domingo, 12 de marzo de 2017

SOBRE-COGEDOR


Se celebraba EL DÍA DE LA RADIO y Carlos Herrera citó en su estudio de la COPE a tres de sus más ilustres predecesores, Luis del Olmo, Iñaki Gabilondo y José María García. Se lo pasaron muy bien y estuvieron pendientes de las maldades de Butanito. Recordó el García cuando estuvo en el vespertino PUEBLO, en la sección de Deportes, a la que un ilustre redactor-jefe llamaba Butanito y los siete enanitos, que en aquellos tiempos todas las secciones de crítica estaban vendidas, los toros, el cine, el teatro, los deportes y demás y que el sobre era la retribución indirecta más extendida en muchos de los medios de comunicación. Días después de esta reunión de pastores parlantes, en las páginas de MUNDO, Emilia Landaluce, en el repaso que hace del libro que firma Concha Márquez Piquer y que titula YO MISMA, cita a Rita Barberá, el surrealista proceso de nulidad matrimonial que inició Curro Romero y de la muerte de su hija Coral en accidente de circulación en Estados Unidos, de su madre, doña Concha, de Picasso y ¡del sobre!  “Había temporadas en que Curro toreaba mucho y, al final de ellas, seguramente le quedaba menos dinero que lo que se llevaban todos esos innobles periodistas que cobraban en cada corrida por partida triple (a sobre por matador)”.
Primera premisa: Curro Romero nunca sumó muchas corridas cada temporada. Veinte o treinta, cinco en 1969, siete en 1970 y seis en 1983. Téngase en cuenta que a Romero le cogieron los toros de cierta gravedad y que, en su especial forma de ser, hubo años en que dudo de mantenerse en los ruedos. Recuerdo con  especial tristeza lo sucedido en Madrid en el mes de julio de 1987, cuando un espectador bajó al ruedo y lo derribó. Aquel día admiré su equilibrio porque llevaba la espada en su mano derecha. Como excepción, en 1973 pasó de las cuarenta corridas. La media, veintitantas corridas al año hasta sumar en 41 años unos 900 festejos. Sus dos escenarios favoritos, Madrid (Las Ventas, siete salidas a hombros) y Sevilla (La Maestranza, cuatro Puertas del Príncipe). La señora Márquez Piquer habla de innobles periodistas. Periodistas, pocos. Mi padre escribió un artículo que se publicó en Fiesta Española y que ponía el dedo en la llaga: la culpa la tenían las empresas periodísticas, las del papel y las del éter, que cobraban a sus colaboradores los espacios dedicados a la crónica taurina. “Selipe” (cada crítica, un acta notarial)  se dio de baja como suscriptor de Fiesta Española, revista que yo fundé porque no encontraba medio en el que ejercer la crítica sin pagar. Luego me embargaron parte de mi sueldo durante cinco años para saldar las deudas de la belicosa revista y eso que tuve la suerte de la aparición en los ruedos de Manuel Benítez y que sus partidarios la compraban para utilizarla en sus aseos. La polémica estaba servida. Había fiebre partidista: Curro, “El Niño Sabio”, “Diego Valor”, “S. M.” de Vitigudino”, los reaparecidos Pepe Luis y Manolo Vázquez  y los clásicos Bienvenida, Ordóñez, Rafael Ortega, el más completo y peor figura), el pequeño de los Dominguin y algunos que llegaban del otro lado del Atlántico como el hijo de Fermín Espinosa, Rivera y “El Calesero” o “El Imposible”,  Manolo Martínez, los Girón venezolanos  y los periódicos y las radios con espacios taurinos. El empeño de Fiesta Española en la desaparición del sobre  tuvo como consecuencia la desaparición de la información de toros. Así estamos ahora
Concha Márquez Piquer dice que un día se sentó con Curro y le dijo “Mira, si cortas orejas tienen que decir por narices que las has cortado, y si has quedado mal ¿qué más te da que lo digan con suavidad o intenten justificarte diciendo que te ha salido un toro malo”. Consecuencia, según Conchín Márquez (el torero de su madre era rubio como la cerveza): “Lo entendió y se acabó el sobre”. Los gordos, los poderosos, siguieron con los acuerdos financieros a gran escala, vía mercantil, y la cuesta abajo del populismo ha dado alas al pesimismo antropológico taurino. Quedan pocos espacios para los toros y hay mucho dinero para mascotas y animalistas.

Recuerdo a Curro Romero con íntimo deleite. Y un par de anécdotas. Una en Sevilla. A mi lado estaba Picoco, palmero de la Lola Flores; delante de nosotros, los hermanos de Espartaco. Y Picoco venga a echarle piropos a Curro hasta que uno de los hermanos del de Espartinas se volvió hacia él y le dijo ¿Es usted mucho de Curro? ¿Qué si soy de Curro? Vamos, que se muere mi padre y torea Curro en Sevilla y les digo a mis parientes que vayan llorando que aluego vuelvo yo. Sonrisas y buen ambiente. La otra fue en Badajoz, cuando Curro decidió cortar la temporada. Mes de junio y una temporada bastante intensa. Justificación: “Es que torear todos los días no es torear. Es trabajar”. Curro es un torero corto, pero exquisito. Fue a México y ligó un quite por verónicas y Carlos León le escribió una carta a un ramo de rosas. Cuando se despidió “Mondeño” se le ecribió al Papa. Distinto era Paula porque era gitano aunque no cantara flamenco como Curro (villancicos con Antoñete y Rafael Vega de los Reyes de palmero) A Curro nunca le vi dar una chicuelina o una manoletina. No le gustaba perderle la cara al toro. Por eso mataba a paso de banderillas. Y le tenía Fe a Canorea. En enero del último año del siglo XX  murieron María de las Mercedes, madre de Don Juan Carlos y romerista, y el empresario de Sevilla, no menos romerista. Su “niño” tenía música. Un día del Corpus, Diodoro le dejó la Maestranza al de Camas a veinte duros por entrada vendida. 800 mil calandas y Manolo Cano de apoderado. Eduardo, el hijo de Diodoro, les negó el coso maestrante a Curro y Morante para torear un festival en octubre de ese año 2000. Lo torearon en La Algaba el 22 de octubre y por la noche el Faraón le confesó a Fernández Román que se retiraba definitivamente. En el mes de diciembre siguiente cumplió 67 años, 41 como matador de toros en activo. El arte vive más que el valor o la técnica. Loado sea.   

domingo, 26 de febrero de 2017

MANO A MANO EN EL CIELO


Una joya publicada en por la Unión de Bibliófilos Taurinos a finales del año pasado con el sugerente título de “MONTES Y PEPE HILLO, juguete literario-crítico-filosófico acerca de las funciones de toros”, por A. GARCÍA TEJERO. Introducción de Manuel José Pons Gil. Un grabado en miniatura del salto a la garrocha y doscientos ejemplares en facsímil y numerados. Un privilegio. En el título ya se aprecia el favor de García Tejero hacia Francisco Montes Paquiro cuando lo pone por delante de José Delgado Pepe Hillo, autor también de una “Tauromaquia” aunque fuera un torero más pasional que reflexivo. Delgado firmó la obra pero no la escribió. Se asegura que fue su autor don José de la Tixera. En el caso de Montes no se han planteado dudas de su autoría por que se le consideraba mucho más diestro y con  más amplios conocimientos que el sevillano. Montes planteó muchas mejoras en el orden y las cuadrillas de la lidia, la indumentaria del torero, montera y caliqueño entre sus dedos antes del paseíllo, inspiración para Morante, la pañoleta o la nuca poblada de recio cabello y conocimiento de los toros. Una bella estampa la del chiclanero. La disputa con su paisano José Redondo, su protegido, doctorado y confirmado sin llegar a superarle porque Montes era mucho Montes. Redondo, como su apellido, era excepcional con las banderillas y la espada y Paquiro con la muleta. Pero José Redondo, apodado El Chiclanero, si superó a Cuchares puesto que, como dice Don Ventura , su arte era más verdad que el de Francisco Arjona. Claro es que el toreo quedó como “el arte de Cúchares”. También asegura Ventura Bagües Don Ventura que José Delgado se rendía al culto de Venus y Baco, vivió muy deprisa y murió a consecuencia de una tuberculosis cuando pretendía actuar en la inauguración de la temporada de Madrid el 28 de marzo de 1853 e intentaba vestir el traje de luces en la posada madrileña en la que se hospedaba. El relato, con el sonido callejero de los aficionados que acudían a la plaza, es impresionante. Cúchares  le decía a su esposa que preparara el puchero para las ocho de la noche porque su marido era de los que podía asegurar que volvían a cenar a casa después de la corrida. Hoy le gritarían lo de ¡pico, pico! Pero en 1868, con 50 años, se fue a torear a La Habana y murió víctima del vómito negro. Al final tenía razón aquel aficionado que un día me dijo en un tendido de la plaza de Zaragoza que el buen torero es el que engaña al toro sin engañar al público.
García Tejero era partidario y puede que amigo de Julián Casas El Salmantino y a él le dedica su obra en un momento en el que se dan buenos toreros como Cúchares y Cayetano Sanz, pero no figuras indiscutibles como lo sería años después Rafael Guerra Guerrita. Nació Julián Casas en Béjar el año 1816 (Cossío dice que dos años más tarde y otros que en 1815, Don Ventura el 16 de febrero de 1816, el año pasado se cumplió su bicentenario por estas fechas del febrerillo loco) y, en principio, no pensó en la tauromaquia puesto que su padre era oficial del Ejercito y su madre tenía una fábrica de paños de esos que prestigiaban la industria telar de Béjar. Pero murieron sus progenitores y Julián abandonó la carrera de Medicina que había iniciado en Salamanca y siguió la más azarosa del toreo protegido por el ganadero Joaquín Mazpule y el empresario de Madrid Antonio Palacios. Y en Madrid prodigó sus actuaciones como banderillero hasta que el 5 de julio de 1846 alternó con el sevillano Pedro Sánchez Noteveas y a partir de esa fecha se le consideró matador de toros y se encontró muchas tarde con Cúchares, aunque siempre se mantuvo en una medianía distinguida. Hizo un viaje a Perú en 1870 y, a su regreso, se retiró a su tierra y formó una ganadería de reses bravas. Así seguía en enero de 1878, cuando contrajo nupcias Alfonso XII con Mercedes de Orleans y le pidieron que tomara parte en los festejos que se organizaron por tal acontecimiento. En la corrida del 25 de enero de ese año de 1878, con casi 62 años, mató un toro de Justo Hernández. Murió el 13 de agosto de 1882.
La obra de García Tejero se publicó en 1851. Pepe Hillo murió en 1801; Montes, en 1851, medio siglo después; Cúchares, en 1868 y El Chiclanero, en 1853.El autor justifica la fiesta de los toros porque en ella revela el hombre la superioridad de que el cielo le ha dotado sobre los demás seres, aparte de lo útil que resulta para los establecimientos de beneficencia, lo agradable y satisfactorio que es conservar una de las antiguas costumbres nacionales, fiesta cada vez más revalorizada y bella y cada día menos peligrosa y sangrienta. “Admitido el toreo en esta época de cultura y buen gusto, me parece conveniente que se le dé cuanta estimación sea posible”. Los ingleses eran famosos por sus carreras de caballos y los españoles por sus toros.
Aseguraba Alfonso García Tejero que en Córdoba un ánima en pena le entregó e,l texto del diálogo entre Montes y Pepe Hillo y le habló en caló mejor que un hijo de Triana  (cinco palabras en caló: apechuló (murió), chichi (cabeza), sosimbres (pestañas), cuchá (pecho) y jurú (verdugo). Luego vienen dos composiciones en octavas con sendos cuartetos que son otros tantos epitafios. El de Pepe Hillo dice así: Aquí reposa el matador más bravo/que conoce la España: ¡Pepe Hillo!.../su ilustre nombre con justicia alabo,/que fue del arte el sin igual caudillo. Y el de Montes: Aquí descansa Montes, el torero/en un sueño eternal, sueño profundo,/y aunque llegó su fin, fin lastimero,/su fama vive y la contempla el mundo.
A continuación viene la supuesta transcripción del diálogo en el cielo de José, Pepe Hillo, y Frasquito, Montes. La charla de los dos toreros se celebra en el reino de la verdad, en donde brilla el refulgente trono del Criador, desde el cual contempla a los hombres libres de las miserias y de los vicios terrenales y asegura que resumió lo que el autor del Diálogo vio o soñó haber visto y oído, pero de una manera u otra es verdadero y de ello se desprenden curiosas e interesantes consecuencias para el fin que nos proponemos. (Se proponía el autor de la transcripción).
1851, hablan los dos más altos y poderosos matadores de toros que han pisado las arenas de Madrid, Ronda y Jerez. Protesta el sevillano: “Según noticias, toman el trapo y el estoque hasta los niños de la escuela. O los toros no son lo que eran o la profesión ha hecho adelantos prodigiosos”. Montes le aclara que en ese año de 1851 hay muchos más periódicos que en sus tiempos, en los que solo se publicaban la Gaceta y el Diario y que ahora cada partido tenía el suyo. ¿Qué es eso de los partidos?, inquiere José. Y, además los toreros son personas finas y educadas que van al café, juegan al dominó y ponen su nombre en letras de molde, en Madrid hay dos plazas más que la pública del camino de Alcalá. Antes los toreros iban a las tabernas de las calles de San Juan, Fúcar y Toledo. Han cambiado el vino por el café y la sardina por el sorbete. José le dice a Frasquito que es el Rey de los toreros y este le llama a José Soberano. Comentan la creación de la Sociedad Benéfica de Socorros mutuos y de que se han construido bellas y costosas plazas de toros.
Pero lo que más le sorprende a Pepe Hillo es el ferrocarril que circula sobre raíles de hierro, con puentes y túneles para salvar obstáculos, con vagones y una máquina de vapor de agua que puede recorrer 10 o más leguas a la hora, que ya funciona un tren entre la  Atocha madrileña y el Palacio de Aranjuez y atraviesa el Manzanares, el Tajo y el Jarama y el tren entre Barcelona y Mataró. Que hay globos como dirigibles que llevan barquichuelas colgantes para viajeros y mercancías y que Paquiro ha visto un dibujo (A. Carnicero) con un toro y un caballo con piquero elevados por los aires en globo. Areonautas. Romero y Costillares, Cándido y Guillen, la fiesta española. Y en los tentaderos se apartan los toros que no sirven para la lidia y se destinan a las labores del campo. Hay muchos beneficiarios del toro, la misma beneficencia, el comercio de ganado, el turismo, los caballos que ya no servían ni para el ejército, la labranza o el transporte eran los que se empleaban para las corridas. Pese a ello, en el Congreso de Agricultura de Madrid se había pedido la abolición gradual de las corridas de toros. Montes dice que se extiende la afición más allá de nuestras fronteras y que una señora de un lord inglés le había hecho un retrato y le había dejado veinte onzas en la chaquetilla, que un príncipe de Rusia le visitó en Chiclana y le regaló una docena de cubiertos de oro, que en París se daban corridas con toros embolados y que en Bayona se proyectaba construir una plaza. Que también había mucha afición al teatro y que en Madrid funcionaban a tope las salas del Real, el Príncipe y Cruz y que la fiesta no era incompatible con la ilustración.
Se suspendía el diálogo entre Montes y José Delgado  y el autor inserta dos capítulos, en uno de ellos, en verso, una escena trágica en Lavapiés, Un aprendiz de torero; el otro, el titulado Las Quejas en el que un aficionado de 65 años que se considera buen aficionado se lamenta de que en los ruedos ya no se vea un buen capeo, el salto de la vara o el trascuerno, que Trigo que se tiene por buen piquero no les llegue ni al tobillo a los antiguos Luis Corchado, El Pelón, Zapata, Pinto o Sevilla, que hay buenos banderilleros, que se debe dar unas corridas para obtener buenos beneficios con los que construir el Puente de San Isidro y que se empleaba la media luna con menos frecuencia que en sus tiempos jóvenes, hace examen de los toreros de distintas épocas y firma en Madrid el 30 de setiembre de 1851.- Villar de la plazuela de Santa Ana. Queda suyo afectísimo q. b. s. m. Lucas Pedro Gil.
La segunda parte del diálogo entre José Delgado Pepe Hillo y Francisco Montes Paquiro comienza con la descripción de una novedad en los ruedos españoles: animales de la selva frente a toros bravos. Un empresario francés trajo a España varios animales salvajes y anunció por primera vez en la plaza de la Puerta de Alcalá el enfrentamiento de un tigre de Bengala contra el toro Señorito de Benjumea. Hubo reventa de entradas, apuestas de más de 20 mil duros y un lleno espectacular en el viejo coso. Venció el toro y luego hubo otra lucha con un león con el mismo resultado. No cuajó el invento. Hubo otros ensayos como las de los pegadores portugueses y una cuadrilla de indios americanos que reforzaban el atractivo de los toreros que vinieron después de Paquiro, gracia, habilidad y su toreo grave y airoso. Canto final al Salamanquino, triunfador en La Coruña, Bilbao, Aranjuez y Madrid y un verso como punto final.
Y concluyó nuestra historia,
cuyo fin es bien sencillo:
rendir culto a la memoria,
eternizando la gloria

de MONTES Y PEPE HILLO.  

sábado, 21 de enero de 2017

EVOLUCIÓN DE LA LIDIA DEL TORO BRAVO


Siempre se ha dicho que en el toreo el que más influye es el toro, pero  no estoy muy convencido de que, exhaustivamente, así lo sea. A lo largo de esta nuestra historia que comienza a mediados del siglo XVIII, antes fue otra cosa en el amplio mundo que nace con el arte rupestre y la mitología y culmina en el ejercicio caballeresco, han existido diestros que han roto con las normas anteriores, con las distancias, las alturas, las larguras o la intensidad y diversidad de las suertes. En mis tiempos jóvenes se decía que fulano codilleaba y así el torero  aludido no lograba consumar los lances, ponía en peligro su integridad y las faenas pecaban de sucias y atropelladas. Hoy, por lo general, se acusa a los toreros de lo contrario, de despegar exageradamente el trazo en el lance o el pase y el conclave docto parece anunciar una emigración de aves zancudas: pico, pico, pico. No se permite le mínima licencia. Hay que parar, templar y mandar. En la suerte natural, adelantar la pierna contraria en el cite, luego avanzar la de salida al tiempo de templar y dejar al toro en la espalda para que, sin girar sobre los pies, ligar el pase obligado que asiduamente es el llamado de pecho. Hay otro tipo de pases cambiados que perfeccionó un torero que en lo de la técnica fue un maestro, Domingo Ortega. Bueno, hubo otro torero que por una fractura de su codo izquierdo tuvo que recortar la suerte de ligar natural con cambiado, Santiago Martín “El Viti”, que, a la postre, toreaba igual por ambas manos y hacía del defecto virtud. Pero “Pepe Alameda”, en su tratado sobre “Los arquitectos del toreo moderno”, citaba a Manuel Jiménez “Chicuelo” como el máximo artífice del paso del toreo en ochos, sin girar las zapatillas, al toreo ligado al natural, en redondo, a partir de la faena del sevillano de la Alameda de Hércules al toro “Corchaíto” de Pérez Tabernero. En Madrid, naturalmente, porque ha sido siempre la capital de España  la que imponía  el estilo. Y, a veces,  no era el mandato de los máximos doctores como Pedro Romero, Montes, “Lagartijo”, “Guerrita”, “Joselito”, Marcial, “Manolete” o “El Cordobés”. Podían serlo “Costillares”, “El Chiclanero”, “Frascuelo”, Fuentes, Belmonte, Pepe Luis o Antonio Ordóñez. Y me dejo por el camino otros nombres que tuvieron más significación técnica como Pepe-Hillo, que hasta firmó una “Tauromaquia”,  Cúchares ( “el arte de Cúchares”), Cayetano Sanz, “El Gordito”, Reverte, Gaona y su maestro “Ojitos”, Félix Rodríguez, Luis Miguel o Paco Camino, porque este camero era redondo, como el apellido de “El Chiclanero” y su autorretrato, con el capote, la muleta y la espada. Con la espada yo le doy primacía a Rafael Ortega, que, aunque sufrió graves cornadas toreando, no lo fue nunca con la espada, al contrario que el llamado “Niño Sabio  de Camas”. Hubo su rivalidad con el otro camero ilustre, Curro, pero, lo que decía Paco el día en que se alborotaban  los duendes: “Ya vendrán otros vientos”. Tengo ese defecto: que me gustan muchos toreros de los muchísimos que he visto y de los que he adivinado y deducido  por las fotos o las viejas películas, las de México de “Manolete” y Pepe Luis, y los modernos vídeos. No tengo ídolos.
La realidad es que el desarrollo de la corrida ha devenido hacia la monotonía. Antes, a la salida del toro, los que daban los primeros lances eran los peones de confianza del matador correspondiente. Lances por los dos pitones y ahí tiene usted al toro. Había toreros que empezaban a torear a dos manos y luego con una sola daban naturales con el capote y salían andando con la tela sobre el hombro, la larga cordobesa. ¿Cuánto hace que no hemos visto una larga cordobesa? Manolo Chopera, que además de empresario era un  cabal aficionado, instituyó un premio para el torero que mejor torease a una mano con  el capote en la Feria de San Isidro. En mis tiempos jóvenes no se sujetaba al toro en el burladero que Fernando Fernández Román llamaba de la primera suerte, el picador reserva ya estaba en el ruedo dispuesto a ejecutar el primer puyazo. Era el que se llevaba el tortazo más fuerte. En la suerte de varas, el picador tenía que manejar bien las riendas y procurar que el toro no se cebara en el peto  mientras los banderilleros trataban de sacar al cornúpeto de la violenta reunión. La forma de picar actual tiene el riesgo de que, ante la necesidad de aquilatar los costes, se supriman el cincuenta por ciento de los toreros de a caballo. O más. Y es que en la mayoría de los casos asistimos a un simulacro.
En el segundo tercio hay gente importante que se gusta y se afana por hacer las cosas bien. No hay que correr ni saltar. Las prisas son malas hasta para lo que algunos llaman el amor. Honrubia fue mejor banderillero al final de su carrera. Julio Pérez Vito fue fantástico siempre. Con el capote Bonifacio Perea “Boni”, que, como “Bojilla después, apenas ponía banderilla, “Miguelañez” en Madrid, y los más completos Chaves Flores, “Tito de San Bernardo”, Alfonso Ordóñez y “Michelín”. “Michelín” les decía a los preguntones sobre su forma de llevar a los toros enganchados a su capote,  que le ponía una argolla a la punta de la tela y que la sujetaba en las narices del toro. Antes de todos los nombrados, los subalternos estaban más tiempo en el ruedo, atentos al quite oportuno, al capotazo de socorro. Pisaban las arenas muchos toros mansos y era imprescindible la brega. En casi todas las plazas había un puntillero oficial y los terceros no tenían que intervenir en este menester. Los que servían las banderillas o los torileros que abrían el portón iban vestidos de toreros, costumbre que se conservó en Madrid hasta hace poco y donde se han amoldado al sufrido y rural traje  corto. De entre los rejoneadores lo ha desterrado Pablo Hermoso de Mendoza para competir en elegancia con los lusitanos, como suprimió las colleras, las carreras y los pechugazos en las barreras por los terrenos de dentro para purificar el toreo a caballo. Con el caballo hay que salir para las afueras. Hasta Curro Meloja, que le llamaba a la actuación de los rejoneadores de entonces “el número del caballito”, hubiera admitido que el arte de Hermoso de Mendoza es lo más cercano a lo que conocíamos como arte venido de la vecina Portugal. ¿O el de Estella ha superado todas las previsiones?
En el tercio de banderillas quiero recordar que en mis tiempos jóvenes se usaba de la pirotecnia para cumplir la función avivadora de los palitroques, se suprimieron y me parece que fue el Reglamento de 1962 el que creo el garapullo de luto. Cuatro pares. Bueno, hace años que no he visto que se castigue a un toro con los cuatro pares infamantes. Cierto es que el toro se ha ennoblecido exageradamente pero no hasta el punto de que no hayan saltado a los ruedos de España durante la temporada una docena de mansos de solemnidad, adjetivo calificativo que daba categoría a la cobardía taúrica. Hay otro detalle que ha variado bastante respecto a lo que sucedía en el desarrollo de la suerte de varas. Hay cronistas que insisten en señalar el limitado terreno en el que se debe de ejecutar la en otros tiempos variada, emocionante y complicada suerte. Entonces había que contar con las querencias de los toros y llevarlos al lugar en el que embistieran con más ímpetu a los caballos y cambiarles de terreno si no respondían en las siguientes entradas. Claro que hoy pocos toros necesitan de más castigo que el del primer puyazo y pocos que marquen claramente sus preferencias. Es significativo que en los viejos tiempos eran los picadores los que sufrían más cogidas y ahora, afortunadamente para ellos, son muy pocos los que pasan por la enfermería. Y digo que afortunadamente porque a mí, que me gusta la fiesta española por su contenido sociológico, cultural y artístico, me llenaría de alegría que no hubiera ninguna cogida de torero de a pie o a caballo, matador o banderillero. He tenido la suerte de no vivir en directo nada más que una cogida mortal, la de un empleado de la plaza de Madrid en el callejón por el tendido 7, en una corrida en la que actuó Fermín Murillo. 
Son muchas cosas las que han variado en un arte que, como todos los demás, superados lo clasicismos, está sujetos a una evolución lógica contando con que cada hombre es un mundo y cada toro una caja de sorpresas. Condiciona mucho el toro y hasta condiciona el que sir Alexander Fleming descubriera la penicilina y ya las curas de las cornadas no resulten tan dolorosas y sangrientas como cuando había que llenar la herida de gasas e ir sacándolas poco a poco para que no se cerrara en falso y se produjera la gangrena, la septicemia o una embolia gaseosa. Y a pesar de todos los avances farmacológicos y el de la mecánica quirúrgica todavía se dan las cornadas mortales o las que imposibilitan la continuidad en el ejercicio de profesión que nace con el individuo.
Hay otras circunstancias que condicionan el devenir del toreo y en Madrid y Sevilla es donde más se nota. El puntillero era un empleado de la plaza, Agapito el último y más famoso y los Lebrija sevillanos. Había otro que también actuaba en Vista Alegre y que fue contratado por Luis Miguel para ir en su cuadrilla con la exclusiva función de atronar al astado. Quizá fue este antecedente el que forzó a suprimir los puntilleros de todas las plazas y que cada torero llevara en su cuadrilla a un banderillero, el tercero, que pone un par en cada toro y que luego se encarga de finiquitar la labor estoqueadora de su jefe. Fernando Sánchez, el de las patillas de hacha, Arruga, el recortador de Cariñena, y Emilio Fernández hijo, tres ejemplos de eficacia con los palos y con la puntilla. Pese a los lamentos de algunos que se llaman aficionados, no cabe duda de que en todas las ramas del toreo hay en estos momentos profesionales distinguidos. Media docena más con los palos y el capote, Rafael Perea “Boni”, hijo de Brígido y nieto de Bonifacio, ya jubilado, José Antonio Carretero, Trujillo, Mariano de la Viña, Ambel Posada y Curro Javier. Y un par de “Pirris”, de los muchos “Pirri” que ha pisado los ruedos. Y muchos otros que tienen que saber armonizar su natural dependencia al jefe de su cuadrilla y a la satisfacción de realizar las suertes con verdad y belleza. Sentir el toreo y transmitir ese sentimiento a los tendidos.

Lo que echo en falta muchas veces es la medida de las faenas. Ya sabemos que  los avisos no son una censura sino el toque de atención del paso de un tiempo prudencial. Pero se trata de dinamizar el espectáculo, de no dar solo naturales y derechazos y acudir a la mera lidia, lucha, con el torero hondo y eficaz que prepare al toro para la estocada. Hace muchos años, Gregorio Sánchez mató en solitario y en Madrid seis toros en menos de hora y media. Ahora hay pocas corridas que duren menos de dos horas. Tiempos muertos, tejer y destejer en la lidia, paseos a la redonda con desesperante parsimonia y algunas cosas más. Y luego, tras el triunfo, el mismo señor que saca a hombros al héroe en Bilbao, Sevilla, Madrid, Zaragoza o Calatayud. Y con la misma camiseta de publicidad de un hotel de Santander. Me gustaría que el entusiasmo fuera general y no subvencionado. Mas afición activa.

martes, 3 de enero de 2017

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (3)

Ha sido un año  como un frío  de invierno de los que en México llaman “desviejadero”. Enero y febrero, desviejaderos. Cada día, los que hemos atravesado ya la frontera de los 80, nos quedamos más solos. Y este año bisiesto que ya se va ha sido también inusitadamente violento. La muerte de “El Pana”,  viejo, sentimental, soñador y habanero. Hacía el paseíllo con un sarape al hombro y el puro entre los dedos de su mano derecha; así acompañó un día a Morante de la Puebla, que también es algo histriónico en su indumentaria, en su pelo y en lo del habano. Luego se viste de torero y acaba con el cuadro, como hizo hace pocas fechas en la México. De los toreros de arte que yo he conocido a lo largo de mi vida es el más profuso de todos ellos y con menos eclipses profesionales. Recuerdo a Cagancho, a Pepe Luis, a Pepín, Ordóñez, Curro Romero o Paula, por ejemplo. Necesitaba un reconstituyente del estilo morantista después de tanta necrológica torera: Canito bajo su gorra blanca, Fermín Bohórquez, difuminado a caballo por Alvarito Domecq, Miguel Flores y su vena poética que puso en el camino al gitano Aparicio y al monstruo Morante; en Salamanca, don Alipio y don Antonio el de San Fernando, final de una etapa ganadera, Manolo Espinosa “Armillita”, hijo de uno de los mejores toreros mexicano, Fermín, que llegó a España creo que con la carrera de arquitecto terminada y que no logro emular las glorias paternas, lo mismo de Victoriano de la Serna hijo, hermano de Peñuca y cuñado de Zabala, buen  torero, con duende escondido entre los pliegues de su capote, la juventud rota de Víctor Barrio en la plaza de Teruel y la del novillero Renatto Motta al otro lado del Atlántico. Y la de Manolo Cisneros, al que en su corta etapa de novillero sin caballos calificaban de “torero de cristal”. Lo conocí en sus tiempos de apoderado - lanzador de Raúl Aranda, cuando le pedía  consejo a José Mari Recondo ya baqueteado en las lides del apoderamiento y la empresa. En cierta ocasión, el de San Sebastián emigrado a Fuengirola llamó por teléfono a Manolo y entre aspavientos le dijo: “Una ruina, Manolo: Zabala ha puesto bien a Raúl”. En  el final de la temporada de 1972, cuando llegué a Madrid después de largo y torero  viaje de novios, fui al hospital donde le habían operado a Recondo de un cáncer. Su cuñado, médico, me había advertido de la gravedad de la situación. Desde la puerta de la habitación  saludé al paciente porque no permitían la entrada. Él me contestó con su clásico humor norteño: “Aquí estoy, que me ha levantado Agapito”. Agapito era el certero puntillero de Las Ventas.

Manolo Cisneros era de Antonio Ordóñez y no recuerdo si en alguna ocasión actuó como apoderado del de Ronda. Braulio Lausín hijo me hubiera contado esta relación con detalles, aunque el de Ricla era incondicional de los Dominguín. Hasta vivió en su casa de la calle del Príncipe de Madrid  cuando fue a  iniciarse en su carrera de novillero, carrera corta que no quiso rubricar con el título de matador de toros. Cisneros hizo un par de milagros más con Braulio y la gente de Zaragoza, uno el de Santiago Martín “El Viti”, que, aunque ya tenía sus seguidores en el coso de Pignatelli, los del charco hablaban de vomitivos, y el más sonado de hacer romeristas a Braulio, que fue a Málaga a podar los árboles de Curro Romero y no hubo festival en Ricla en el que no se contara con Santiago y el de Camas. Cuando vine a vivir a Zaragoza, finales de los años 70 del siglo pasado, sólo eramos “Curristas confesos”, “Ezquerrita”, José Antonio, “policía pero buena gente”, como lo presentaba Braulio a los amigos, y yo. Había un rumor no probado de que hasta el circunspecto apoderado le tiró a Curro una almohadilla en la plaza de toros de Málaga. Me lo contó Pepe Gracia, al que le conocían por tierras andaluzas como “el inglés” cuando figuró en la cuadrilla de Romero. A Ezquerra y a mí hasta nos insultaban los que a partir del apoderamiento de Cisneros se hicieron apasionados creyentes del currismo.

Tenía una gran virtud  Manolo Cisneros: su discreción. De Barcelona a Sevilla mandaba por delegación de Pedrito Balañá y como consejero de Canorea en una docena de plazas importantes, colaboró en la gestión directa de la Plaza de Zaragoza cuando la Diputación, su propietaria, se empeñó en una aventura de la que todavía no se saben los resultados. La culpa no fue de Cisneros. Lo más destacado, una serie de novilladas en la que el jurado popular concedió el premio de triunfador a dos novilleros, José Tomás y el oscense Tomás Luna. ¡Adiós, ingenieros!  
  
Acaba el año y el próximo termina en 7. Era la terminación favorita de Gonzalo Sánchez Conde, mozo de espadas, vendedor de jamones y polvorones de Estepa. Buen intérprete del fandango de Huelva. Ezquerra es un experto en el flamenco, como lo fue el riojano César Jalón “Clarito”. Ministro de Comunicaciones que fue en la República y luego le sirvió para cobrar su pensión con Franco. “Franco me ha quitado de escribir. Ahora sólo lo hago cuando quiero adquirir un capricho”. Y para rematar, la costumbre de Cisneros de no estar en el callejón cuando actuaba alguno de sus toreros. Se subía a la grada o la andanada más recóndita. Pensaba que sus toreros ya sabían lo que tenían que hacer en el ruedo.

Hablaba de mis personajes favoritos, de las peculiares gentes que formaban la familia taurina que tenía sus propios escenarios de reunión y convivencia al margen de las plazas de toros. Recuerdo a toreros que un día brillaron en Madrid pero que su luz se desvaneció en la oscuridad de una larga noche. Hubo uno que se anunciaba Abelardo Moreno Reina y que en realidad se llamaba Abelardo Iniesta Gutiérrez de la Solana, apellidos de  marqués y nombre de enamorado, que cortó orejas en Las Ventas, tomó la alternativa en Carabanchel y luego se dedicó a la venta del artilugio llamado “cortipelo”, un peine con una cuchilla de afeitar entre sus púas que hacia el efecto del corte del cabello a navaja que tan de  moda estuvo hacia los años 60 del siglo pasado. Un buen torero de Ávila, José González Ibañez, Pepe Ibañez en sus  tiempos de banderillero, inventó un bolígrafo en forma de estoque torero y lo vendió a las librerías y a los amigos en  los lugares de reunión. Dos ejemplos que se unían a las ocupaciones agrícolas  o constructoras como la recogida de la remolacha o la carga y descarga de camiones en los mercados. Había otras salidas: las de apoderado, subalterno, mozo de espadas o empresarios. En Madrid se lucía en el toreo a una mano con el capote “Miguelañez”, que durante muchos años fue apoderado de rejoneadoras, salida fulgurante de un Antonio Codeseda, sevillano, que no se destacó ni en funciones subalternas, Suarez Merino que apodero a Curro Montés, los ya veteranos Curro Caro y Manolo Escudero, Alfredo Corrochano o Agustín Parra “Parrita”. “Parrao”, negocios taurinos y su hermano, banderillero, acomodador de un cine de la calle Infantas. Y el ambiente taurino se hacía eco del rumor de que Rafaelito Soria Molina, nacido en Ecija y pariente de Lagartijo y Manolete, era un prodigio del arte de torear en los tentaderos. Tomó la alternativa en la cordobesa Montoro, se la dio José María Martorell en presencia de  Calerito y con toros del Duque de Pinohermoso, pero se diluyó como un azucarillo  en un vaso de agua. Tenía lo que luego definió un jugador de futbol del Real Madrid: miedo escénico.


Sin embargo, hay también ejemplos de todo lo contrario. En un repaso a vuela pluma de mis recuerdos de lo sucedido en la plaza de toros de Madrid con la confirmación de Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez “Manolete” como primero de los fogonazos que me nublaron la vista a mis recién cumplidos 8 años, la única corrida de Manolete en España en 1946 con su aceptación de la inclusión en el cartel de Luis Miguel, la faena de Pepín Martín Vázquez que sirvió para su inclusión en la película de “Currito de la Cruz”, la tarde del “Salario del Miedo”, Pepe Luis, Antonio Bienvenida y Julio Aparicio a hombros por la Puerta Grande, otro trio imponente: Diego Puerta,  Curro Romero y Paco Camino al día siguiente del que el Faraón se negó a matar un toro. Las cuatro orejas de novillero de Manolo Vázquez cuando puso el toreo de frente, otras tantas para José Manuel Inchausti “Tinin” y del mexicano Curro Rivera en los días en los que cortó el único rabo de las postguerra Sebastián Palomo. Antes, en 1934, en las tres corridas de la inauguración oficial de la plaza cortaron sendos rabos Juan Belmonte y Marcial Lalanda. Luego se impuso la costumbre de no otorgar semejante apéndice y no acompañar las faenas con música ante la trifulca que se armó porque el director de la Banda ordenaba los sones musicales para halagar el oído de Marcial Lalanda y se los birlaba al armónico Domingo Ortega, que más que andar, patinaba como ese español que lo hace tan bien sobre el hielo y hasta se viste de torero. Para mí el acontecimiento cumbre de esta historia emulando las glorias de Joselito y los 7 toros de Martínez fueron los 7 toros de Paco Camino. Los de Antonio Bienvenida, varios y diversos (¡aquel día del sombrero caído a sus pies en el paseíllo!) los Raúl Ochoa Rovira en competencia con Luis Miguel que solo cortó una oreja en su actuación solitaria (en Carabanchel fue otra cosa y hasta picó a uno de los toros de la tarde), Niño de la Capea, Esplá o Perera. Es una gran historia ya contada al cumplir el bello y pétreo edificio con abrigo de ladrillo mudéjar sus Bodas de Diamante. Y recuerdo cosas aisladas: que Jorge Negrete se agarraba a su sombrero viendo torear a Manolo González, las gracias a Dios de Foxá por habernos concedido la fortuna de ver a “Manolete” en los ruedos, a “Faroles” con los palos y a Boni con   el capote,  Orteguita o Manolillo de Valencia. La pata de palo de Alfonso Merino o el buen gusto de Luis Alfonso Garcés, el hijo de “Chicuelo” que vino consagrado de Sevilla y aquí nado entre dos aguas, el esquivo Chamaco que ya había hecho todo el gasto en Barcelona y Rafael de Paula que apuntó un par de verónicas y se  le entregaron los del paladar. Félix  Colomo, de Navalcarnero, triunfo en la plaza vieja madrileña y las cornadas no le permitieron confirmar sus cualidades en Las Ventas. A cambio, abrió Las Cuevas de Luis Candelas en el Arco de Cuchilleros y desde el principio hasta hoy es un gran foco turístico. En una de sus paredes había una cabeza de toro disecada con una leyenda: “Este toro lo mató Félix Colomo no sabemos como”. “Bojilla”, Curro Gómez, Pacorro, los Pirri, los Mozo, el Aldeano, Chaves Flores, Alfredo David, Tito de San Bernardo, Vito banderillerro y Vito apoderado, José Ignacio Sánchez Mejías… ¿Dónde estais?  

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (2)

Acompañé a mi padre a sus tertulias de café en “ELGato Negro”, en el edificio del “Teatro de la Comedia”, y allí conocí a don Tirso Escudero, venerable empresario de pelo y piel blancos, que aseguraba no haber tomado el sol desde su Primera Comunión, a Alfredo Marquerie, que era el crítico teatral de ABC y colaboraba todas las semanas en “El Ruedo”, casado con una escultora que fumaba sin descanso y que también intervenía en las tertulias, Redondela, especialista en decorados teatrales y padre de Agustín, un destacado pintor de la Escuela de Madrid, Ricardo Mazo, especialista de novelas radiofónicas, hoy series televisivas, Paco Ugalde, de Tarazona de Aragón, el más original de los grandes caricaturistas del siglo pasado, Joaquín Roa, actor que participó en las más famosas películas de aquellos tiempos, “Bienvenido Mister Marshall”, “Marcelino Pan y Vino” y “Viridiana”, Mario Cabré, su apoderado Juan Ramos y su cuñado Manuel Gas, voz de bajo profundo, policía en muchas películas, padre de Manuel Gas Cabré, el gran gestor del Teatro Español, Sendín Galiana, escritor, el fotógrafo Cartagena, el dibujante sevillano Martín Maqueda, que se fue a trabajar a Portugal, y algunos contertulios más de los que no recuerdo su nombre. Tertulias diaria, inexcusables. Por distintas razones - humanas, los camareros; comerciales, el precio del café; calidad del producto o la invasión del territorio – hubo cambios de domicilio social de la tertulia a “Cancela”, con entrada por Carrera de San Jerónimo y  Arlabán, “Marfil”, Cedaceros esquina Alcalá, y “Riesgo”, Virgen de los Peligros cerca de Alcalá, siempre en el eje de la calle Sevilla y la calle Príncipe.  Al final de esta calle vivían los Dominguín y en “El Gato Negro” conocí a Luis Miguel, en “Marfil” le hice la primera entrevista a Juan Posada y en “Riesgo” admiré a Victoriano de la Serna padre. Y aprovecho la oportunidad para recordar a su hijo que acaba de fallecer, hermano de Peñuca, pintora de gran personalidad, que se casó con Vicente Zabala. Victoriano hijo fue un torero enigmático. Curioso que yo recuerde una novillada que le vi torear en Sos del Rey Católico, cuando en Aragón se daban festejos menores en muchos pueblos. Me contaba otro Victoriano, Valencia, que también hizo el paseíllo de novillero en Sos, que en la vuelta al ruedo le echaron una rastra de lomo de cerdo y que su madre le preguntaba a menudo cuando iba a torear otra vez en Sos. El buen aire del Pirineo.

En  fin, mi aprendizaje periodístico, junto a la censura paterna, se desarrolló en aquellos cafés y se amplió en lugares cercanos cuando pasé del estudio al ejercicio. En Gran Vía, esquina a Clavel, estaba la redacción de “Fiesta Española”. En la otra esquina, el Casino Militar y, cruzando la Gran Vía hacia la Plaza de Bilbao, la cafetería de Antonio Machín. Allí paraba José Luis Marca cuando apoderaba a “El Bala”. Infantas abajo, la calle Barbieri y una taberna donde conocí a Salvador Domínguez “Gloria Bendita”, que se estableció después junto a Sindicatos y el diario “Pueblo”, en el número 6 de la calle Alameda y fue nuestro punto de reunión con mi compadre Fernando Sánchez Murillo, Gonzalo Sánchez Conde “Gonzalito”, Brihuega, José Manuel, gestor de Paco Camino y asuntos futbolísticos varios, partidarios de Curro Romero y béticos de hueso colorado, periodista y ganaderos como Antonio Méndez y su lugarteniente Rafael Ortega “Gallito”. Se había transformado el sentido de la tertulia.

A “Gonzalito” le conoce todo el toreo y todavía anda en activo aunque su ilusión de continuar la estela de Curro Romero en  su sobrino nieto parece que no se consolida. Brihuega, que era de Cádiz y relojero, prefirió dedicarse también a la tarea de vestir a un torero, en este caso  a Luis Francisco Esplá. Era hombre impregnado de la vena gaditana pese a la tremenda tragedia de que muriera un hijo suyo de leucemia a los 4 o 5 años. Tuvo una hija unos años después y me concedió el honor de apadrinarla. Otro personaje, Hilario el Zapatero, banderillero. También era de por allá abajo y tenía un gran vicio, las cartas, y una obsesión, el Quijote, su libro de mesilla. Me aseguraba que todas las  noches leía alguna página de la obra cervantina. Un día fue a jugar al Mercantíl, en la Gran Vía, cerca de Hortaleza, y ganó cerca del millón de pesetas. Era de madrugada y esperó hasta que se hizo de día para volver a su casa. Pregunta de la esposa enfadada: ¿Qué horas de venir son estas? Añada el lector algún adjetivo grueso en la voz de la señora. Aguantó el chaparrón Hilario y acabó echando los billetes a lo alto para que cayeran a la cama. Con ese dinero, una de sus hijas hizo la carrera de Medicina. Y en este capítulo no puedo olvidar a “Joaquinillo”, un banderillero de categoría que fue en la cuadrilla de Pepe Luis. Cuando se retiró no tuvo más remedio que ejercer como mozo de espadas en la cuadrilla de José Fuentes, el de Linares, al que apoderaba Rafael  Sánchez. A “El Pipo” lo conocí cuando todavía apoderaba a “El Cordobés” en el bar “La Tropical”, en donde se juntaban todos los que brujuleaban alrededor del toro y alguno le daba una propina a la telefonista para que por los altavoces del local dijera su nombre y  que le llamaba don Pedro Balañá. Un día, en Carabanchel, hizo el paseíllo un improvisado banderillero que llevaba medias verdes. El hombre estaba en el callejón, haciéndose el distraído y sin intervenir para nada en el ruedo. El delegado de la autoridad le llamó la atención y le obligó a poner un par de banderillas. La voltereta fue espectacular. Al día siguiente nuestro hombre se compró un par de  banderillas de fuego se fue a la calle Sevilla y cuando vió al policía encendió las mechas y le citó con arrogancia y desparpajo. No consumó la suerte. A  Dios,  gracias.

Había muchas historias de todo tipo. “El Mella” era un banderillero que en sus buenos tiempos había formado pareja con “Magritas”, pero todavía no se había arreglado el tema de la jubilación de los toreros. Así que el Monumento al Ejercito en la Mancha con una espada de diez lo doce metros de alta se lo traspasaron a “El Mella” porque  practicaba el deporte del sablazo. En ocasiones te vendía una barra de mantequilla que te decía que no se la dieras a tus niños, que mejor la empleases en las botas o correajes de cuero. De especial ingenio,  “Bojilla”, Enrique Bernedo, genial, cuando murió Curro Girón, en el funeral le pidió la palabra al sacerdote porque el sabía mejor quien era el torero venezolano, Ramitos el mozo de espadas de Puerta, su chofer Tello o “Cabeza de Triana”, banderillero que por una enfermedad de los pulmones se pasó a la grey de los mozos de espadas a las órdenes de Miguel Márquez. Con él y a bordo de un “seiscientos” hicieron una campaña de novillero y sumaron los cien festejos. En uno de los viajes con Miguel Márquez, José Mari Recondo y el propio trianero, a este, ante el paso del Guadarrama, se le ocurrió comentar: “Habrá que hacerle la cesárea al túnel”. Al de San Sebastián, versolari y epigramático, le dijeron que era “Belmontito de Donostia” y una tarde que toreó en Madrid le brindó un novillo a don Juan. “¿Tan malo era yo?”, fue su caustico comentario. Tuve mucha amistad con él y, al final de la temporada de 1972, fui a verlo a la clínica de Madrid donde la habían intervenido de un cáncer en el aparato- digestivo. Le saludé desde la puerta y él, desde la cama, me dijo: “Aquí me tienes, que me ha levantado Agapito”. El caso es que vivió muchos años más pese al pronóstico de un cuñado suyo que era médico.
  
Entonces el toreo era una gran familia. Se convivía mucho, se relacionaban todos los componentes de la fiesta y se daban circunstancias muy variadas que reforzaban ese sentido familiar añorado. Es posible que ahora ocurra algo parecido, pero yo no lo conozco.  Hay menos diálogo y la gente se distrae con su móvil, sus juegos o curiosidades. Eso sí: cuando termina la corrida, los actuantes se pegan unos efusivos abrazos y hasta algunos se besuquean aunque al rato se junten todos en el mismo hotel. 


Me parece que me queda cuerda para algún pasaje más. Trataré de recordar. Es bueno para la salud mental.   

jueves, 8 de diciembre de 2016

PERSONAJES DE OTROS TIEMPOS (1)


Hace unas semanas leí un artículo de José Luis Ramón en 6TOROS6 que me encantó. El director de esta revista es una de los que mejor escriben de toros y, además, no incluye tacos para imitar a Camilo José Cela y aspirar al Nobel de la Tauromaquia. Ese artículo me inspiró el tema que pretendo desarrollar en esta ocasión y prolongarlo a un futuro inmediato porque barrunto que no me queda mucho tiempo. Se refería José Luis a la diferencia que hay entre las figuras del toreo y los caudillos o mandamases que en nuestro mundo han sido: “Martincho”, allá, a lo lejos, el triunvirato de Pedro Romero, “Costillares” y “Pepe-Hillo”, después, “Paquiro” y “El Chiclanero”, más tarde, “Lagartijo” y “Frascuelo”, primera y más duradera pareja, “Guerrita”, en solitario, “Mazzantini”, “Bombita” y “Machaquito” y el pleito de los Miura, José y Juan, el amontonamiento de los años 20 del siglo XX, “Manolete” y “El Cordobés” y el citado “Guerrita”, tres califas en la palmatoria torera, sin entrar en apreciaciones técnicas ni artísticas. A mí, sin poder señalar las razones, creo que me hubieran gustado más “Costillares”, “Paquiro”, la planta, la montera, el caliqueño, Fuentes, la elegancia, Rafael el Gallo, la gracia, la inspiración, Gaona, majeza y armonía, y Félix Rodríguez por los documentos gráficos examinados y por los juicios escuchados de boca de mis antepasados familiares y amistosos. Si hago caso de lo mucho escrito por Luis Bollaín, el indiscutible de todos los tiempos sería Juan Belmonte. Don Luis estaba en su derecho.
Bollaín, notario en Sevilla, su destino soñado, era de Colmenar Viejo y hermano de Adolfo que publicó muchos libros y entre ellos uno que tituló “Aparicio, sí; Litri, no”. En la calle madrileña de Virgen de los Peligros había un estudio de fotografía que regentaba el aragonés Ángel Aracil y que se titulaba Fotos Goya. En su fachada había un expositor en el que colocaba fotos de Miguel Báez. Un día la vitrina fue apedreada con furia sarracena. Así eran por entonces los partidarios de los toreros. Y Colmenar, como Toledo en  tiempo de los moros, la capital del saber taurino. A los Bollaín había que añadir el nombre de don Luis Fernández Salcedo que fue  bellísima persona, relator de la vida del toro y de la historia de Diano, el semental de los Martínez, el de los siete toros de Joselito en Madrid. Y en Colmenar nació Agapito García “Serranito”, el hombre de la voluntad de hierro que superó una fractura en la columna vertebral yacente en un lecho de escayola durante meses hasta poder valerse tras aquella terrible cogida de Benidorm. De Colmenar eran también otros Salcedos, ganaderos,  picadores y lechero en la calle de Caballero de Gracia, amigo de Jaime Marco “El Choni” y del abuelo de José Tomás, que estaba preocupado porque a su nieto le gustaba más el fútbol que los toros. No cabe duda de que José Tomás tiene las estrellas caudillistas pero no se las pone.
Leído el artículo de José Luis se me ocurrió mirar la relación de las corridas toreadas en este año de 2016 y comprobar lo que casi siempre ha sucedido: que los toreros del pellizco casi  nunca encabezan el escalafón. Ahora le toca a “El Fandi”, antes a “Jesulín de Ubrique”, “Espartaco” o Curro Girón. Este año, Ponce está en sexta posición, lo que podemos calificar de hazaña porque el de Chiva cumplía su mas de cuarto de sglo como matador de toros. En el total de actuaciones es el indiscutible caudillo de la grey taurina. El décimo lugar de este año que agoniza lo ocupa Andrés Roca Rey, pero hay que tener en cuenta que en agosto tuvo que cortar su temporada. Por en medio los que a mí me hacen tilín: Cayetano, Juan Bautista, el de Arlés, Morante de la Puebla, Curro Díaz, Juan del Álamo, Diego Urdiales bendecido por el patriarca Romero, Ginés Marín y Pérez Mota. En la parte baja, “Finito de Córdoba”, “Paulita” y “Varea”, el del novillo de Los Maños, testimoniales Ortega Cano y Esplá y en limbo Matías Tejela y “Pedrito de Portugal”, el de las novilladas triunfales de Zaragoza de hace años. Casi 170 matadores de toros dispuestos a enfundarse el capote de lujo y ¡Tarari!, ¡Tararí!, iniciar el paseíllo con el pie derecho.
Ramón hablaba de una foto de Ponce y Román frente a frente, silencio, respeto mutuo y admiración del discípulo hacia el maestro. También apuntaba la otra circunstancia peculiar del toro moderno: los toreros de Madrid, Antonio Bienvenida y Antoñete. Son muchos más y muchas veces no han sido diestros de la exquisita naturalidad de los citados. Alfonso Merino, Paquito Rodrigo, Andrés Vázquez y Ruiz Miguel y sus “alimañas”. Merino tenía una pata de palo, Rodrigo era muy fotogénico pero frío de cuello, este Vázquez se perdía entre barroquismos zamoranos y Ruiz Miguel no sabía saborear los bombones con guinda dentro. Hubo dos toreros que, por circunstancias, los dos acabaron su relato en Madrid. El primero era de Alcobendas y se llamaba Benigno Aguado de Castro. Salida fulgurante con destacada actuación en Zaragoza en el mes de octubre de 1943, no pasó por Madrid de novillero nada más que en un festival en 1944 y, para colmo, actuó en Barcelona en trece ocasiones y allí tomó la alternativa. Vino a Madrid a confirmar y luego renunció a ella y a mayores glorias. Madrid le borró del mapa taurino. Otro caso fue el de Francisco Sánchez “Frasquito” nacido en Toledo, 1927, pero trasladado a Madrid con dos meses. Camarero del “Fuyma”, en la Gran Vía cerca de Callao. En Madrid, lógicamente. Se celebró un festival en Sevilla el 9 de diciembre de 1947, tres meses después de la muerte de Manuel Rodríguez Manolete. Actuó en él “Frasquito” y por la calle de Las Sierpes flotó la imagen fantasmal del “Monstruo resucitado”. Confirmó al  año siguiente el fantasmal augurio y todo el mundo taurino enloqueció entusiasmado. Pero, antes de llegar a su presentación en Madrid dos años después, vinieron las cornadas de Bilbao y Córdoba y Las Ventas del Espíritu Santo lo lapidaron. Cogió el barco, atravesó el Atlántico y en México rehízo su vida en el negocio de la hostelería y hasta tomó la alternativa en Autlán de la Grana el 2 de febrero de 1955 y en mano a mano con  Alfredo Leal. Murió en México el 24 de febrero de 1993.El aroma sevillano, casi flor de un día, se mantuvo años y años. ¿A quién se le adjudica el origen de aquel misterio?

Bueno, sobre Madrid y Sevilla hay otros episodios en los que el misterio se propaga por otros rincones. Por ejemplo en el caso de Manolo Vázquez, el hermano de Pepe Luis, nacido en Sevilla y que no fue torero Sevilla no hasta su tardía reaparición. En su presentación como novillero en Las Ventas cortó cuatro orejas “y puso el toreo de frente”. O el caso de Paco Camino, más de Madrid que La Cibeles. Pero estas son distintas historias y me las dejo para otro día.

lunes, 14 de noviembre de 2016

EL GITANO SOLITARIO


Siempre me ha atraído lo gitano y apenas sé cómo definirlo. Hay muchas cosas indefinibles: el duende, el pellizco, el arte o el ajonjolí. Y hubo un torero gitano, José Jiménez que vivió a caballo del XVIII y el XIX y se anunció tal cual: “El Gitano”. “Pasión gitana y sangre española” dice Manolo Tena. Nada que ver. Los gitanos vienen de cualquier parte. José Ulloa “Tragabuches” vino de Ronda y se cargó a “La Nena”, su mujer, porque se había liado con el monaguillo. Pero el primer Gitanillo de la historia de los matadores de toros no era gitano. Era de Ricla, a medio centenar de kilómetros de Zaragoza. Braulio Lausín. Lo que ocurrió es que Braulio trabajaba con un tratante de ganados y esa era función que se asignaba a los gitanos. Luego vinieron los de Triana y Braulio se añadió lo de Ricla. Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Tríana II, fraternal amistad con “Manolete”, se juntó a dos gitanos más, “Cagancho” y “Albaicín”, e hicieron el paseíllo en la plaza de Vista Alegre del barrio veraniego de Carabanchel.  A mi padre se le ocurrió hacer la crónica en caló. Me condicionó mucho este esfuerzo de mi padre y, luego, los recuerdos sobre esos tres artistas. Una de mis primeras entrevistas periodísticas se la hice a principios de los 50 del siglo pasado en “La Pañoleta”al segundo de los de Triana, Rafael, de Joaquín Rodríguez recuerdo unas verónicas en Las Ventas, junto a los terrenos de la enfermería en la tarde en la que se homenajeaba a la princesa Soraya, triste y estéril y de Albaicín el que se hiciera torero porque lo pintara su padrino Zuloaga vestido con un terno verde y plata, fuera un artista en el piano y terminara su ruta vital en Los Ángeles de San Rafael, cerca del Cristo del Caloco, en donde casó a su hija María con Joaquín Bernadó. Hay gitanos que no lo parecen y payos que podían pasar por gitanos. En teoría de Joaquín Albaicín, hijo de María y el catalán Bernadó, la sangre gitana es como el agua bendita. Si en la pila de la iglesia hay una pequeña cantidad bendecida la que eches después será toda bendita. Al derecho y al revés: Caso de “Joselito”, todo payo. Caso de Rafael, todo gitano. Y su hermano Fernando, al que le dedicó el pasodoble el maestro Lope, pero que no pasó de banderillero, aunque dicen que le inspiró a su hermano Rafael muchas de sus genialidades. El último ejemplo de estas genialidades, el hijo de Julio Aparicio y la “bailadora” Malena Díaz.
Hace unos meses, allá por el mes de abril pasado, se publicó la noticia ilustrada de la existencia de la pintora más cotizada del Mundo que se llama Lita Cabellut, es natural de Sariñena, Huesca, tiene 54 años y es gitana. Fue un impulso más a mi interés por lo gitano. ¿Qué pasa en los toros que tenemos como escondido al único de sus representantes con  la alternativa tomada hace más de dos décadas. Y se apellida Díez, como Malena, y es de linares como José Fuentes, que tiene pinceladas, Palomo Linares ajeno al duende y Curro Vázquez más cerca del sevillanismo de San Bernardo. Y mira por donde, Curro Díaz se ha destapado este año y ya está en la lista de los privilegiados, los del “pellizco”, los ángeles y la madre que lo trajo al mundo. En Calasparra le perdonó la vida al toro “Plebeyo” de Victorino, en Madrid en marzo con  toros de Torrealta y Gavira y en la Feria de Otoño con toros de Puerto de San Lorenzo, en Linares el Trofeo Manolete y siempre actuaciones bien templadas, de agudo sentido artístico y valor sereno y sin claudicaciones. Lo de Madrid con las volteretas incluidas, épico. Demora con la espada pero reconocimiento junto a su compañero del curioso mano a mano, el pacense Guerrero.


La carrera de Curro Díaz Flores ha sido lenta y cansina, como para abandonar en esas tardes de angustia en las que no se resuelve nada. Nació en Linares el 20 de mayo de 1974, debutó con picadores antes de cumplir los 16 años en Manzanares, dos años después debutó en Madrid y el cartel de su alternativa en Linares lo completaron Juan Carlos García y Sebastián Córdoba con toros de Valdemoro el 1 de septiembre de 1997. Confirmó en Madrid con Frascuelo y Guillermo Albán y nada menos que con toros del cura de Valverde. Más o menos, certificado de defunción artística. 31 de agosto de 2003. Un toro de Cuadri en Madrid y otro de Fraile en Sevilla dieron alas hasta llegar a esta temporada en la que ha dado muestras de su calidad artística y de su humana responsabilidad. En plena madurez -42 años – puede conseguir en la próxima estar en los mejores carteles y darle a esos carteles el toque maravilloso de la honda gitanería. La de verdad. No quiero que quiten a nadie, pero los que ya han tenido oportunidades  múltiples para repetir su discurso deben dejar la palabra a otros para que nos dicten el suyo tanto tiempo silenciado. Tenemos un torero gitano y tenemos que degustarlo. Sabor fuerte y delicado, aroma de naranjo y pinares, canción de fragua  y de mar. Distinto porque para eso es gitano. Es, desde luego, una forma de ser torero.