegaba a explosionar con luces de todos los colores. Y su faena al tercero de Alcurrucen fue algo fantástico y la reacción del público madrileño unánime y perentoria: quería las dos orejas para el salmantino. El presidente se empecinó en su postura de no sacar el segundo pañuelo y en el sexto toro, toro con el que había de emplearse Juan a sangre y fuego,  en una lidia - lucha y con una eficacia poco brillante pero emocionante que convenció a los espectadores, que aprovecharon la ocasión para pedir la oreja negada que necesitaba el torero para franquear ese  portalón que lleva a la gloria. Fue una victoria del pueblo, democrática, porque, en los toros, los pañuelos son todos iguales y, en consecuencia, votos con el mismo valor. Juan del Álamo, estereotipo del torero ideal y clase templada en los campos charros.
No soy un fervoroso demócrata porque no creo que todos los hombres sean iguales y menos si se juntan con las mujeres. Y menos cuando nos gobiernan los partidos que todavía son de derechas e izquierdas, conservadores o liberales, anarquistas o revolucionarios. Y todavía en menor entidad cuando  someten a sus afiliados a la disciplina del voto. De la dictadura del hombre (en genérico) a la dictadura del partido (todos). “Otra vez el burro en las coles”.

MEMORIA

Temo que la noticia de toros salga en la portada de algunos periódicos o en los boletines informativos de radios y televisiones. Algo irreparable  ha sucedido en este nuestro mundo. Ocurrió hace unos días con la muerte de Iván Fandiño, vasco de nacimiento, apellido gallego y hecho torero en los campos de La Alcarria, en donde manda mi amigo José Luis Sedano, que fue a Madrid a vender queso y miel y se hizo novillero. Al cabo de los años tomó la alternativa en una playa del sur e invitó a sus amigos para que fueran testigos de su doctorado. Título y vuelta a la alforja. Se han cantado las virtudes de Fandiño, su lucha por destacar en la lidia de los toros, sus estocadas a lo Galán, el de Fuengirola nacido en la provincia de Córdoba…
Y ha muerto a los noventa años Gregorio Sánchez, toledano de Santa Olalla. Enjuto, fibroso, acero puro, valor de legionario y voluntad indomable. Se le recuerda por muchas cosas y sobre todo por esa corrida de Madrid a beneficio de los Auxilios Mutuos toreros  que lidió en solitario, cortó siete orejas y tardó, con vueltas al ruedo incluidas, cinco cuartos de hora, setenta y cinco minutos, en liquidar a los seis toros. Yo también lo recuerdo por una tarde en Zaragoza en la que cogió al caballo de su picador por las bridas y le obligó a picar otra vez aunque el presidente había cambiado el tercio. Luego se dejó coger para que don Carmelo no se lo llevara vestido de torero a la comisaría. ¿Quién manda en el ruedo? Todo un personaje. Don Gregorio, naturalmente. 

MUY PERSONAL

El que me conozca ya sabe de mi predilección por el lugar de Ejea de los Caballeros, cabeza de Las Cinco Villas de Aragón. También sabrá de las penurias toreras que padecemos en nuestra región, el jamón  entre los dos trozos de pan que son Cataluña y Vascongadas, y lo mucho que ha disminuido la actividad mayor torera aunque se mantengan los llamados festejos populares que fueron el sostén de la moderna corrida de toros diseñada a partir del toro bravo ejeano y la afición y el buen gusto goyesco. Corrida de la coronación de Carlos IV en la plaza Mayor de Madrid con toros de don Francisco Bentura y Pedro Romero, Joaquín Rodríguez “Costillares” y José Delgado “Pepe-Hillo”. 1789: Toma de la Bastilla, Revolución Francesa.
En la provincia de Zaragoza había ferias de entidad en Calatayud y Tarazona y novilladas en plazas de fábrica o de carros en Sos del Rey Católico, Tauste, Alagón, Zuera, Ricla, Cariñena, Illueca, Ateca, Ariza, Daroca y alguna más. En Huesca la actividad fue menor, casi circunscrita la actividad taurina  a la capital, a Barbastro y una plaza portátil en Jaca y en Teruel, quince plazas de toros y la capital presidida por “el torico”. Aquí, en Aragón, forjaron su futuro Diego Puerta, Paco Camino, Miguel Márquez, casi nada al aparato, y a Victoriano Valencia, en Sos del Rey Católico, al dar la vuelta al ruedo le regalaron un lomo de cerdo. Victoriano recuerda que, a menudo, su madre le preguntaba que cuando volvía a torear en Sos. Manuel Benítez “El Cordobés” le llamaba a Ejea “el pueblo del cura” porque en un novillo suyo, 1962, se lanzó al ruedo un espontáneo con sotana. Fue a partir de 1985 cuando  Ejea entró en el calendario taurino nacional y con dos figuras perennes universales, Enrique Ponce, pontífice máximo del toreo de a pie, y Pablo Hermoso de Mendoza, que hizo una exhibición de pantalón corto y de esta plaza pasó a la pantalla de televisión para demostrar que es el mejor torero de a caballo de todos los tiempos. Desde 1993 a 2008 fue continua la presencia de Ponce y Hermoso de Mendoza suma su veintinueve actuación en la Feria de este año.
El 27 de agosto, con toros de Antonio Bañuelos harén el paseíllo Alberto Álvarez, Cayetano, el torero con más solera, sobrino, hermano, hijo, nieto y biznieto de matadores de toros, y la gran novedad de la temporada, Andrés Roca Rey. El día 29 del mismo mes, toros de los Herederos de Luis Terrón para Pablo Hermoso, Andy Cartagena y el bilbilitano Mario Pérez Langa. El día 1 de septiembre, toros de Torrestrella (protagonistas del festejo más premiado de la historia de la plaza ejeana, 11 orejas y un rabo que se repartieron “El Renco”, “El Juli” y Jesús Millán el 5 de septiembre de 1998) para los populares y populosos Juan José Padilla y David Fandila “El Fandi” y el triunfador de la reciente Feria de San Isidro madrileña, Ginés Marín. Y cinco festejos más con recortadores con anillas, roscaderos, vaquillas y espectáculos de masas. Eso es lo que necesita la fiesta: mucha gente en la plaza. Una plaza cómoda y abierta, alegre y  bondadosa. Fiestas en Honor de la Virgen de la Oliva, patrona de Ejea de los Caballeros.

SENTIMENTAL

Siempre que hablo de Mario Cabré recuerdo a mi padre y la valiosa herencia que me dejó con la amistad de Mario Cabré. Su sobrino, Mario Gas, gente importante en el teatro y hombre-orquesta en la sinfonía teatral: lo hace todo. A Mario Gas le han hecho una entrevista en “EL SEMANAL” y le han preguntado por su madre, hermana de Cabré y casada con el bajo cantante Manuel Gas,  que además interpretó muchas películas, en especial, policíacas. ¿Cómo era su tío Mario ”el enamorado de Ava Gadner”:  “Sí, mi tío era una persona diferente a su imagen pública. Era muy culto, muy cariñoso, bondadoso y tierno. Cómo torero, Cossío le dedicó una página entera porque tenía una media verónica que pasó a la antología de los grandes pases”.
Bueno, la media verónica no es un pase, es un lance, y lo que marcó a Cabré no fue sólo la media verónica sino el quite entero que dio nombre a su pasodoble: “Manos bajas”. Y algunas cosas más, que por eso le motejaban de “polifacético” aunque tuviera una sola cara para  el amor y la amistad. Un catalán escribiendo poesía en español. Grande, grande …  

ESTRAMBOTE


No lo escribo en verso pero se lo merecía. Hablo del hecho ocurrido en la doliente Venezuela y el policía o militar Oscar Pérez, que voló en un autogiro y amenazó a Maduro. Hace muchos años, en los 50 del siglo pasado, cuando hice la mili en el campamento de “Robledo”, la montaña de “Mujer Muerta” y el llano “Amarillo, junto a “Villa Bragas” (Sección Femenina) de La Granja, estaba en mi compañía que mandaba el capitán Poeo, un Garrigues Walker, Joaquín, después ministro con Adolfo Suarez, nos contaba que iba a comprar un tanque para hacerle la guerra a Franco. Era una broma. Y lo de Venezuela parece que también. Lo bueno breve, dos veces bueno. En esta ocasión me he pasado. ¿Me quedará poco tiempo?    

lunes, 29 de mayo de 2017

EL CUADERNO DE BITÁCORA


Es asombrosa la capacidad y el conocimiento de Ignacio Álvarez Vara, más conocido por “Barquerito”. Digo lo de capacidad porque no se cansa de escribir y digo conocimiento por lo que nos  enseña a los que tenemos el privilegio de recibir sus crónicas en directo, en estos tiempos en los que tan difícil es encontrar en los diarios de España crónicas taurinas aunque las corridas relatadas y criticadas se lleven a cabo en plazas de primera, por ejemplo en Madrid o Sevilla, Valencia o Zaragoza de las que ya han abierto sus puertas a estas alturas de la temporada. Ignacio, además de soslayar ese tremendo hándicap que es el corto espacio de tiempo que hay entre el final de las corridas de hoy, pasan casi todas de las dos horas, y el cierre de los medios de difusión. Yo pienso que para enjuiciar un festejo hay que dormirlo y escribir al de siguiente, a la salida del Sol, con el olor de heno mojado y el canto repetitivo de los gorriones. Plácidamente, sin prisas, las prisas malas hasta para el amor (lo decía no sé quién y con verbo más contundente). Pero hoy en día la noticia es inmediata y deja de ser noticia cuando ya la han “tuiteado” todos los impacientes. Recuerdo que en mis tiempos de periodista siempre tratábamos de pisar las noticias a los demás y yo me apuraba en preguntarles a apoderados, empresarios y ganaderos las posibles combinaciones de los carteles de San Isidro. Alguna reconvención recibí del señor Jardón, don José María, en aquellos tiempos en los que la popularidad se le llevaba don Livinio, el inventor de la Feria más grande del Mundo. Don Nazario, don Niceto o don Alipio. Había un ganadero que se llamaba Abacuc, otro, Argimiro, y el miura salmantino, Graciliano. Salamanca, dorada al sol del verano y pulida al aire del invierno, era muy propensa a este tipo de nombres heredados. Aunque el hábito no hace al monje, el nombre puede condicionar al individuo. Un respeto por don Ignacio y su cuaderno de bitácora. Bitácora es el armario junto al timón del barco, donde se coloca la brújula. Estos días, “Barquerito” navega por las calles de Madrid. Luego el toro y, en su función, el torero. Temple, conocimiento, palabra justa y certera.

No todo es bello en este mundo taurino de nuestros pecados. Estamos de acuerdo que se puede hablar de todo y opinar conforme a nuestros gustos y afinidades. La cantada libertad de expresión siempre con la frontera de la educación y los buenos modos. Pero también con el plus de la oportunidad y la conveniencia. Me pareció que no era el momento conveniente para hacer un comentario contrario a la idoneidad y categoría de los carteles de San Isidro. Se está luchando por recuperar el favor de las gentes hacia la fiesta española y son muchos los enemigos a derrotar, últimamente hasta el deseo de algunos diputados podemitas para que se cambie el horario del único programa taurino de Televisión Española “Tendido O”, ahora en las 14 horas del sábado. Querrían llevarlo a las 3 de la madrugada para que no lo vean los niños.     

jueves, 25 de mayo de 2017

EL SILLÓN DE FELIPE II


No nací en Madrid, pero allá me llevaron con apenas unos meses de vida. Nací en Magallón, provincia de Zaragoza, villa de importancia lingüística puesto que allí quiso venir al mundo Lázaro Carreter, “el dardo de la palabra”. A mi padre, que se había licenciado en Filosofía y Letras, sección Historia, y que había preparado su doctorado en Madrid con Camón Aznar y Entrambasaguas, entre otros, le había destinado mi  abuela a su lugar natal, el mismo Magallón, en donde poseía tierras, bodega y prensa de aceite. Dos años de vida rural, aislados, como entonces se vivía en los pueblos, sin contacto con poetas, pintores, comediógrafos y escritores. No pudo más: se fue al Foro, ingresó en la Escuela de Periodismo de El Debate y nos llamó para que fuéramos a acompañarle. 1932. Mi hermana Gloria, un año mayor que yo, se quedó con los abuelos maternos en Ejea de los Caballeros y mi madre y yo nos trasladamos a la capital de España a bordo de un “amilcar” que tenía mi tío Mariano Félez,  pintor de cierto prestigio. Fuimos a vivir a la calle Modesto Lafuente y allí nacieron mis hermanas María Luisa y Caridad antes de que empezara la guerra. Tres años de ausencia entre San Sebastián y Ejea de los Caballeros y vuelta a Madrid en septiembre de 1939, a tiempo de asistir a la primera corrida de toros de mi vida: Las Ventas, confirmación de Manolete y Juanito Belmonte de manos de Marcial Lalanda y la presencia a caballo de don Juan Belmonte. Puede que yo sea el único superviviente de aquel acontecimiento. Hasta 1978, casi cuarenta de espectador en la plaza de toros del Nuevo Madrid.
Cuando vi a Don Juan Carlos sentarse en la delantera del Tendido Preferente, en uno de los sillones de piedra berroqueña, recordé las muchas ocasiones que en aquel lugar viví muchas tardes de toros en compañía de don Carlos de Larra “Curro Meloja”, crítico de Radio Madrid. Nuestras localidades estaban por encima de los sillones que en alguna ocasión ocupaba el general Millán Astray, el jefe de la Legión, al que le faltaban un brazo y un ojo. También acudía en días de poca concurrencia la hermana de “Antoñete”, casada con Parejo, el mayoral de la plaza que fue el que encauzó la reaparición de Chenel, cuando este le vio las orejas al lobo y dejó al margen sus veleidades juveniles. Aquellas localidades del Preferente, entre el tendido 2 y el 3, tenían un inconveniente para los exquisitos: olía a corral de vacas. A mí me gustaba aquel olor. Don  Carlos, bienvenidista de hueso colorado, tampoco se quejaba y cantaba con entusiasmo los éxitos de don Antonio, el torero más de Madrid aunque naciera en Caracas y se recriara en Sevilla. “El Ronquillo” preguntaba desde el otro lado de la plaza, en el 7: ¿Qué dirá esta noche “Curro Meloja”? Y don Carlos, descendiente de Mariano José de Larra, se complacía en el relato. En cierta ocasión me vestí de paje del Rey Melchor que representaba don Carlos en un reparto de juguetes que se celebró en el Círculo de Bellas Artes. Por entonces, 1951, ya me había iniciado en el periodismo taurino con las crónicas de las novilladas de Carabanchel, a casi veinte años del debut de mi padre en la misma plaza y en el mismo menester.
Mi amigo Ignacio Álvarez Vara, en el universo taurino que  Cañabate reducía a planeta, BARQUERITO, me decía hace unos días que Antonio Lorca le había regalado un ejemplar de su obra dedicada a Pepe Luis Vázquez y  escrita al alimón con Carlos Crivell, que en ella se me citaba a mí como Barico II, autor de una crónica de una corrida que se celebró en San Lorenzo del Escorial en ese año de mi debut, 1951, y en la que hablaba de la actuación del Rubio de San Bernardo. Lo de Sócrates lo dejo para los intelectuales aunque es posible que algo de socrático tuviera el mayor de los Vázquez en la forma serena y pacífica de vivir la vida en los ruedos y en su casa. Solo sé que no sé nada. Pepe Luis lo sabía todo del toro y le admiraban el resto de los toreros, sobre todo Manolete, con el que alternó ya de novillero en 1938, año de su presentación con picadores y en ciento y pico corridas. Decía el de Córdoba: “Si supiéramos de toros lo que sabe Pepe Luis no nos arrimaríamos a ninguno”. Hubo una anécdota no muy socrática cuando Pepe Luis, a la vuelta de Manolete de tierras de América, le invitó a torear una corrida de Miura en Sevilla. La respuesta socrática fue de Manolete: “Prefiero que me invite a unas gambas con un buen vino blanco”.
Veo las corridas de San Isidro por la parlanchina televisión y me sorprende el que de vez en cuando aparezcan en la pantalla unos números que corresponden a los tendidos de Las Ventas y unos letreros con la indicación del portón de cuadrillas, el arrastre o la puerta principal. En Madrid no necesito que me orienten y en el resto de las plazas, excepto Zaragoza, me da lo mismo porque ni por esas aprecio donde podía aposentarme. De Sevilla me recuerdan que los tendidos se suceden por un lado los pares y por otro los nones, la Puerta del Príncipe, el arrastre o las cuadrillas. ¿Sirve para algo esta información? ¿Ilustran a los aficionados los amplios parlamentos de los expertos? Siendo el arte del toreo más bien un sentimiento creo que lo importante es lo que uno percibe, que por desgracia – hablo por mí – en poco coincide con las sensaciones que transmiten una parte de los espectadores madrileños.
No han cambiado mucho esos espectadores y su ubicación en Las Ventas y hasta es posible que entre los actuales nos encontremos con un doble de “El Lupas” que en el circo pedía el castigo para los artistas y en su trabajo delinquía como un bellaco. “Justicia quiero y para mí no tengo”.
Dos cambios he notado respecto a mis ya lejanos tiempos de asiduo espectador ventero: el primero que el torilero ya no viste traje de luces y cumple su misión con el manido traje corto de los campesinos andaluces y en segundo lugar el caso del “chulo de banderillas”, que antes también se enfundaba en un traje de luces y ahora creo que no usa disfraz alguno. Son detalles sin importancia como el recibir a los toreros por la Puerta del Patio de Caballos para acudir a la capilla o a la salida de las cuadrillas y prestarse a docenas de esos llamados “selfis” que perpetúan el instante glorioso del ingreso del torero en el inquietante escenario de la lidia de los toros. Todo puede suceder.
Han cambiado muchas cosas más. Seguro que ya no está María Luisa que te colocaba en la solapa de tu chaqueta una preciosa azulina, el experto vendedor de libros taurinos o el presidente de la peña “El Puyazo” que llevaba uno de los bares de la planta baja, Cesar, el arenero pintor o el estudiante que se hizo monosabio, ni se reúnen los amigos frente a la entrada del Desolladero, ni se venden bombones helados en los tendidos ni en las entradas te advierten que durante la lidia no te puedes mover de tu localidad, había un repartidos expendedores que proveía de bebidas a los de las localidades bajas del 9 y el 10 y por las alturas se movían los más limitados que llevaban unos chalecos de cuero con el anuncio de Osborne, un departamento para los vasos y otro para la  botella de coñac que ofrecían entre toro y toro. Durante la lidia permanecían cerradas las puertas de los tenidos. Lo que no sé es como los que escalaban la fachada por los ladrillos salientes entraban después al tendido. En Madrid no servía ni el truco de la barra de hielo para el bar o el de la galleta tras la solapa de la chaqueta. ¿Y qué  haces luego con la galleta? Si tengo suerte me la como dentro y si no, me la como fuera. En una pequeña habitación fumaba habanos Manolo Cano y recibía a sus amistades, Juan Lamarca, Miguel Flores, el banderillero Pacorro, el de la imprenta, el sastre Fermín, ganaderos, apoderados o toreros retirados. Y lo controlaba todo.

UN CONSEJO.- Un gran cartel en Aranjuez el día 30 de mayo. Dos toros de Juan Pedro Domecq para Pepe Luis Vázquez, dos toros de Núñez del Cuvillo para Morante de la Puebla y dos de Garci-Grande para Julián López El Juli. Para  completar la jornada pueden comer en Casa Pablo  y saludar a su dueño, Pablo Guzmán, y darle recuerdos de mi parte. Y a Pablo Lozano, el empresario que organiza tal acontecimiento artístico. ¡Si yo tuviera veinte años menos …! Allí estaría, desde luego.      

domingo, 14 de mayo de 2017

NO PIERDO LA ESPERANDA


Muchas veces me acuerdo de don Manuel, del padre de los Bienvenida. Era un tipo curioso, simpático, conversador,  fabulador y enamoradizo. Por aquellos días en que le hice una amplia entrevista en su templo madrileño de General Mola vivía solo por cierta infidelidad a la que la esposa, doña Carmen, respondió con su ausencia de una docena de días en los que se fue a vivir a casa de su hijo Ángel Luis. Una joven y guapa cajera de la cafetería “Galatea”, en la esquina de General Mola con Alcalá, era el involuntario origen de aquella separación. Nuestra conversación tuvo matices de todos los colores, de la técnica en el toreo, de sus hijos, de la desgracia de su hijo Miguel, de la mala suerte de Manolo, de la maestría de Pepote, el mejor banderillero de los hermanos, de Ángel Luis y sus afanes aventureros, de su debilidad por Juanito y de la inconfundible Tauromaquia de la naturalidad escrita en sangre por don Antonio. Pocos años después, vueltas las aguas a su cauce matrimonial, don Manuel fue a ver a Antonio a la plaza de San Sebastián de los Reyes, septiembre de 1964. “Ya he visto torear, ya me puedo morir tranquilo”. Y se murió, se murió: el día 4 del inmediato mes de octubre. Once años después, el 7 de octubre de 1975, falleció su hijo Antonio como consecuencia de la voltereta que le propinó una utrera de Amelia Pérez Tabernero en la finca de El Escorial. Antonio Bienvenida era torero de Madrid y de su provincia, Las Ventas, Carabanchel, San Sebastián de los Reyes, Colmenar Viejo y Arganda del Rey, en donde se montaba una plaza de toros que cortaba la carretera y, entre novillo y novillo, se abrían las puertas para que continuaran viaje los vehículos retenidos durante la lidia del correspondiente utrero de ese festival que organizaba todos los años  la familia Bienvenida y que fue en el que “Manolete” puso un par de banderillas, el único de su carrera taurina del que se tiene constancia pública.
Y me acuerdo de “El Papa Negro” porque  en estos días he podido decir lo que afirmaba don Manuel: me puedo morir tranquilo, he visto torear. Y esta afirmación tiene su primer argumento en lo que Curro Díaz hizo en la plaza de Zaragoza el día 23 del pasado mes de abril. Antes había visto torear en el amplio sentido de la afirmación muchas veces. De chico y de joven, cuando con 19 años me inicié en la crónica taurina con el orgullo especial de haber asistido a una corrida en El Escorial con Pepe Luis, en tarde gloriosa en la que toreo por la mano izquierda con la muleta al revés, con los vuelos hacia dentro. A Pepín en la Beneficencia y su faena inmortalizada en la película de “Currito de la Cruz”, a Cagancho el día en que la princesa Soraya estuvo en la plaza de Madrid, Luis Miguel, al propio Antonio Bienvenida, Julio Aparicio, Manolo Vázquez que puso el toreo de frente, Rafael Ortega o Antonio Ordóñez, los desconocidos Aguado de Castro, Frasquito, Codeseda o Luis Alfonso Garcés, y los más conocidos Cesar Girón, Antoñete o Juan Silveti, los artistas, el hijo de Chicuelo, Curro Romero o Rafael de Paula, el triunvirato Puerta, Camino y El Viti y el senequismo elegante y personal de Mondeño, Juan García, el cuarto Mosquetero aunque naciera en Puerto Real, Cádiz.
Y no sigo porque va a perecer esta relación un listín telefónico de los toreros que me  han dicho algo. Muchos, por fortuna. Y mientras tanto lo he pensado bien y le he pedido a la Divina Providencia lo que le pedía Andrés Segovia hace unos años: que me deje aquí un ratico más porque, pese a los disgusto que me llevo puesto que  no veo claro el porvenir de mis hijos y de mis nietos, me encuentro muy a gusto. Había sido feliz con la confirmación artística del gitano linarense en Zaragoza. Tras la muerte de Manolete en la plaza de Linares, escenario de docena de elegías dedicadas al “monstruo” de Córdoba, en ese lugar nacieron, además del fugaz Víctor Quesada, José Fuentes, Sebastián Palomo y Curro Vázquez con  canciones del eterno Raphael. Buen programa.

De  Zaragoza pasamos a la Feria de Sevilla y allí también vimos torear pese a los muchos toros descastados que salieron por lo chiqueros. Cuando apareció la casta surgió un torero que confirmó mi teoría de que la edad es el buqué de los toreros y uno que, tras colocar los palos en los rubios del toro, daba un salto tocándose la punta de las zapatillas con los dedos de sus manos se asentó en el albero maestrante y lidió a un toro de Victorino Martín en la línea del maestro de Borox, sobre las piernas y con el preciso y precioso juego de sus brazos. Una completa labor desde el primer capotazo al último pase de muleta y una sincronía y un dominio impares. Mereció las orejas y el rabo que yo, en mi fuero interno, le concedo a Antonio Ferrera sin ningún atisbo de rubor. Aunque, en realidad, para mí los despojos no tienen significación artística. Otro torero que no ha cortado orejas ni ha dado una vuelta al ruedo ha sido Morante de la Puebla y, sin embargo, yo creo que ha estado en su sitio en los ocho toros que ha matado en la Feria abrileña consumada en la primera semana de mayo. Los cuatro toros de Nuñez del Cuvillo tan descastados como los otros cuatro de los otros ganaderos. Pero el de la Puebla demostró la amplitud de sus virtudes toreras, que es el torero enclavado en la orden de los artistas más largo de los que en el mundo han sido. En el toro que se despedía de esta Feria hasta puso banderillas para recordar a los incrédulos que no hay suerte torera que tenga secretos para su bien amueblada y engominada cabeza. Fueron tres pares de fácil ejecución y el detalle de un recorte para cortar el viaje del toro. ¡Torero! Más fácil defensa tiene Manzanares que posee la llave del éxito en su sentido barroco del toreo y en la consumación de la llamada “suerte suprema”. Fácil también el reseñar el éxito de Andrés Roca Rey porque torea con la misma verdad por delante y por la espalda y porque su valor está a prueba de balas. Es de pura ley. Y como glorioso colofón, la alegría del éxito del discípulo de Manolo Cortés en la corrida que cerró el ciclo sevillano. Sendas orejas de los toros de Miura que lidio Pepe Moral en esa tarde. ¿Cómo quieren que me vaya ahora? Hace años, Jesús Rodríguez “El Chato de Ronda”, un fotógrafo que siguió la estela del gran Arjona sevillano, le decía a la gente pesimista que el toreo no se acabaría mientras hubiera mujeres hispanas que trajeran al mundo muchachos capaces de vestir al traje de luces y crear arte en la lidia de los toros bravos. Esa es la esencia del toreo.      

domingo, 16 de abril de 2017

PICASSO Y THE BEATLESS



Son temas que me atraen: Goya, Hemingway, Teseo y el rapto de Europa, Picasso y el Guernica. Y siempre recuerdo lo que le dijo Dalí a su compañero al margen del famoso comienzo de su charla en el Ateneo de Madrid: “Picasso es un genio; yo también. Picasso es comunista; yo tampoco”. El ingenio daliniano no era discursivo. Era tajante, golpeador, como rayos que despedían sus engominados e inhiestos bigotes. Era un gran dibujante. Quizás el malagueño fuera mucho más grande. Por eso desdibujaba tan violentamente y el llamado y ochentón “Guernica” es un desdibujo apabullante, el toro, el caballo, el hijo muerto, las manos deformadas a lo Oswaldo Guayasamin, la bombilla y el quinqué, las bocas abiertas y las lenguas como puntas de lanzas, las cabezas proyectadas hacia el centro y la muerte adivinada en diversos signos, sobre todo en la calavera que hace de morro del caballo. Estaba en esos pensamientos cuando  leí en la contraportada de ABC una columna de Ignacio Ruiz-Quintano, amplísimo archivo de dichos y sus autores, en el que contaba que el amigo que abastecía a Picasso de percebes coruñeses de veinticinco uñas decía que “el Guernica es sólo una corrida de toros inspirada en la muerte de Sánchez Mejías”. Entonces se tranquilizó mi conciencia porque a mí este cuadro en blanco, grises y negros, me pareció feo y me vino a la memoria esa otra memoria  de Dalí y que apuntaba al principio, en la que le agradecía a su compañero el haber pintado y dibujado todo lo feo que había en este mundo. “Gracias, Pablo”. Lo cierto es que no acabó con el feísmo y todavía se han visto cosas más feas como obras de arte y muchas instalaciones como si fueran esculturas de García Condoy o Pablo Gargallo. O hasta Rodín y Miguel Angel.
En esa misma columna, Ruiz-Quintano  citaba al pintor Malevich y sus cuadros en negro total (ausencia de color), al que yo añado a Mark Rothko, rectángulos de todos los colores y uno solo blanco (conjunto de todos ellos) y mi recuerdo al actor José María Flotats, todo vestido de blanco, al que admiré en 1998 en la interpretación de la obra “Arte”, de Yasmina Reza, con el fondo albo de una tela sin mancha. Fue en el teatro Marquina de Madrid, cerca del café “Gijón”. Curioso que Rothko fuese de origen letón y que Malevich fuera ruso y creara el estilo  de pintura del “suprematismo” en plena revolución bolchevique. Más curioso todavía que las obras de arte de ambos haya que explicarlas y se conviertan en sentimientos de los que las contemplan. Si usted, espectador, no ve nada es porque le falta sensibilidad. El caso es que ante las Meninas, los fusilamientos del 3 de mayo en la Moncloa de Madrid o el entierro del Conde Orgaz siento un temblor interno sin que nadie me lo tenga que explicar.
Me pasa también con la música. En la COPE, uno de los habituales y pródigos tertulianos hablaba de los “The Beatles” y la mejor música que el locutor había escuchado en su vida. A mí me vinieron a la memoria Johann Sebastián Bach y Wolfgang Amadeus Mozart  y, por arrimar la sardina a mi ascua, las voces de Miguel Fleta y Plácido Domingo. Me pueden gustar unos y otros, pero, en cuanto a significación artística, no creo que puedan equipararse. Hay músicas de las que entiendo muy poco, flamenco y jazz, y me llenan de placidez cuando las escucho. El caso es que el que hablaba por la COPE recordó cuando los de Liverpool vinieron a España en julio de 1965 y actuaron en Madrid y Barcelona, en sus plazas de toros, y bajaron del avión en Barajas tocados por sendas monteras  toreras. Los Paul Mc Cartney, George Harrison, John Lennon y Ringo Starr hoy no lo harían por temor a las huestes anti-taurinas. Como Madonna no se metería en una chaquetilla bordada en oro, se tocaría con prenda torera y haría  un vídeo con diestro parlante Emilio Muñoz.
Son tantos los ejemplos que nos vinculan con el toro y su lidia que el propio John Lennon, antes de venir a España, publicó un libro, “Spaniard in the Works”, con una portada en la que aparecía con capa y sombrero andaluces. Y a alguien se le ocurrió que Manuel Benítez, en plena efervescencia cordobesista, se hiciera una fotografía con los británicos por aquello de que a estos se les conocía también por su peculiar peinado con frequillo y al torero algunos le llamaban “El Pelos”. Una amiga mía, María Pilar, una de las primeras críticas de toros (creo que sólo le precedió en esa actividad madame Cantier, directora de “Toros” de Nimes), le hizo al de Córdoba una entrevista iluminada con una foto en la que ella le peinaba sus largos y enmarañados cabellos. La foto buscada, la de “El Cordobés” con los “The Beatlees”,  no se pudo hacer porque el famoso cuarteto descansaba de sus ruidosas correrías.
Muchos años antes, 1923, “Papa Ernesto”, el Hemingway, famoso novelista y combatiente en la Primera Guerra Mundial¸ vino a España por recomendación de Gertrude Steín, a quién retrató en París, en 1906, Pablo Picasso. El novelista había visto toros en la frontera de México y Estados Unidos y la Stein le convenció para que viera toros en Madrid. Su primera corrida en la capital fue en mayo de ese año de 1923 y con un cartel en el que figuraban dos aragoneses,  Braulio Lausín “Gitanillo” y Nicanor Villalta y el sevillano “Chicuelo”. Después vendría toda su enorme obra,  su especial atención a los toros en  “Fiesta” con Cayetano “Niño de la Palma”, Pamplona y su peculiar modo de vivir los toros, lo que llevó a reconocerle como su gran divulgador y colocarlo a la entrada de los encierros en la plaza en bronce sobre piedra. “Muerte en la tarde” y “El verano sangriento” son otros dos relatos sobre la fiesta, el primero como amplio resumen de la historia del toreo y sus protagonistas y el segundo como minuciosa crónica del buscado encuentro en los ruedos de Luis Miguel y su cuñado Ordóñez. Lo malo fueron las primeras traducciones de ambos textos.
Todo ello contribuye a la supervivencia de la fiesta española, más española cuanto más internacional y, aunque ese tremendo cartel de propaganda que cumple ahora 80 años busque sus argumentos en un bombardeo, algunos expertos aseguren que el rabo del toro, a la izquierda del monumental cuadro, es una columna de humo de las explosiones, y que Goya era anti-taurino, me fío más de los argumentos en contrario. Comparan los “Desastres de la guerra” goyescos con su “Tauromaquia”, que no es tal tauromaquia sino un relato histórico y un recuerdo personal. De la afición a los toros de Goya tenemos pruebas escritas, amistades, actividades y recuerdos tangibles de esa su inclinación hasta su postrer estancia en Burdeos. Todo alrededor del de Fuendetodos nos lleva a resultados completamente opuestos a los afirmados por ciertas autoridades del conocimiento pictórico. El hombre siempre es el más importante

Para rematar está barroca faena quiero fijarme en un hecho prometedor: el Domingo de Ramos hubo en Madrid, Las Ventas,  casi 18 mil espectadores. Se lidiaban, es cierto, seis toros de Victorino, pero la terna de toreros no era de relumbrón. Tres cuartos de plaza. La publicidad ha sido insistente, eficaz y original. Páginas y páginas con las caricaturas de los Martín, padre e hijo. Ha respondido la gente. Buen tanto el que se ha apuntado Simón Casas. Para San Jorge, en Zaragoza también nos prepara el de Nimes un aceptable programa. Me gusta ver al gitano Curro Díez y el “sevillano” Ginés Marín en el mismo cartel. Supongo que la publicidad moverá conciencias. No queda más remedio que agitar a las masas en estos tiempos de atonía informativa. Y eso que en TV. E. al mediodía, nos ponen casi a diario al hijo de la Pantoja y “Paquirri”,  a su hermana, a Ortega Cano y su hijo, a Manuel Benítez y su hijo Manuel Díaz, ambos conocidos con el mismo seudónimo, a Bustamante y Bisbal. Estos dos como cantantes predilectos del medio. No sé cómo no se rebelan el resto de las mozas y mozos que se dedican al “bel canto”. Yo también quiero cantar en la televisión de España.     

miércoles, 5 de abril de 2017

DOS MATADORES DE TOROS … Y MUCHOS MÁS


En días cercanos, dos matadores de toros han fallecido, Pepe Ordóñez y Manolo Cortés. De Ordóñez no se han prodigado los panegíricos ni las escuetas esquelas. Sí de Manolo Cortés. En este caso con fallos estrepitosos al decir que nació en Ginés, con acento en la e, y su supuesta  ascendencia gitana. Su pueblo sevillano es Gines y su ascendencia, paya. ¿Parecía gitano? Pues, sí, tenía la tez verde aceituna, pelo negro e inspiración calé cuando toreaba por “templarias”. El don del temple es muy característico del arte caló. En caló nos hablaba también Curro, el payo de Camas. Y Manolo, el de Gines, tuvo continuidad en otra paisano suyo, Cepeda, que rige los destinos artísticos del extremeño Miguel Ángel Perera, también torero activo y de importancia.
Mi amigo José María, “El Hombre Tranquilo”, presidente de la peña El Castoreño de Córdoba, me ameniza la existencia  con música de lo más variada y, para rebatir mi teoría de que las hijas del primer matrimonio de doña Angustias eran hermanastras de “Manolete”, me cuenta una anécdota de Pedro Martínez “Pedrés” cuando le apoderaba don José “Camará” y le hablaba de los toreros cordobeses: “Hombre, don José, ya sé que los toreros de Córdoba son los mejores toreros del mundo, que no hay más toreros que los de Córdoba, pero que no se le olvide que “Manolete” se coció en un puchero de Albacete”. Doña Angustías era paisana de “Pedrés” y Dámaso González, del que el sabio y silencioso hombre de las gafas oscuras, manoletinas, decía que tenía la misma mirada que el Monstruo cordobés.
Tenía sus razones para afirmar la primacía de los toreros cordobeses porque del grupo selecto que forman los toreros que han mandado en el toreo a lo largo de los tiempos, Pedro Romero, “Costillares” y “Pepe-Hillo”, único triunvirato de estos últimos cuatro siglos, “Paquiro”, “Lagartijo” y “Frascuelo”, “Guerrita”, “Joselito” y Belmonte, “Manolete” y “El Cordobés”, cuatro son nacidos en Córdoba. A la lista de los mandones habría que añadir el nombre de José Tomás, pero él mismo ha abdicado de tal poder y se conforma con un pirulí de la Habana cuando podía empuñar en su mano la torre Eifel de París. Y cuando hablo de mandones no me refiero a que hayan sido los mejores toreros de cada época y menos aun los que sumaron el mayor número de corridas de cada temporada. Bastará con unos cuantos ejemplos: “Litri”, Curro Girón, “Espartaco”, “Jesulín de Ubrique o “El Fandi” en nuestros días. Tampoco me refiero a otros diestros de gran categoría como “El Chiclanero”, Fuentes, “Bombita” y “Machaquito”, los Bienvenida, Domingo Ortega, Marcial, Domingo Ortega, Pepe Luis, Julio Aparicio, Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez,el otro triunvirato, Puerta, Camino y “El Viti”, “Paquirri” o “El Yiyo” como póstumo homenaje a los que dieron su vida a cambio de la purificación de la fiesta. Hablaría del santanderino Félix Rodríguez, al que no vi actuar, pero del que me habló maravillas Curro Caro, del genial Victoriano de la Serna, al que conocí en el café “Riesgo” de la calle Peligros de Madrid, de “Cagancho” y “Curro Puya” y el resto de los gitanos que en el toreo han sido, de Manolo Escudero orfebre de la verónica, elegante y desafortunado cuando un toro le atravesó el pecho en San Sebastián, Pepín Martín Vázquez, del que se conserva una de sus mejores faenas en la plaza de Las Ventas gracias a la película de “Currito de la Cruz”, de Rafael Ortega al que solo le faltó la percha porque lo tenía todo, capote, muleta y espada, ¿la mejor?, el murciano Manolo Cascales y su mala cabeza y Victoriano Valencia, nieto del banderillero que iba con “El Espartero” el día que le cogió el toro de Miura en Madrid. Para hablar de Victoriano baste con señalar cuatro nombres de toros: “Carpeto”, novillo de Palha, 1958, “Talaverano”, de Samuel Flores, 1960, “Malvaloco”, de Bohórquez, 1961, y “Arábica”, del Conde de la Corte y al que mató de media estocada y los cortó las dos orejas. Todos ellos en Madrid. En los otros tres, vueltas por pinchar antes de la estocada. A Victoriano se le conocía por “el torero de las faenas memorables”. Cuatro faenas memorables en Madrid valen el peso en oro de esos cuatro toros de Palha, Samuel Flores, Fermín Bohórquez y Conde de la Corte. Y recordaría otros nombres como el de “Mondeño”, “Antoñete”, José Fuentes, Ángel Teruel, Miguel Márquez y un cartel mexicano en el que juntaría a Gaona, los Armillita, Garza, El Soldado, los Rivera, los Calesero, los “Mosqueteros”, Silverio o Arruza. Y, en el escalafón banderillero, mi paisano Pinturas, con “Manolete” y “El Viti”, “Michelín el del garfio a las narices del toro, Chaves Flores, “el tercer hombre” frente a la pareja Aparico-Litri, “Tito de San Bernardo”, los “Boni”, Luis  Parra, Julio Pérez “Vito”,  “Miguelañez”, “Bojilla” y mi especial recuerdo para “Joaquinillo”, que fue un banderillero de primera y tuvo que acabar sus días como mozo de espadas de Fuentes, el de “Linares se lo llevó y Linares nos lo devuelve”. Lástima.
Mi recuerdo para Pepe Ordóñez como torero que fue y como miembro de una saga torera que puede que sea una de las más extensas de la historia del toreo puesto que la familia Ordóñez se unió a la de los Dominguín con las dos Carmina, madre e hija; otra Dominguín, hija de Domingo, con Curro Vázquez y una hermana de esta con Paco Alcalde. Otra Dominguín con Ángel Teruel. Y Belén Ordóñez lo hizo con Juan Carlos Beca Belmonte, nieto de Juan Belmonte. Explosión torera aunque no hay señales de continuidad. Mal asunto.

La clave de nuestro futuro no está en los despachos y los políticos. La clave está en el campo donde se cría el toro y en el vientre de las madres que traen al mundo seres capaces de crear arte con la embestida de un toro bravo. Y esto último no se aprende. También los buenos aficionados nacen. Hace muchos años, en un programa de televisión en el que intervenía Luis Miguel Dominguín, una aficionada le argumentó que una señora que dirigía un programa taurino tenía que saber muchísimo de toros porque viajaba mucho y veía muchas corridas. Luis Miguel, rápido, centelleante, le contestó: “Yo tengo una maleta que viene siempre conmigo y todavía no sabe nada”. Todo esto viene del cielo. “Y puesto que al cielo vamos, bebamos”. ¡Va por ustedes!

domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE-COGEDOR


Se celebraba EL DÍA DE LA RADIO y Carlos Herrera citó en su estudio de la COPE a tres de sus más ilustres predecesores, Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo y José María García. Se lo pasaron muy bien y estuvieron pendientes de las maldades de Butanito. Recordó el García cuando estuvo en el vespertino PUEBLO, en la sección de Deportes, a la que un ilustre redactor-jefe llamaba Butanito y los siete enanitos, que en aquellos tiempos todas las secciones de crítica estaban vendidas, los toros, el cine, el teatro, los deportes y demás y que el sobre era la retribución indirecta más extendida en muchos de los medios de comunicación. Días después de esta reunión de pastores parlantes, en las páginas de MUNDO, Emilia Landaluce, en el repaso que hace del libro que firma Concha Márquez Piquer y que titula YO MISMA, cita a Rita Barberá, el surrealista proceso de nulidad matrimonial que inició Curro Romero y de la muerte de su hija Coral en accidente de circulación en Estados Unidos, de su madre, doña Concha, de Picasso y ¡del sobre!  “Había temporadas en que Curro toreaba mucho y, al final de ellas, seguramente le quedaba menos dinero que lo que se llevaban todos esos innobles periodistas que cobraban en cada corrida por partida triple (a sobre por matador)”.
Primera premisa: Curro Romero nunca sumó muchas corridas cada temporada. Veinte o treinta, cinco en 1969, siete en 1970 y seis en 1983. Téngase en cuenta que a Romero le cogieron los toros de cierta gravedad y que, en su especial forma de ser, hubo años en que dudo de mantenerse en los ruedos. Recuerdo con  especial tristeza lo sucedido en Madrid en el mes de julio de 1987, cuando un espectador bajó al ruedo y lo derribó. Aquel día admiré su equilibrio porque llevaba la espada en su mano derecha. Como excepción, en 1973 pasó de las cuarenta corridas. La media, veintitantas corridas al año hasta sumar en 41 años unos 900 festejos. Sus dos escenarios favoritos, Madrid (Las Ventas, siete salidas a hombros) y Sevilla (La Maestranza, cuatro Puertas del Príncipe). La señora Márquez Piquer habla de innobles periodistas. Periodistas, pocos. Mi padre escribió un artículo que se publicó en Fiesta Española y que ponía el dedo en la llaga: la culpa la tenían las empresas periodísticas, las del papel y las del éter, que cobraban a sus colaboradores los espacios dedicados a la crónica taurina. “Selipe” (cada crítica, un acta notarial)  se dio de baja como suscriptor de Fiesta Española, revista que yo fundé porque no encontraba medio en el que ejercer la crítica sin pagar. Luego me embargaron parte de mi sueldo durante cinco años para saldar las deudas de la belicosa revista y eso que tuve la suerte de la aparición en los ruedos de Manuel Benítez y que sus partidarios la compraban para utilizarla en sus aseos. La polémica estaba servida. Había fiebre partidista: Curro, “El Niño Sabio”, “Diego Valor”, “S. M.” de Vitigudino”, los reaparecidos Pepe Luis y Manolo Vázquez  y los clásicos Bienvenida, Ordóñez, Rafael Ortega, el más completo y peor figura), el pequeño de los Dominguin y algunos que llegaban del otro lado del Atlántico como el hijo de Fermín Espinosa, Rivera y “El Calesero” o “El Imposible”,  Manolo Martínez, los Girón venezolanos  y los periódicos y las radios con espacios taurinos. El empeño de Fiesta Española en la desaparición del sobre  tuvo como consecuencia la desaparición de la información de toros. Así estamos ahora
Concha Márquez Piquer dice que un día se sentó con Curro y le dijo “Mira, si cortas orejas tienen que decir por narices que las has cortado, y si has quedado mal ¿qué más te da que lo digan con suavidad o intenten justificarte diciendo que te ha salido un toro malo”. Consecuencia, según Conchín Márquez (el torero de su madre era rubio como la cerveza): “Lo entendió y se acabó el sobre”. Los gordos, los poderosos, siguieron con los acuerdos financieros a gran escala, vía mercantil, y la cuesta abajo del populismo ha dado alas al pesimismo antropológico taurino. Quedan pocos espacios para los toros y hay mucho dinero para mascotas y animalistas.

Recuerdo a Curro Romero con íntimo deleite. Y un par de anécdotas. Una en Sevilla. A mi lado estaba Picoco, palmero de la Lola Flores; delante de nosotros, los hermanos de Espartaco. Y Picoco venga a echarle piropos a Curro hasta que uno de los hermanos del de Espartinas se volvió hacia él y le dijo ¿Es usted mucho de Curro? ¿Qué si soy de Curro? Vamos, que se muere mi padre y torea Curro en Sevilla y les digo a mis parientes que vayan llorando que aluego vuelvo yo. Sonrisas y buen ambiente. La otra fue en Badajoz, cuando Curro decidió cortar la temporada. Mes de junio y una temporada bastante intensa. Justificación: “Es que torear todos los días no es torear. Es trabajar”. Curro es un torero corto, pero exquisito. Fue a México y ligó un quite por verónicas y Carlos León le escribió una carta a un ramo de rosas. Cuando se despidió “Mondeño” se le ecribió al Papa. Distinto era Paula porque era gitano aunque no cantara flamenco como Curro (villancicos con Antoñete y Rafael Vega de los Reyes de palmero) A Curro nunca le vi dar una chicuelina o una manoletina. No le gustaba perderle la cara al toro. Por eso mataba a paso de banderillas. Y le tenía Fe a Canorea. En enero del último año del siglo XX  murieron María de las Mercedes, madre de Don Juan Carlos y romerista, y el empresario de Sevilla, no menos romerista. Su “niño” tenía música. Un día del Corpus, Diodoro le dejó la Maestranza al de Camas a veinte duros por entrada vendida. 800 mil calandas y Manolo Cano de apoderado. Eduardo, el hijo de Diodoro, les negó el coso maestrante a Curro y Morante para torear un festival en octubre de ese año 2000. Lo torearon en La Algaba el 22 de octubre y por la noche el Faraón le confesó a Fernández Román que se retiraba definitivamente. En el mes de diciembre siguiente cumplió 67 años, 41 como matador de toros en activo. El arte vive más que el valor o la técnica. Loado sea.   

domingo, 26 de febrero de 2017

MANO A MANO EN EL CIELO


Una joya publicada en por la Unión de Bibliófilos Taurinos a finales del año pasado con el sugerente título de “MONTES Y PEPE HILLO, juguete literario-crítico-filosófico acerca de las funciones de toros”, por A. GARCÍA TEJERO. Introducción de Manuel José Pons Gil. Un grabado en miniatura del salto a la garrocha y doscientos ejemplares en facsímil y numerados. Un privilegio. En el título ya se aprecia el favor de García Tejero hacia Francisco Montes Paquiro cuando lo pone por delante de José Delgado Pepe Hillo, autor también de una “Tauromaquia” aunque fuera un torero más pasional que reflexivo. Delgado firmó la obra pero no la escribió. Se asegura que fue su autor don José de la Tixera. En el caso de Montes no se han planteado dudas de su autoría por que se le consideraba mucho más diestro y con  más amplios conocimientos que el sevillano. Montes planteó muchas mejoras en el orden y las cuadrillas de la lidia, la indumentaria del torero, montera y caliqueño entre sus dedos antes del paseíllo, inspiración para Morante, la pañoleta o la nuca poblada de recio cabello y conocimiento de los toros. Una bella estampa la del chiclanero. La disputa con su paisano José Redondo, su protegido, doctorado y confirmado sin llegar a superarle porque Montes era mucho Montes. Redondo, como su apellido, era excepcional con las banderillas y la espada y Paquiro con la muleta. Pero José Redondo, apodado El Chiclanero, si superó a Cuchares puesto que, como dice Don Ventura , su arte era más verdad que el de Francisco Arjona. Claro es que el toreo quedó como “el arte de Cúchares”. También asegura Ventura Bagües Don Ventura que José Delgado se rendía al culto de Venus y Baco, vivió muy deprisa y murió a consecuencia de una tuberculosis cuando pretendía actuar en la inauguración de la temporada de Madrid el 28 de marzo de 1853 e intentaba vestir el traje de luces en la posada madrileña en la que se hospedaba. El relato, con el sonido callejero de los aficionados que acudían a la plaza, es impresionante. Cúchares  le decía a su esposa que preparara el puchero para las ocho de la noche porque su marido era de los que podía asegurar que volvían a cenar a casa después de la corrida. Hoy le gritarían lo de ¡pico, pico! Pero en 1868, con 50 años, se fue a torear a La Habana y murió víctima del vómito negro. Al final tenía razón aquel aficionado que un día me dijo en un tendido de la plaza de Zaragoza que el buen torero es el que engaña al toro sin engañar al público.
García Tejero era partidario y puede que amigo de Julián Casas El Salmantino y a él le dedica su obra en un momento en el que se dan buenos toreros como Cúchares y Cayetano Sanz, pero no figuras indiscutibles como lo sería años después Rafael Guerra Guerrita. Nació Julián Casas en Béjar el año 1816 (Cossío dice que dos años más tarde y otros que en 1815, Don Ventura el 16 de febrero de 1816, el año pasado se cumplió su bicentenario por estas fechas del febrerillo loco) y, en principio, no pensó en la tauromaquia puesto que su padre era oficial del Ejercito y su madre tenía una fábrica de paños de esos que prestigiaban la industria telar de Béjar. Pero murieron sus progenitores y Julián abandonó la carrera de Medicina que había iniciado en Salamanca y siguió la más azarosa del toreo protegido por el ganadero Joaquín Mazpule y el empresario de Madrid Antonio Palacios. Y en Madrid prodigó sus actuaciones como banderillero hasta que el 5 de julio de 1846 alternó con el sevillano Pedro Sánchez Noteveas y a partir de esa fecha se le consideró matador de toros y se encontró muchas tarde con Cúchares, aunque siempre se mantuvo en una medianía distinguida. Hizo un viaje a Perú en 1870 y, a su regreso, se retiró a su tierra y formó una ganadería de reses bravas. Así seguía en enero de 1878, cuando contrajo nupcias Alfonso XII con Mercedes de Orleans y le pidieron que tomara parte en los festejos que se organizaron por tal acontecimiento. En la corrida del 25 de enero de ese año de 1878, con casi 62 años, mató un toro de Justo Hernández. Murió el 13 de agosto de 1882.
La obra de García Tejero se publicó en 1851. Pepe Hillo murió en 1801; Montes, en 1851, medio siglo después; Cúchares, en 1868 y El Chiclanero, en 1853.El autor justifica la fiesta de los toros porque en ella revela el hombre la superioridad de que el cielo le ha dotado sobre los demás seres, aparte de lo útil que resulta para los establecimientos de beneficencia, lo agradable y satisfactorio que es conservar una de las antiguas costumbres nacionales, fiesta cada vez más revalorizada y bella y cada día menos peligrosa y sangrienta. “Admitido el toreo en esta época de cultura y buen gusto, me parece conveniente que se le dé cuanta estimación sea posible”. Los ingleses eran famosos por sus carreras de caballos y los españoles por sus toros.
Aseguraba Alfonso García Tejero que en Córdoba un ánima en pena le entregó e,l texto del diálogo entre Montes y Pepe Hillo y le habló en caló mejor que un hijo de Triana  (cinco palabras en caló: apechuló (murió), chichi (cabeza), sosimbres (pestañas), cuchá (pecho) y jurú (verdugo). Luego vienen dos composiciones en octavas con sendos cuartetos que son otros tantos epitafios. El de Pepe Hillo dice así: Aquí reposa el matador más bravo/que conoce la España: ¡Pepe Hillo!.../su ilustre nombre con justicia alabo,/que fue del arte el sin igual caudillo. Y el de Montes: Aquí descansa Montes, el torero/en un sueño eternal, sueño profundo,/y aunque llegó su fin, fin lastimero,/su fama vive y la contempla el mundo.
A continuación viene la supuesta transcripción del diálogo en el cielo de José, Pepe Hillo, y Frasquito, Montes. La charla de los dos toreros se celebra en el reino de la verdad, en donde brilla el refulgente trono del Criador, desde el cual contempla a los hombres libres de las miserias y de los vicios terrenales y asegura que resumió lo que el autor del Diálogo vio o soñó haber visto y oído, pero de una manera u otra es verdadero y de ello se desprenden curiosas e interesantes consecuencias para el fin que nos proponemos. (Se proponía el autor de la transcripción).
1851, hablan los dos más altos y poderosos matadores de toros que han pisado las arenas de Madrid, Ronda y Jerez. Protesta el sevillano: “Según noticias, toman el trapo y el estoque hasta los niños de la escuela. O los toros no son lo que eran o la profesión ha hecho adelantos prodigiosos”. Montes le aclara que en ese año de 1851 hay muchos más periódicos que en sus tiempos, en los que solo se publicaban la Gaceta y el Diario y que ahora cada partido tenía el suyo. ¿Qué es eso de los partidos?, inquiere José. Y, además los toreros son personas finas y educadas que van al café, juegan al dominó y ponen su nombre en letras de molde, en Madrid hay dos plazas más que la pública del camino de Alcalá. Antes los toreros iban a las tabernas de las calles de San Juan, Fúcar y Toledo. Han cambiado el vino por el café y la sardina por el sorbete. José le dice a Frasquito que es el Rey de los toreros y este le llama a José Soberano. Comentan la creación de la Sociedad Benéfica de Socorros mutuos y de que se han construido bellas y costosas plazas de toros.
Pero lo que más le sorprende a Pepe Hillo es el ferrocarril que circula sobre raíles de hierro, con puentes y túneles para salvar obstáculos, con vagones y una máquina de vapor de agua que puede recorrer 10 o más leguas a la hora, que ya funciona un tren entre la  Atocha madrileña y el Palacio de Aranjuez y atraviesa el Manzanares, el Tajo y el Jarama y el tren entre Barcelona y Mataró. Que hay globos como dirigibles que llevan barquichuelas colgantes para viajeros y mercancías y que Paquiro ha visto un dibujo (A. Carnicero) con un toro y un caballo con piquero elevados por los aires en globo. Areonautas. Romero y Costillares, Cándido y Guillen, la fiesta española. Y en los tentaderos se apartan los toros que no sirven para la lidia y se destinan a las labores del campo. Hay muchos beneficiarios del toro, la misma beneficencia, el comercio de ganado, el turismo, los caballos que ya no servían ni para el ejército, la labranza o el transporte eran los que se empleaban para las corridas. Pese a ello, en el Congreso de Agricultura de Madrid se había pedido la abolición gradual de las corridas de toros. Montes dice que se extiende la afición más allá de nuestras fronteras y que una señora de un lord inglés le había hecho un retrato y le había dejado veinte onzas en la chaquetilla, que un príncipe de Rusia le visitó en Chiclana y le regaló una docena de cubiertos de oro, que en París se daban corridas con toros embolados y que en Bayona se proyectaba construir una plaza. Que también había mucha afición al teatro y que en Madrid funcionaban a tope las salas del Real, el Príncipe y Cruz y que la fiesta no era incompatible con la ilustración.
Se suspendía el diálogo entre Montes y José Delgado  y el autor inserta dos capítulos, en uno de ellos, en verso, una escena trágica en Lavapiés, Un aprendiz de torero; el otro, el titulado Las Quejas en el que un aficionado de 65 años que se considera buen aficionado se lamenta de que en los ruedos ya no se vea un buen capeo, el salto de la vara o el trascuerno, que Trigo que se tiene por buen piquero no les llegue ni al tobillo a los antiguos Luis Corchado, El Pelón, Zapata, Pinto o Sevilla, que hay buenos banderilleros, que se debe dar unas corridas para obtener buenos beneficios con los que construir el Puente de San Isidro y que se empleaba la media luna con menos frecuencia que en sus tiempos jóvenes, hace examen de los toreros de distintas épocas y firma en Madrid el 30 de setiembre de 1851.- Villar de la plazuela de Santa Ana. Queda suyo afectísimo q. b. s. m. Lucas Pedro Gil.
La segunda parte del diálogo entre José Delgado Pepe Hillo y Francisco Montes Paquiro comienza con la descripción de una novedad en los ruedos españoles: animales de la selva frente a toros bravos. Un empresario francés trajo a España varios animales salvajes y anunció por primera vez en la plaza de la Puerta de Alcalá el enfrentamiento de un tigre de Bengala contra el toro Señorito de Benjumea. Hubo reventa de entradas, apuestas de más de 20 mil duros y un lleno espectacular en el viejo coso. Venció el toro y luego hubo otra lucha con un león con el mismo resultado. No cuajó el invento. Hubo otros ensayos como las de los pegadores portugueses y una cuadrilla de indios americanos que reforzaban el atractivo de los toreros que vinieron después de Paquiro, gracia, habilidad y su toreo grave y airoso. Canto final al Salamanquino, triunfador en La Coruña, Bilbao, Aranjuez y Madrid y un verso como punto final.
Y concluyó nuestra historia,
cuyo fin es bien sencillo:
rendir culto a la memoria,
eternizando la gloria

de MONTES Y PEPE HILLO.  

sábado, 21 de enero de 2017

EVOLUCIÓN DE LA LIDIA DEL TORO BRAVO


Siempre se ha dicho que en el toreo el que más influye es el toro, pero  no estoy muy convencido de que, exhaustivamente, así lo sea. A lo largo de esta nuestra historia que comienza a mediados del siglo XVIII, antes fue otra cosa en el amplio mundo que nace con el arte rupestre y la mitología y culmina en el ejercicio caballeresco, han existido diestros que han roto con las normas anteriores, con las distancias, las alturas, las larguras o la intensidad y diversidad de las suertes. En mis tiempos jóvenes se decía que fulano codilleaba y así el torero  aludido no lograba consumar los lances, ponía en peligro su integridad y las faenas pecaban de sucias y atropelladas. Hoy, por lo general, se acusa a los toreros de lo contrario, de despegar exageradamente el trazo en el lance o el pase y el conclave docto parece anunciar una emigración de aves zancudas: pico, pico, pico. No se permite le mínima licencia. Hay que parar, templar y mandar. En la suerte natural, adelantar la pierna contraria en el cite, luego avanzar la de salida al tiempo de templar y dejar al toro en la espalda para que, sin girar sobre los pies, ligar el pase obligado que asiduamente es el llamado de pecho. Hay otro tipo de pases cambiados que perfeccionó un torero que en lo de la técnica fue un maestro, Domingo Ortega. Bueno, hubo otro torero que por una fractura de su codo izquierdo tuvo que recortar la suerte de ligar natural con cambiado, Santiago Martín “El Viti”, que, a la postre, toreaba igual por ambas manos y hacía del defecto virtud. Pero “Pepe Alameda”, en su tratado sobre “Los arquitectos del toreo moderno”, citaba a Manuel Jiménez “Chicuelo” como el máximo artífice del paso del toreo en ochos, sin girar las zapatillas, al toreo ligado al natural, en redondo, a partir de la faena del sevillano de la Alameda de Hércules al toro “Corchaíto” de Pérez Tabernero. En Madrid, naturalmente, porque ha sido siempre la capital de España  la que imponía  el estilo. Y, a veces,  no era el mandato de los máximos doctores como Pedro Romero, Montes, “Lagartijo”, “Guerrita”, “Joselito”, Marcial, “Manolete” o “El Cordobés”. Podían serlo “Costillares”, “El Chiclanero”, “Frascuelo”, Fuentes, Belmonte, Pepe Luis o Antonio Ordóñez. Y me dejo por el camino otros nombres que tuvieron más significación técnica como Pepe-Hillo, que hasta firmó una “Tauromaquia”,  Cúchares ( “el arte de Cúchares”), Cayetano Sanz, “El Gordito”, Reverte, Gaona y su maestro “Ojitos”, Félix Rodríguez, Luis Miguel o Paco Camino, porque este camero era redondo, como el apellido de “El Chiclanero” y su autorretrato, con el capote, la muleta y la espada. Con la espada yo le doy primacía a Rafael Ortega, que, aunque sufrió graves cornadas toreando, no lo fue nunca con la espada, al contrario que el llamado “Niño Sabio  de Camas”. Hubo su rivalidad con el otro camero ilustre, Curro, pero, lo que decía Paco el día en que se alborotaban  los duendes: “Ya vendrán otros vientos”. Tengo ese defecto: que me gustan muchos toreros de los muchísimos que he visto y de los que he adivinado y deducido  por las fotos o las viejas películas, las de México de “Manolete” y Pepe Luis, y los modernos vídeos. No tengo ídolos.
La realidad es que el desarrollo de la corrida ha devenido hacia la monotonía. Antes, a la salida del toro, los que daban los primeros lances eran los peones de confianza del matador correspondiente. Lances por los dos pitones y ahí tiene usted al toro. Había toreros que empezaban a torear a dos manos y luego con una sola daban naturales con el capote y salían andando con la tela sobre el hombro, la larga cordobesa. ¿Cuánto hace que no hemos visto una larga cordobesa? Manolo Chopera, que además de empresario era un  cabal aficionado, instituyó un premio para el torero que mejor torease a una mano con  el capote en la Feria de San Isidro. En mis tiempos jóvenes no se sujetaba al toro en el burladero que Fernando Fernández Román llamaba de la primera suerte, el picador reserva ya estaba en el ruedo dispuesto a ejecutar el primer puyazo. Era el que se llevaba el tortazo más fuerte. En la suerte de varas, el picador tenía que manejar bien las riendas y procurar que el toro no se cebara en el peto  mientras los banderilleros trataban de sacar al cornúpeto de la violenta reunión. La forma de picar actual tiene el riesgo de que, ante la necesidad de aquilatar los costes, se supriman el cincuenta por ciento de los toreros de a caballo. O más. Y es que en la mayoría de los casos asistimos a un simulacro.
En el segundo tercio hay gente importante que se gusta y se afana por hacer las cosas bien. No hay que correr ni saltar. Las prisas son malas hasta para lo que algunos llaman el amor. Honrubia fue mejor banderillero al final de su carrera. Julio Pérez Vito fue fantástico siempre. Con el capote Bonifacio Perea “Boni”, que, como “Bojilla después, apenas ponía banderilla, “Miguelañez” en Madrid, y los más completos Chaves Flores, “Tito de San Bernardo”, Alfonso Ordóñez y “Michelín”. “Michelín” les decía a los preguntones sobre su forma de llevar a los toros enganchados a su capote,  que le ponía una argolla a la punta de la tela y que la sujetaba en las narices del toro. Antes de todos los nombrados, los subalternos estaban más tiempo en el ruedo, atentos al quite oportuno, al capotazo de socorro. Pisaban las arenas muchos toros mansos y era imprescindible la brega. En casi todas las plazas había un puntillero oficial y los terceros no tenían que intervenir en este menester. Los que servían las banderillas o los torileros que abrían el portón iban vestidos de toreros, costumbre que se conservó en Madrid hasta hace poco y donde se han amoldado al sufrido y rural traje  corto. De entre los rejoneadores lo ha desterrado Pablo Hermoso de Mendoza para competir en elegancia con los lusitanos, como suprimió las colleras, las carreras y los pechugazos en las barreras por los terrenos de dentro para purificar el toreo a caballo. Con el caballo hay que salir para las afueras. Hasta Curro Meloja, que le llamaba a la actuación de los rejoneadores de entonces “el número del caballito”, hubiera admitido que el arte de Hermoso de Mendoza es lo más cercano a lo que conocíamos como arte venido de la vecina Portugal. ¿O el de Estella ha superado todas las previsiones?
En el tercio de banderillas quiero recordar que en mis tiempos jóvenes se usaba de la pirotecnia para cumplir la función avivadora de los palitroques, se suprimieron y me parece que fue el Reglamento de 1962 el que creo el garapullo de luto. Cuatro pares. Bueno, hace años que no he visto que se castigue a un toro con los cuatro pares infamantes. Cierto es que el toro se ha ennoblecido exageradamente pero no hasta el punto de que no hayan saltado a los ruedos de España durante la temporada una docena de mansos de solemnidad, adjetivo calificativo que daba categoría a la cobardía taúrica. Hay otro detalle que ha variado bastante respecto a lo que sucedía en el desarrollo de la suerte de varas. Hay cronistas que insisten en señalar el limitado terreno en el que se debe de ejecutar la en otros tiempos variada, emocionante y complicada suerte. Entonces había que contar con las querencias de los toros y llevarlos al lugar en el que embistieran con más ímpetu a los caballos y cambiarles de terreno si no respondían en las siguientes entradas. Claro que hoy pocos toros necesitan de más castigo que el del primer puyazo y pocos que marquen claramente sus preferencias. Es significativo que en los viejos tiempos eran los picadores los que sufrían más cogidas y ahora, afortunadamente para ellos, son muy pocos los que pasan por la enfermería. Y digo que afortunadamente porque a mí, que me gusta la fiesta española por su contenido sociológico, cultural y artístico, me llenaría de alegría que no hubiera ninguna cogida de torero de a pie o a caballo, matador o banderillero. He tenido la suerte de no vivir en directo nada más que una cogida mortal, la de un empleado de la plaza de Madrid en el callejón por el tendido 7, en una corrida en la que actuó Fermín Murillo. 
Son muchas cosas las que han variado en un arte que, como todos los demás, superados lo clasicismos, está sujetos a una evolución lógica contando con que cada hombre es un mundo y cada toro una caja de sorpresas. Condiciona mucho el toro y hasta condiciona el que sir Alexander Fleming descubriera la penicilina y ya las curas de las cornadas no resulten tan dolorosas y sangrientas como cuando había que llenar la herida de gasas e ir sacándolas poco a poco para que no se cerrara en falso y se produjera la gangrena, la septicemia o una embolia gaseosa. Y a pesar de todos los avances farmacológicos y el de la mecánica quirúrgica todavía se dan las cornadas mortales o las que imposibilitan la continuidad en el ejercicio de profesión que nace con el individuo.
Hay otras circunstancias que condicionan el devenir del toreo y en Madrid y Sevilla es donde más se nota. El puntillero era un empleado de la plaza, Agapito el último y más famoso y los Lebrija sevillanos. Había otro que también actuaba en Vista Alegre y que fue contratado por Luis Miguel para ir en su cuadrilla con la exclusiva función de atronar al astado. Quizá fue este antecedente el que forzó a suprimir los puntilleros de todas las plazas y que cada torero llevara en su cuadrilla a un banderillero, el tercero, que pone un par en cada toro y que luego se encarga de finiquitar la labor estoqueadora de su jefe. Fernando Sánchez, el de las patillas de hacha, Arruga, el recortador de Cariñena, y Emilio Fernández hijo, tres ejemplos de eficacia con los palos y con la puntilla. Pese a los lamentos de algunos que se llaman aficionados, no cabe duda de que en todas las ramas del toreo hay en estos momentos profesionales distinguidos. Media docena más con los palos y el capote, Rafael Perea “Boni”, hijo de Brígido y nieto de Bonifacio, ya jubilado, José Antonio Carretero, Trujillo, Mariano de la Viña, Ambel Posada y Curro Javier. Y un par de “Pirris”, de los muchos “Pirri” que ha pisado los ruedos. Y muchos otros que tienen que saber armonizar su natural dependencia al jefe de su cuadrilla y a la satisfacción de realizar las suertes con verdad y belleza. Sentir el toreo y transmitir ese sentimiento a los tendidos.

Lo que echo en falta muchas veces es la medida de las faenas. Ya sabemos que  los avisos no son una censura sino el toque de atención del paso de un tiempo prudencial. Pero se trata de dinamizar el espectáculo, de no dar solo naturales y derechazos y acudir a la mera lidia, lucha, con el torero hondo y eficaz que prepare al toro para la estocada. Hace muchos años, Gregorio Sánchez mató en solitario y en Madrid seis toros en menos de hora y media. Ahora hay pocas corridas que duren menos de dos horas. Tiempos muertos, tejer y destejer en la lidia, paseos a la redonda con desesperante parsimonia y algunas cosas más. Y luego, tras el triunfo, el mismo señor que saca a hombros al héroe en Bilbao, Sevilla, Madrid, Zaragoza o Calatayud. Y con la misma camiseta de publicidad de un hotel de Santander. Me gustaría que el entusiasmo fuera general y no subvencionado. Mas afición activa.

martes, 3 de enero de 2017

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (3)

Ha sido un año  como un frío  de invierno de los que en México llaman “desviejadero”. Enero y febrero, desviejaderos. Cada día, los que hemos atravesado ya la frontera de los 80, nos quedamos más solos. Y este año bisiesto que ya se va ha sido también inusitadamente violento. La muerte de “El Pana”,  viejo, sentimental, soñador y habanero. Hacía el paseíllo con un sarape al hombro y el puro entre los dedos de su mano derecha; así acompañó un día a Morante de la Puebla, que también es algo histriónico en su indumentaria, en su pelo y en lo del habano. Luego se viste de torero y acaba con el cuadro, como hizo hace pocas fechas en la México. De los toreros de arte que yo he conocido a lo largo de mi vida es el más profuso de todos ellos y con menos eclipses profesionales. Recuerdo a Cagancho, a Pepe Luis, a Pepín, Ordóñez, Curro Romero o Paula, por ejemplo. Necesitaba un reconstituyente del estilo morantista después de tanta necrológica torera: Canito bajo su gorra blanca, Fermín Bohórquez, difuminado a caballo por Alvarito Domecq, Miguel Flores y su vena poética que puso en el camino al gitano Aparicio y al monstruo Morante; en Salamanca, don Alipio y don Antonio el de San Fernando, final de una etapa ganadera, Manolo Espinosa “Armillita”, hijo de uno de los mejores toreros mexicano, Fermín, que llegó a España creo que con la carrera de arquitecto terminada y que no logro emular las glorias paternas, lo mismo de Victoriano de la Serna hijo, hermano de Peñuca y cuñado de Zabala, buen  torero, con duende escondido entre los pliegues de su capote, la juventud rota de Víctor Barrio en la plaza de Teruel y la del novillero Renatto Motta al otro lado del Atlántico. Y la de Manolo Cisneros, al que en su corta etapa de novillero sin caballos calificaban de “torero de cristal”. Lo conocí en sus tiempos de apoderado - lanzador de Raúl Aranda, cuando le pedía  consejo a José Mari Recondo ya baqueteado en las lides del apoderamiento y la empresa. En cierta ocasión, el de San Sebastián emigrado a Fuengirola llamó por teléfono a Manolo y entre aspavientos le dijo: “Una ruina, Manolo: Zabala ha puesto bien a Raúl”. En  el final de la temporada de 1972, cuando llegué a Madrid después de largo y torero  viaje de novios, fui al hospital donde le habían operado a Recondo de un cáncer. Su cuñado, médico, me había advertido de la gravedad de la situación. Desde la puerta de la habitación  saludé al paciente porque no permitían la entrada. Él me contestó con su clásico humor norteño: “Aquí estoy, que me ha levantado Agapito”. Agapito era el certero puntillero de Las Ventas.

Manolo Cisneros era de Antonio Ordóñez y no recuerdo si en alguna ocasión actuó como apoderado del de Ronda. Braulio Lausín hijo me hubiera contado esta relación con detalles, aunque el de Ricla era incondicional de los Dominguín. Hasta vivió en su casa de la calle del Príncipe de Madrid  cuando fue a  iniciarse en su carrera de novillero, carrera corta que no quiso rubricar con el título de matador de toros. Cisneros hizo un par de milagros más con Braulio y la gente de Zaragoza, uno el de Santiago Martín “El Viti”, que, aunque ya tenía sus seguidores en el coso de Pignatelli, los del charco hablaban de vomitivos, y el más sonado de hacer romeristas a Braulio, que fue a Málaga a podar los árboles de Curro Romero y no hubo festival en Ricla en el que no se contara con Santiago y el de Camas. Cuando vine a vivir a Zaragoza, finales de los años 70 del siglo pasado, sólo eramos “Curristas confesos”, “Ezquerrita”, José Antonio, “policía pero buena gente”, como lo presentaba Braulio a los amigos, y yo. Había un rumor no probado de que hasta el circunspecto apoderado le tiró a Curro una almohadilla en la plaza de toros de Málaga. Me lo contó Pepe Gracia, al que le conocían por tierras andaluzas como “el inglés” cuando figuró en la cuadrilla de Romero. A Ezquerra y a mí hasta nos insultaban los que a partir del apoderamiento de Cisneros se hicieron apasionados creyentes del currismo.

Tenía una gran virtud  Manolo Cisneros: su discreción. De Barcelona a Sevilla mandaba por delegación de Pedrito Balañá y como consejero de Canorea en una docena de plazas importantes, colaboró en la gestión directa de la Plaza de Zaragoza cuando la Diputación, su propietaria, se empeñó en una aventura de la que todavía no se saben los resultados. La culpa no fue de Cisneros. Lo más destacado, una serie de novilladas en la que el jurado popular concedió el premio de triunfador a dos novilleros, José Tomás y el oscense Tomás Luna. ¡Adiós, ingenieros!  
  
Acaba el año y el próximo termina en 7. Era la terminación favorita de Gonzalo Sánchez Conde, mozo de espadas, vendedor de jamones y polvorones de Estepa. Buen intérprete del fandango de Huelva. Ezquerra es un experto en el flamenco, como lo fue el riojano César Jalón “Clarito”. Ministro de Comunicaciones que fue en la República y luego le sirvió para cobrar su pensión con Franco. “Franco me ha quitado de escribir. Ahora sólo lo hago cuando quiero adquirir un capricho”. Y para rematar, la costumbre de Cisneros de no estar en el callejón cuando actuaba alguno de sus toreros. Se subía a la grada o la andanada más recóndita. Pensaba que sus toreros ya sabían lo que tenían que hacer en el ruedo.

Hablaba de mis personajes favoritos, de las peculiares gentes que formaban la familia taurina que tenía sus propios escenarios de reunión y convivencia al margen de las plazas de toros. Recuerdo a toreros que un día brillaron en Madrid pero que su luz se desvaneció en la oscuridad de una larga noche. Hubo uno que se anunciaba Abelardo Moreno Reina y que en realidad se llamaba Abelardo Iniesta Gutiérrez de la Solana, apellidos de  marqués y nombre de enamorado, que cortó orejas en Las Ventas, tomó la alternativa en Carabanchel y luego se dedicó a la venta del artilugio llamado “cortipelo”, un peine con una cuchilla de afeitar entre sus púas que hacia el efecto del corte del cabello a navaja que tan de  moda estuvo hacia los años 60 del siglo pasado. Un buen torero de Ávila, José González Ibañez, Pepe Ibañez en sus  tiempos de banderillero, inventó un bolígrafo en forma de estoque torero y lo vendió a las librerías y a los amigos en  los lugares de reunión. Dos ejemplos que se unían a las ocupaciones agrícolas  o constructoras como la recogida de la remolacha o la carga y descarga de camiones en los mercados. Había otras salidas: las de apoderado, subalterno, mozo de espadas o empresarios. En Madrid se lucía en el toreo a una mano con el capote “Miguelañez”, que durante muchos años fue apoderado de rejoneadoras, salida fulgurante de un Antonio Codeseda, sevillano, que no se destacó ni en funciones subalternas, Suarez Merino que apodero a Curro Montés, los ya veteranos Curro Caro y Manolo Escudero, Alfredo Corrochano o Agustín Parra “Parrita”. “Parrao”, negocios taurinos y su hermano, banderillero, acomodador de un cine de la calle Infantas. Y el ambiente taurino se hacía eco del rumor de que Rafaelito Soria Molina, nacido en Ecija y pariente de Lagartijo y Manolete, era un prodigio del arte de torear en los tentaderos. Tomó la alternativa en la cordobesa Montoro, se la dio José María Martorell en presencia de  Calerito y con toros del Duque de Pinohermoso, pero se diluyó como un azucarillo  en un vaso de agua. Tenía lo que luego definió un jugador de futbol del Real Madrid: miedo escénico.


Sin embargo, hay también ejemplos de todo lo contrario. En un repaso a vuela pluma de mis recuerdos de lo sucedido en la plaza de toros de Madrid con la confirmación de Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez “Manolete” como primero de los fogonazos que me nublaron la vista a mis recién cumplidos 8 años, la única corrida de Manolete en España en 1946 con su aceptación de la inclusión en el cartel de Luis Miguel, la faena de Pepín Martín Vázquez que sirvió para su inclusión en la película de “Currito de la Cruz”, la tarde del “Salario del Miedo”, Pepe Luis, Antonio Bienvenida y Julio Aparicio a hombros por la Puerta Grande, otro trio imponente: Diego Puerta,  Curro Romero y Paco Camino al día siguiente del que el Faraón se negó a matar un toro. Las cuatro orejas de novillero de Manolo Vázquez cuando puso el toreo de frente, otras tantas para José Manuel Inchausti “Tinin” y del mexicano Curro Rivera en los días en los que cortó el único rabo de las postguerra Sebastián Palomo. Antes, en 1934, en las tres corridas de la inauguración oficial de la plaza cortaron sendos rabos Juan Belmonte y Marcial Lalanda. Luego se impuso la costumbre de no otorgar semejante apéndice y no acompañar las faenas con música ante la trifulca que se armó porque el director de la Banda ordenaba los sones musicales para halagar el oído de Marcial Lalanda y se los birlaba al armónico Domingo Ortega, que más que andar, patinaba como ese español que lo hace tan bien sobre el hielo y hasta se viste de torero. Para mí el acontecimiento cumbre de esta historia emulando las glorias de Joselito y los 7 toros de Martínez fueron los 7 toros de Paco Camino. Los de Antonio Bienvenida, varios y diversos (¡aquel día del sombrero caído a sus pies en el paseíllo!) los Raúl Ochoa Rovira en competencia con Luis Miguel que solo cortó una oreja en su actuación solitaria (en Carabanchel fue otra cosa y hasta picó a uno de los toros de la tarde), Niño de la Capea, Esplá o Perera. Es una gran historia ya contada al cumplir el bello y pétreo edificio con abrigo de ladrillo mudéjar sus Bodas de Diamante. Y recuerdo cosas aisladas: que Jorge Negrete se agarraba a su sombrero viendo torear a Manolo González, las gracias a Dios de Foxá por habernos concedido la fortuna de ver a “Manolete” en los ruedos, a “Faroles” con los palos y a Boni con   el capote,  Orteguita o Manolillo de Valencia. La pata de palo de Alfonso Merino o el buen gusto de Luis Alfonso Garcés, el hijo de “Chicuelo” que vino consagrado de Sevilla y aquí nado entre dos aguas, el esquivo Chamaco que ya había hecho todo el gasto en Barcelona y Rafael de Paula que apuntó un par de verónicas y se  le entregaron los del paladar. Félix  Colomo, de Navalcarnero, triunfo en la plaza vieja madrileña y las cornadas no le permitieron confirmar sus cualidades en Las Ventas. A cambio, abrió Las Cuevas de Luis Candelas en el Arco de Cuchilleros y desde el principio hasta hoy es un gran foco turístico. En una de sus paredes había una cabeza de toro disecada con una leyenda: “Este toro lo mató Félix Colomo no sabemos como”. “Bojilla”, Curro Gómez, Pacorro, los Pirri, los Mozo, el Aldeano, Chaves Flores, Alfredo David, Tito de San Bernardo, Vito banderillerro y Vito apoderado, José Ignacio Sánchez Mejías… ¿Dónde estais?  

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (2)

Acompañé a mi padre a sus tertulias de café en “ELGato Negro”, en el edificio del “Teatro de la Comedia”, y allí conocí a don Tirso Escudero, venerable empresario de pelo y piel blancos, que aseguraba no haber tomado el sol desde su Primera Comunión, a Alfredo Marquerie, que era el crítico teatral de ABC y colaboraba todas las semanas en “El Ruedo”, casado con una escultora que fumaba sin descanso y que también intervenía en las tertulias, Redondela, especialista en decorados teatrales y padre de Agustín, un destacado pintor de la Escuela de Madrid, Ricardo Mazo, especialista de novelas radiofónicas, hoy series televisivas, Paco Ugalde, de Tarazona de Aragón, el más original de los grandes caricaturistas del siglo pasado, Joaquín Roa, actor que participó en las más famosas películas de aquellos tiempos, “Bienvenido Mister Marshall”, “Marcelino Pan y Vino” y “Viridiana”, Mario Cabré, su apoderado Juan Ramos y su cuñado Manuel Gas, voz de bajo profundo, policía en muchas películas, padre de Manuel Gas Cabré, el gran gestor del Teatro Español, Sendín Galiana, escritor, el fotógrafo Cartagena, el dibujante sevillano Martín Maqueda, que se fue a trabajar a Portugal, y algunos contertulios más de los que no recuerdo su nombre. Tertulias diaria, inexcusables. Por distintas razones - humanas, los camareros; comerciales, el precio del café; calidad del producto o la invasión del territorio – hubo cambios de domicilio social de la tertulia a “Cancela”, con entrada por Carrera de San Jerónimo y  Arlabán, “Marfil”, Cedaceros esquina Alcalá, y “Riesgo”, Virgen de los Peligros cerca de Alcalá, siempre en el eje de la calle Sevilla y la calle Príncipe.  Al final de esta calle vivían los Dominguín y en “El Gato Negro” conocí a Luis Miguel, en “Marfil” le hice la primera entrevista a Juan Posada y en “Riesgo” admiré a Victoriano de la Serna padre. Y aprovecho la oportunidad para recordar a su hijo que acaba de fallecer, hermano de Peñuca, pintora de gran personalidad, que se casó con Vicente Zabala. Victoriano hijo fue un torero enigmático. Curioso que yo recuerde una novillada que le vi torear en Sos del Rey Católico, cuando en Aragón se daban festejos menores en muchos pueblos. Me contaba otro Victoriano, Valencia, que también hizo el paseíllo de novillero en Sos, que en la vuelta al ruedo le echaron una rastra de lomo de cerdo y que su madre le preguntaba a menudo cuando iba a torear otra vez en Sos. El buen aire del Pirineo.

En  fin, mi aprendizaje periodístico, junto a la censura paterna, se desarrolló en aquellos cafés y se amplió en lugares cercanos cuando pasé del estudio al ejercicio. En Gran Vía, esquina a Clavel, estaba la redacción de “Fiesta Española”. En la otra esquina, el Casino Militar y, cruzando la Gran Vía hacia la Plaza de Bilbao, la cafetería de Antonio Machín. Allí paraba José Luis Marca cuando apoderaba a “El Bala”. Infantas abajo, la calle Barbieri y una taberna donde conocí a Salvador Domínguez “Gloria Bendita”, que se estableció después junto a Sindicatos y el diario “Pueblo”, en el número 6 de la calle Alameda y fue nuestro punto de reunión con mi compadre Fernando Sánchez Murillo, Gonzalo Sánchez Conde “Gonzalito”, Brihuega, José Manuel, gestor de Paco Camino y asuntos futbolísticos varios, partidarios de Curro Romero y béticos de hueso colorado, periodista y ganaderos como Antonio Méndez y su lugarteniente Rafael Ortega “Gallito”. Se había transformado el sentido de la tertulia.

A “Gonzalito” le conoce todo el toreo y todavía anda en activo aunque su ilusión de continuar la estela de Curro Romero en  su sobrino nieto parece que no se consolida. Brihuega, que era de Cádiz y relojero, prefirió dedicarse también a la tarea de vestir a un torero, en este caso  a Luis Francisco Esplá. Era hombre impregnado de la vena gaditana pese a la tremenda tragedia de que muriera un hijo suyo de leucemia a los 4 o 5 años. Tuvo una hija unos años después y me concedió el honor de apadrinarla. Otro personaje, Hilario el Zapatero, banderillero. También era de por allá abajo y tenía un gran vicio, las cartas, y una obsesión, el Quijote, su libro de mesilla. Me aseguraba que todas las  noches leía alguna página de la obra cervantina. Un día fue a jugar al Mercantíl, en la Gran Vía, cerca de Hortaleza, y ganó cerca del millón de pesetas. Era de madrugada y esperó hasta que se hizo de día para volver a su casa. Pregunta de la esposa enfadada: ¿Qué horas de venir son estas? Añada el lector algún adjetivo grueso en la voz de la señora. Aguantó el chaparrón Hilario y acabó echando los billetes a lo alto para que cayeran a la cama. Con ese dinero, una de sus hijas hizo la carrera de Medicina. Y en este capítulo no puedo olvidar a “Joaquinillo”, un banderillero de categoría que fue en la cuadrilla de Pepe Luis. Cuando se retiró no tuvo más remedio que ejercer como mozo de espadas en la cuadrilla de José Fuentes, el de Linares, al que apoderaba Rafael  Sánchez. A “El Pipo” lo conocí cuando todavía apoderaba a “El Cordobés” en el bar “La Tropical”, en donde se juntaban todos los que brujuleaban alrededor del toro y alguno le daba una propina a la telefonista para que por los altavoces del local dijera su nombre y  que le llamaba don Pedro Balañá. Un día, en Carabanchel, hizo el paseíllo un improvisado banderillero que llevaba medias verdes. El hombre estaba en el callejón, haciéndose el distraído y sin intervenir para nada en el ruedo. El delegado de la autoridad le llamó la atención y le obligó a poner un par de banderillas. La voltereta fue espectacular. Al día siguiente nuestro hombre se compró un par de  banderillas de fuego se fue a la calle Sevilla y cuando vió al policía encendió las mechas y le citó con arrogancia y desparpajo. No consumó la suerte. A  Dios,  gracias.

Había muchas historias de todo tipo. “El Mella” era un banderillero que en sus buenos tiempos había formado pareja con “Magritas”, pero todavía no se había arreglado el tema de la jubilación de los toreros. Así que el Monumento al Ejercito en la Mancha con una espada de diez lo doce metros de alta se lo traspasaron a “El Mella” porque  practicaba el deporte del sablazo. En ocasiones te vendía una barra de mantequilla que te decía que no se la dieras a tus niños, que mejor la empleases en las botas o correajes de cuero. De especial ingenio,  “Bojilla”, Enrique Bernedo, genial, cuando murió Curro Girón, en el funeral le pidió la palabra al sacerdote porque el sabía mejor quien era el torero venezolano, Ramitos el mozo de espadas de Puerta, su chofer Tello o “Cabeza de Triana”, banderillero que por una enfermedad de los pulmones se pasó a la grey de los mozos de espadas a las órdenes de Miguel Márquez. Con él y a bordo de un “seiscientos” hicieron una campaña de novillero y sumaron los cien festejos. En uno de los viajes con Miguel Márquez, José Mari Recondo y el propio trianero, a este, ante el paso del Guadarrama, se le ocurrió comentar: “Habrá que hacerle la cesárea al túnel”. Al de San Sebastián, versolari y epigramático, le dijeron que era “Belmontito de Donostia” y una tarde que toreó en Madrid le brindó un novillo a don Juan. “¿Tan malo era yo?”, fue su caustico comentario. Tuve mucha amistad con él y, al final de la temporada de 1972, fui a verlo a la clínica de Madrid donde la habían intervenido de un cáncer en el aparato- digestivo. Le saludé desde la puerta y él, desde la cama, me dijo: “Aquí me tienes, que me ha levantado Agapito”. El caso es que vivió muchos años más pese al pronóstico de un cuñado suyo que era médico.
  
Entonces el toreo era una gran familia. Se convivía mucho, se relacionaban todos los componentes de la fiesta y se daban circunstancias muy variadas que reforzaban ese sentido familiar añorado. Es posible que ahora ocurra algo parecido, pero yo no lo conozco.  Hay menos diálogo y la gente se distrae con su móvil, sus juegos o curiosidades. Eso sí: cuando termina la corrida, los actuantes se pegan unos efusivos abrazos y hasta algunos se besuquean aunque al rato se junten todos en el mismo hotel. 


Me parece que me queda cuerda para algún pasaje más. Trataré de recordar. Es bueno para la salud mental.